Martes, 17 de julio de 2018. Última actualización: Hoy

YO TAMBIÉN FUI ÚLTIMO MODELO

El lunes 11 junio, 2018 a las 2:00 pm
O TAMBIÉN FUI ÚLTIMO MODELO

Imagen de referencia, tomada de: https://bit.ly/2JAQgYA

YO TAMBIÉN FUI ÚLTIMO MODELO

(LOS LUGARES COMUNES)

Cuando era niño me causaron risa los letreros que ostentaba cierto carrito antiguo y desvencijado de la vecindad: “Yo también fui último modelo”; “Me 109 cito”.

Al leer el texto de mi buen amigo epistolar Donaldo Mendoza acerca de los lugares comunes (Proclama del Cauca, enero 3 de 2018) en la composición literaria, mi mente automática asoció el texto aludido con los lugares comunes del cacharrito de marras.

No cabe duda de que un lugar común tuvo su momento de brillo, fue último modelo, se sentía nuevecito.

Pese a que los lugares comunes son una de las tantas maneras que adopta la mediocridad, son, sin embargo, en algunos momentos justificables y hasta necesarios. Lo cual indica que no todo es despreciable en ellos.

A veces es bueno argumentar con el poder convincente de las anécdotas. Para ilustrar a mis lectores rescato de mi memoria un día en que un grupo insurgente secuestró y mantuvo como rehenes a un grupo de diplomáticos en cierta embajada durante el gobierno del presidente Julio César Turbay. Entre los rehenes se encontraba un alto jerarca de la Iglesia Católica. Desesperado porque habían pasado varios días sin solución al grave impasse, el Nuncio Apostólico de Su Santidad le preguntó altanero al Presidente que cuándo liberarían a los diplomáticos presos. Sereno, Turbay le contestó con un lugar común que aún debe estar causándole escozor al Nuncio:

Solo Dios lo sabe. Y en este caso, a usted, que mantiene tan cerca de Él, no le quedará difícil preguntarle.

Los principiantes en el arduo camino de la literatura suelen vestirse con un inocultable manto de vanidad, exudan delirio de grandeza; si manchan una hoja en blanco con algún texto, se sienten genuinos, genios por descubrir, partidores de la historia: antes de mí y después de mí. A esos hay que llamarlos los príncipes en el reino del lugar común. Escriben cielo azul, Astro Rey, repulsivo gusano, bestia salvaje, inefable amor, cristiana sepultura, y etc.; y carecen de malicia para sospechar que tales adjetivaciones ya eran viejas cuando Homero dio a luz la Ilíada y la Odisea.

Mas el novato inteligente, que comienza a nadar en el mar confuso de la literatura mundial, intuye que fue precedido de otros que se tostaron las pestañas para lograr una experiencia única en el feliz sendero de su estilo original. Entonces se bajan de su velero engreído y se dedican a enriquecer el espíritu con experiencias y lecturas juiciosas que les han de dar una voz propia.

Quedan dudas para los acuciosos lectores de Donaldo Mendoza. Estoy de acuerdo con él cuando afirma que “cada metáfora es el descubrimiento de una manera nueva de llamar las cosas”. No obstante ¿Un proverbio, un refrán, un dicho, son lugares comunes? ¿El lugar común es un lugar común? ¿Las expresiones consagradas por tradiciones y hombres ilustres se vuelven lugares comunes? A título de ejemplo, vale decir: ¿imperativo categórico, unidad de criterio, monopolio de la fuerza, y demás, pueden ser tachadas de lugares comunes? ¿Son lugares comunes las frases de cajón (como en los obituarios)?

He intentado definir qué cosa es un lugar común con infructuosos resultados. Sólo se saben dos cosas. Primero, que el lugar común es una forma de tortura para cualquier escritor; esquivarlo, cambiarlo, romper su tradición, es uno de los deberes inherentes al oficio de escribir. Y que el lugar común se descubre mediante un lugar común: sabe a cucaracha.