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YA LLEGA EL TIEMPO DE ADVIENTO…

El sábado 19 noviembre, 2011 a las 10:41 am

Por:
Padre Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco Iglesia de la Santísma Trinidad
Santander de Quilichao, Cauca

“LA ESPERANZA NO NOS DEFRAUDA” (Romanos 5, 5).
La Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, el domingo 20 de noviembre, nos indica que el Año Litúrgico ya se termina. El siguiente domingo, es decir, el 27 de los corrientes, se da inicio a un nuevo Año Litúrgico, con el llamado “tiempo de Adviento”, oportunidad maravillosa para crecer en la virtud de la esperanza. La Iglesia nos enseña que “La esperanza es la virtud por la que esperamos el reino de Dios como nuestra felicidad, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos más que en nuestras fuerzas en la gracia del Espíritu Santo. «Mantengámonos firmes en nuestra esperanza porque es fiel quien nos ha prometido la vida eterna» (Heb 10,23)” (Catecismo de la Iglesia Católica). Hemos de comprobar de manera especial que “si no se cuenta con la esperanza en la trascendencia, ¿para qué el trabajo y el sufrimiento? ¿Para qué todo? El hombre vive de la esperanza, y eso lo mantiene” (Saturnino Plaza).
Hay quienes definen la cultura postmoderna como una “cultura de la gratificación instantánea”, más precisamente “de las emociones fragmentadas”, en la cual cabe preguntarse si hay cabida para la esperanza, ya que la realidad fundamental, que en muchos contrasta con la realidad positiva, es el no creer, no esperar, no estar abiertos a creer en Dios, en los demás, en las cosas. El tiempo de Adviento será propicio para vencernos a nosotros mismos, es decir, para superar nuestros miedos, la muerte, la desilusión, todo lo que en nosotros es desconfianza, cerrazón, amargura, tomando consciencia que “es el amor de Dios, manifestado y comunicado por la donación de su Hijo Jesucristo, la razón última de la esperanza cristiana” (Rinaldo Fabris). Es más, en medio de las situaciones de crisis, privaciones y sufrimientos que preludian la muerte o el aparente final, nos preguntamos con San Pablo “¿Quién nos separará del amor de Cristo?, para responder con toda certeza: “Estoy seguro de que ni la muerte… ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 8, 39).
En muchos ambientes falta la esperanza y lo más grave es que vivir sin esperanza es como no vivir ya. Hay algunos que se han instalado en sus comodidades egoístas, en su vida de placer o de poder y viven como si no existiera otro horizonte distinto a las realidades presentes. Otros que viven desanimados, tienen una vida que carece de sentido, todo lo observan y analizan con criterios muy pesimistas. Hay quienes hacen lecturas horrendas y catastróficas de la realidad, parece que todo estuviera perdido y no tuviéramos otra posibilidad que la ruina total y próxima. El Concilio Vaticano II, por el contrario, ha indicado que “el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar”. La verdad es que cuando se han resecado casi por completo las fuentes de la esperanza, es que nuestra relación con Dios está enfermiza, puesto que Dios es el Dios de la esperanza, que abre caminos de futuro y “La actitud fundamental de la esperanza, de una parte, mueve al cristiano a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a su entera existencia y, de otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios” (TMan.46). El Sumo Pontífice Benedicto XVI ha enseñado recientemente que “debemos permanecer siempre abiertos a la esperanza y firmes en la fe en Dios. Nuestra historia, aunque marcada a menudo por el dolor, las inseguridades y momentos de crisis, es una historia de salvación y de “restablecimiento de la suerte”. En Jesús termina nuestro exilio, toda lágrima se enjuga, en el misterio de su Cruz, de la muerte transformada en vida, como el grano de trigo que se destruye en la tierra y se convierte en espiga. También para nosotros este descubrimiento de que Jesús es la gran alegría del “sí” de Dios, del restablecimiento de nuestra suerte”.
El dinamismo más hondo de la existencia humana es el de la esperanza. Sin esperanza es imposible existir y mucho menos existir gozosamente. En el tiempo de adviento constataremos que la vida de cada uno de nosotros, de nuestra familia, o sociedad, en la medida en que esté en comunión con Dios, será una existencia con certezas, llena de esperanza, por lo que poco a poco se irá creando un ambiente alegre, optimista, sereno, no como fruto del placer, el bullicio o el consumismo, propio de algunos ambientes, sino como don del Señor, ya que “Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado”. (cf Romanos 5, 2-5).
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