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Y ahora no me vengan a decir…

El jueves 17 agosto, 2017 a las 2:33 pm

Los gringos huyeron de la guerra de su imperio británico, invadieron el territorio de los indígenas de América del Norte, acabaron con las tradiciones originarias imponiendo sus maquinarias que aplastaron la esencia del ser.

La urgencia española por convertir al cristianismo a los nativos, y el no poder hacerlo con la efectividad esperada, hizo que optaran por derribar los antiguos templos, para construir encima iglesias y capillas. De esta manera, los nativos seguían acudiendo al mismo lugar a realizar sus penitencias y oraciones, aunque movidos por la fe en sus antiguas deidades.

Con el tiempo, los niños instruidos en los templos católicos perdieron todo vínculo con las deidades de sus antepasados y así, conviviendo a diario con la religión católica, y siendo que la Iglesia había prohibido todo rito que recordara las antiguas tradiciones nativas, las nuevas generaciones no tuvieron más opción que practicar la religión impuesta.

Como pista para saber frente a qué templo te encuentras, busca en tu estado las iglesias más visitadas e investiga cuál es la etnia que cerca de ahí vive y cuál era la deidad más adorada antes del arribo de los europeos. Tal vez te encuentres con que el templo católico que tienes enfrente usurpa un sitio que antes fue dedicado a otra deidad.

La deidad principal en la cosmovisión nativa, el profeta que les transmitió a nuestros ancestros el arte de vivir en equilibrio (toltecayotl), el amor al prójimo y la virtud del trabajo, fue suplantado con la leyenda impuesta por los españoles, quienes les hicieron creer a los nativos que Jesucristo era el mismísimo Quetzalcoatl. También inventaron que era un hombre blanco y barbado, cuento que, hasta la fecha, muchos dan por cierto. Hay quienes sostienen que la velocidad con la que muchos pueblos mesoamericanos se convirtieron al cristianismo tuvo mucho que ver con Quetzalcóatl y su similitud con la figura de Cristo, ambos profetas del amor, lo que hizo que los nativos aceptaran a este último sin mucho esfuerzo.

Su nombre significa “niño del pueblo” (del español, niño y del náhuatl pan, lugar), y es una figura del niño Jesús que se venera en Xochimilco. En México, se trata de una talla de madera que data de 1573 y es una de las imágenes de culto católico más antiguas de América. Se dice que, dentro de la figura tallada, se colocó una réplica pequeña de Tláloc, el Señor de la lluvia, para convencer a los nativos de orar ante Niñopan de quien, casi 500 años después, los pobladores aseguran es capaz de cumplir cualquier pedido y de realizar milagros.

Tonantzin (del náhuatl “nuestra madre venerada”) era la deidad femenina principal de los mexicas. Era la diosa de la fertilidad, patrona de la vida y de la muerte, guía del renacimiento. Su templo estaba en el cerro del Tepeyac, que era visitado anualmente por grandes peregrinaciones de nativos de diversas culturas, que le rendían sus ofrendas y plegarias. Los españoles, al notar semejante fervor religioso, derribaron el templo dedicado a Tonantzin y se las ingeniaron para elaborar la leyenda del ayate, y de esta forma sustituyeron la creencia.

Aprovechando que a Telpochtli, como se conocía a Tezcatlipoca en esta zona, se le atribuía ser joven y virgen, los españoles no perdieron la ocasión y lo sincretizaron con Juan el Bautista, quien contaba con los mismos atributos. Así, con el tiempo, la fiesta celebrada en aquel lugar pasó de ser la del Señor Telpochtli a la de San Juan Telpochtli y, finalmente, se convirtió en la festividad de San Juan Bautista, como la conocemos hoy.

El ídolo que representaba a Oxteotl, el Señor de la cueva, protector de los cazadores, a quien nativos de todas partes de Anáhuac, en el actual Estado de México, veneraban con peregrinaciones, danzas rituales y ofrendas, fue destruído por los frailes católicos, quienes colocaron en su lugar al Cristo Chalma.

Los españoles, al notar la ferocidad de Huitzilopochtli, el Señor de la guerra, que les exigía a los nativos la sangre de sus enemigos, no dudaron ni un momento en relacionarlo con la contraparte de Jesucristo, Lucifer. De esta forma, la deidad guerrera comenzó a ser vista como representativa de lo indigno. Con la eliminación del culto a Huitzilopochtli, se les quitó a los jóvenes toda ambición en el campo de batalla, lo que les resulta más conveniente a los invasores”.

Ahora no me vengan a decir que tengo que tragarme lo que el consumismo impone, lo que la tecnología hace cuando invade nuestra privacidad e intimidad con nuestro espíritu, los ajos chinos que vienen en caja y contienen decenas de químicos, no. Porque yo disfruto los ajos de Silvia y Totoró, Cauca, que si son sanos y libres con soberanía alimentaria. No me embutan las telas extranjeras que traen consigo reseñas de dolor en las maquilas; donde esclavizan a millones de mujeres noche y día.

Ahora no me vengan a joder con su apertura económica y sus tratados de “libre” comercio que pasa por encima de nuestras semillas originarias.

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