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Viernes, 26 de febrero de 2021. Última actualización: Hoy

¿Y para qué poetas en tiempos de miseria?

El domingo 3 enero, 2021 a las 4:27 pm

¿Y para qué poetas en tiempos de miseria?

“El honor de la poesía fue salir a la calle. Fue tomar parte en este combate y en aquél. No se asustó el poeta cuando le dijeron insurgente. La poesía es una insurrección”. Pablo Neruda

Y para qué poetas en tiempos de miseria

Existe una vieja pero nunca resuelta polémica acerca de si es posible, ético y conveniente aquel principio estético proclamado hace casi un siglo, de “El Arte por el Arte”; es decir, un arte que no obedezca a causas ni a objetivos de tipo social, pragmático o utilitarista; y aquella otra posición, que no sólo afirma que es imposible concebir un arte que no esté directa o indirectamente, consciente o inconscientemente condicionado por el flujo de la realidad concreta en que se mueve el artista, sino que es deber de éste, que su obra entrañe cierta carga ideológica que refleje y cuestione dicha realidad, de tal manera que el arte en general sea de algún provecho, y no un mero placer estético.

A propósito de esta última tesis, leamos lo que decía Belinsky (1847):

El más alto y más sagrado interés de la sociedad es su propio bienestar, que afecta por igual a cada uno de sus miembros. La ruta del bienestar es la conciencia, y el arte puede contribuir a la conciencia no menos que la ciencia. En ella, tanto el arte como la ciencia son igualmente necesarios, y ni la ciencia puede reemplazar al arte, ni el arte a la ciencia”.

Y recordemos cómo la crítica estética marxista popularizó con George Lukacs la condena a las vanguardias artísticas; desde Joyce, Kafka, Musil, y el mismo Nietzsche, hasta los movimientos surrealista y cubista, tildándolos de expresiones burguesas, decadentes. En cambio se celebraban versos como estos del poeta Nekrasov, en los cuales un ciudadano se dirige al poeta: “Y tú, poeta, electo del cielo,/pregonero de las verdades eternas:/¡No creas que el necesitado de pan/no vale el canto de tu lira elocuente!/¡No creas que ha caído tan bajo el pueblo:/no ha muerto Dios en el alma de los hombres/y el clamor del pecho creyente/siempre será accesible a ellos!/Sé ciudadano! Sirviendo al arte/vive por el bien del prójimo, /sometiendo tu genio al sentimiento/del Amor, que todo lo abarca.

En el polo opuesto se han situado también muchos artistas, negando que el artista deba servir a la sociedad, contribuyendo al desarrollo de la conciencia humana y al mejoramiento del orden social en general. Veamos como ejemplo lo que dice Pushkin en algunos versos de su poema ‘El populacho y el poeta: “Marchaos ¿Qué tiene que ver con vosotros el poeta pacífico?/Endureced en la perversidad sin remordimiento. /No os vivificará el canto de la lira! Sois repugnantes para el alma como los féretros. /Para vuestra maldad y estupidez/habéis tenido hasta hoy las cárceles, las hachas y los látigos. /Esto basta para vosotros, locos esclavos.”

En el caso concreto de la poesía, es innegable la relación que ha tenido el poeta y la sociedad en casi todas las culturas a través del tiempo. Por ejemplo el poeta Muhsin Al-Ramli dice que en Irak, “la poesía no se considera un complemento o un lujo sino una necesidad, no es sólo un medio de expresión sino que se convierte en una experiencia viva y, aún más, en una extensión de la propia vida. Gracias a la poesía, la persona vive lo que no le ha sido permitido vivir”. Y agrega que en Arabia y en Irak se festejaba el nacimiento de un poeta, porque se convertía en el portador de la tribu; siendo además Irak el único país donde existió un mercado de poesía, en Basora, donde acudía gente de lugares muy lejanos a comprar, vender, aprender o criticar. Cuenta además que la relación poesía y sociedad queda reflejada, por ejemplo, en el hecho de que el poeta Yawahiri, conocido en los años cincuenta y sesenta por la fuerza de su poesía reivindicativa, era seguido por el pueblo cuando caminaba por la calle. Aquel seguimiento terminaba en una manifestación improvisada contra el gobierno.

En la actualidad el número de poetas iraquíes es difícil de calcular, pero se cuentan más de setecientos vivos, muchos de ellos exiliados, y que como Mahmoud Darwish (Palestina 1942) escriben poemas a la resistencia, tanto de Palestina como de Irak. De su poema “Carnet de Identidad”, algunos versos: “…no aborrezco a nadie, /ni a nadie robo nada. /Mas, que si tengo hambre, /devoraré la carne de quien a mí me robe! / ¡Cuidado, pues!…/Cuidado con mi hambre, /y con mi ira!

En occidente la tradición de poetas que hacen eco de la voz del pueblo, para cantar sus alegrías, sus luchas y sus sueños es muy vasta, profunda, trascendental y bella, abarcando casi todos los países y las épocas; desde Bertold Brecht, Vladimir Mayakovsky, Atila Jozsef, José Martí, Miguel Hernández, Roque Dalton, Ernesto Cardenal, Mario Benedetti, César Vallejo, Pablo Neruda; y muchos contemporáneos, incluyendo; por supuesto, a poetas colombianos; tales como Castro Saavedra, Gonzalo Arango, Juan Manuel Roca y la mayoría de los poetas actuales, quienes además de dedicar secciones enteras de sus libros a la reflexión sobre el arte poética, hacen algo idéntico con la llamada poesía social, comprometida o de denuncia; es decir, aquella que hasta comienzos de los setentas se conocía como poesía de protesta o revolucionaria.

El escepticismo sobre si la poesía cumple realmente alguna función efectiva en las transformaciones sociales siempre ha estado presente, aun en los mismos poetas. Por ejemplo, en 1989 la revista Prometeo, parafraseando a Hölderlin, preguntó a varios poetas colombianos: “¿Qué papel cumplen la poesía y el poeta en el momento que vivimos?. Permítanme recordar –y comentarte- parte de las respuestas dadas por algunos de ellos:

Juan Manuel Roca decía que: “…la poesía es tan inútil como intentar descarrilar un tren atravesándole una rosa en la carrilera. O tan inútil como el amor del Papa a la humanidad”.

Aquí Juan Manuel hace dos aseveraciones típicas de su fértil imaginación y la atávica exageración paisa. Respecto a la primera, yo diría que es tan incuestionable y contundente como la almádana con que se fijan los rieles a la tierra… a no ser que se tratara de un ramillete de flores artificiales de T.N.T. o pentonita. Pero en cuanto a la segunda, se trata, evidentemente, de una desproporción, de un exabrupto, una completa ironía del poeta; pues, como decía Cocteau, “Yo sé que la poesía sirve para algo, pero no me acuerdo para qué”.

José Manuel Arango citaba a Fernando González, quien decía que la vida es un nudo enredado; e insinuaba que la función de la poesía es desenredarlo. Cosa que, con todo el respeto que me merece el maestro, no comparto, pues, de hecho, con demasiada frecuencia los poetas y sus poemas son ellos mismos un gran enredo. Además, de ser válida su hipótesis, con todos los millones de poemas que durante milenios han escrito millones de poetas, sería apenas lógico que de esta manera el nudo de la existencia ya se hubiera desenredado; y por tanto, el sentido de la poesía habría llegado así también a su final, logrado su objetivo. Algo que el mismo José Manuel no desearía; pues cumplida la finalidad de la poesía, acabaría también la razón de ser de la misma, se acabaría la poesía, y José Manuel dijo alguna vez algo parecido a la sentencia del primer cantor de todos los esplines (Baudelaire): “Un hombre decente puede pasarse tres días sin comer, pero sin poesía no”.

Samuel Jaramillo – entre muchísimas cosas más- decía que “…la poesía ofrece…su capacidad de potenciar las formas de capturar e imaginar nuestra realidad, su capacidad de avizorar rumbos posibles”. Y esto es algo que me desconcierta, pues a pesar de que Nabokov dijera que realidad es una palabra que siempre debería ir entre comillas, yo no entiendo qué significa imaginar una realidad, que de puro contundente a todos nos avasalla y atropella. Por lo demás, creo que a un verdadero santo o un auténtico poeta, el rumbo no es lo que más le importa de éste viaje, de esta aventura que es la vida. Es más, pienso que todo artista genuino debería arrojar la brújula por la borda.

En fin, no quiero abrumar al lector comentando todas y cada una de las respuestas dadas por los poetas al espinoso interrogante que les lanzara Prometeo. Respuestas que podrían aumentar hasta el infinito, pues incontables son los poetas que han tratado de responder la célebre e inquietante pregunta que arrojara Hölderlin en los insondables lagos de los tiempos: “¿Y para qué poetas en tiempos de miseria?

Yo pienso que la poesía, como todo auténtico arte, casi que lo único que debería defender es su derecho –casi que su necesidad- a ser inútil. Y tal vez sea esta una de las razones por las que algunos sostienen que la poesía es el arte supremo; pues ningún arte más inútil que la poesía; a pesar de los muchos beneficios que se le atribuyen, desde los más nobles y desinteresados, hasta los más espurios y mezquinos, tales como los que enumera Jaime Jaramillo Escobar en su irónico, pero rico y delicioso libro Método fácil y rápido para ser poeta. (Lo recomiendo. Solamente por las citas que vienen al final de cada capítulo valdría la pena tenerlo. Es una auténtica joya).

Nada tan inútil como la poesía. Si existiera algo más inútil ya lo sabríamos. Si la poesía sirviera para algo ya no sería poesía.

Ningún oficio más “inoficioso” y superfluo que la poesía. Permíteme que lo ilustre con un ejemplo:

Si un amigo tuyo se casa, y tú eres músico y muy probablemente no tienes dinero, perfectamente podrías suplir el correspondiente regalo de los desposados con una bella canción de bodas o una pequeña marcha nupcial, que será, en cualquier caso, no sólo la delicia y el deleite y el orgullo de los novios, sino también de los invitados.

Si eres un pintor, no necesitarás ser un gran Picasso para que ese bodegón, paisaje o retrato pase alegremente a formar parte del nuevo hogar y la nueva casa.

Algo semejante si eres un escultor o un arquitecto. Ni qué decir si eres un ebanista, un vendedor de autos o un pastelero.

Si quiromántico, mago de feria o payaso, siempre tus dones se recibirán con agrado. Pero ¿qué podrían hacer los pobres novios con una décima, un romance, un soneto o cualquier especie de epitalamio? Con seguridad que les sería imposible ocultar su profunda decepción e, inclusive, un sentimiento de burla y estafa.

A este respecto más le vale recordar a los generosos e ingenuos poetas aquello que, de verdad, pudo ocurrirle al simpatiquísimo Alfredo Brice Echenique: “Te quería regalar la luna y las estrellas, pero te empeñaste en un par de zapatos”.

El poema romántico, el epitalamio que con seguridad llenaría de dicha a los recién desposados, sería aquel que fuese escrito al respaldo de un certificado de propiedad de una pequeña hacienda, un modesto auto, o un tiquete para un crucero por el mediterráneo.

Pero la misma pregunta que le hiciera Hölderlin a su amigo Heinze, a través de su poema Pan y vino, podría extrapolarse a otras artes; por ejemplo,¿Para qué músicos en tiempos de miseria? ¿Y escultores? ¿Y cineastas? ¿Y arquitectos? ¿Y pintores? Y así, casi que hasta el infinito. Y ni qué decir de los chefs y los gourmets, los arqueólogos, los astrónomos y los filólogos; y otros miles de profesiones y oficios.

Ahora bien, ¿La pregunta no debería hacerse al contrario? Es decir, ¿Y para qué poetas en tiempos de esplendor y abundancia? Porque, ¿ha habido un ganador de la lotería que le haya hecho algún poema al Súper Gordo Millonario, al Superbaloto? ¿O algún mafioso que le haya escrito un poema a la coca o la amapola? ¿O un terrateniente a la bonanza cafetera? ¿Cuál Don Juan ha escrito un inmortal poema a alguna de sus regaladas presas? Todo lo contrario, han sido las penurias, miserias, desamores y desgracias; tanto del cuerpo y del alma, como del mundo y de la casa las que han generado los más ricos y espléndidos poemas de todas las épocas y todas las naciones.

Y una última cuestión, ¿a la pregunta de Hölderlin, ¿Y para qué poetas en tiempos de miseria? no se le debería eliminar las cuatro últimas palabras?

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León Gil
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