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Vosotros me habeís convertido en una bomba humana

El martes 31 octubre, 2023 a las 3:42 pm
Vosotros me habeís convertido en una bomba humana
Vosotros me habeís convertido en una bomba humana
Foto: Todocolección

Vosotros me habeís convertido en una bomba humana

León Gil

En 2004, durante el Festival Internacional de Poesía de Medellín, unos jóvenes me ofrecieron un pequeño libro de poemas recién salido del horno (mayo de 2004, Editorial La espada y la pluma, Bogotá), titulado Poemas de la resistencia del pueblo de Irak y Palestina (tuve dudas de si era o no más correcto “…de los pueblos…”).

     Lo compré por varias razones: me gustaba leer poesía, el precio era módico y creía matar dos pájaros de un tiro, pretendiendo ser coherente con mi “conciencia política” al solidarizarme un poco –como dije, el precio era muy módico– con la lucha de dos pueblos que, como casi todos los países árabes, gozaban de una muy rica tradición cultural y poética, a la que no poco debían las arcas del saber de occidente.

     También me gustó el nombre de la editorial: La espada y la pluma. (tuve mis dudas respecto al orden de estos dos sustantivos). Pero lo compré, principalmente, porque antes de que me lo ofrecieran ya había decidido hacerlo: me daba vergüenza ajena ver que estos muchachos –como tantos otros, inclusive poetas y pequeños editores venidos de otras ciudades y países–sólo lograrían difundir y vender sus producciones y sus obras si le pegaban la etiqueta: GRATIS. ¿Cómo podrían imaginar que cientos, y hasta miles de supuestos amantes de la poesía, reunidos en un evento de la magnitud del Festival Internacional de Poesía de Medellín, sólo comprara poesía al precio de REGALADA? Me daba mucha pena ver su decepción, y más que esa frustración su desconcierto: ¿era este un público mezquino y miserable hasta la ignominia, o simplemente eran unos impostores, unos charlatanes y payasos que nada tenían que ver con la nobleza y generosidad de la poesía? Siempre me indigno y avergüenzo cuando pienso en esto. Y es esa una de las razones por las cuales ya casi nunca asisto a este tipo de eventos: me producen aversión y repugnancia.

     En fin, felizmente compré el libro, y aún lo conservo. Después de casi veinte años he vuelto a él, por razones obvias, hasta para el ser más ignaro y antipoético.

     Antes de pasar al tema que da título a este texto, quiero compartir unas líneas de la presentación que hacen los editores a los poetas de Irak:

     «Entristece que algunas personas salgan en los medios de comunicación presumiendo saberlo todo sobre Irak (y Palestina), al tiempo que posiblemente ninguno de ellos ha leído un poema, una novela o escuchado alguna canción iraquí. Lo que sí saben es contar pozos de petróleo. En Irak, la poesía no se considera un complemento o un lujo sino una necesidad.

     » La poesía enriqueció a Irak más que el petróleo, que más bien le ha traído catástrofes. La península de Arabia e Irak son los únicos lugares del mundo en que se festejaba el nacimiento de un poeta porque se convertiría en el portavoz de la tribu. Las leyes, la enseñanza, la historia se escriben en verso. Es el único país del mundo en que existió un mercado de poesía, el de Mirbad, en Basora, al que acudía la gente de lugares muy lejanos a comprar, vender, aprender o criticar.

     » La relación poesía y vida queda reflejada en algunos ejemplos de la cotidianidad iraquí. El poeta El Yawahiri, conocido en los años 50 y 60 por la fuerza de su poesía reivindicativa, era seguido por el pueblo cuando caminaba por la calle. Aquel seguimiento terminaba en una manifestación improvisada contra el gobierno».

     Como epílogo o colofón del libro figura el siguiente texto; al parecer de autor anónimo, que nos deja la inquietante inquietud (valga la cuasi cacofonía y redundancia) de si fue este el testimonio y testamento, las últimas palabras de una “bomba humana”, de un mártir que; para infortunio y vergüenza del mundo, no fue el primero, ni el último.

Vosotros me habéis convertido en una bomba humana
(Un grito desesperado desde la Palestina ocupada)

     Yo soy el producto de vuestra tiranía. Vosotros habéis diseccionado las sobras de mi país en pequeños trozos que no son más que ghettos, favelas y campos de concentración. Me habéis cortado el agua y me habéis dejado sediento mientras que los israelitas se bañan en piscinas no lejos de donde vivo. Habéis arrancado mis árboles y profanado mis campos para impedir que me alimente yo y los míos. Habéis cortado el abastecimiento de las medicinas con las que tratar a los heridos, detenéis y humilláis a los palestinos e impedís el paso a los que necesitan atención médica haciendo que mi gente, que son vuestras víctimas, mueran en vuestras fronteras improvisadas.

     Vosotros asesináis a los míos diciendo al mundo que estáis defendiendo a vuestros ocupas. Tiráis a matar contra los niños que llenos de ánimo y valentía tiran piedras contra vuestro bien pertrechado ejército en nombre de la libertad.

     Vosotros torturáis a los niños y a los prisioneros, y tratáis de obligar y sobornar a mi gente para que se espíen y denuncien unos a otros. Demoléis nuestros hogares e impedís que nos ganemos la vida. Nos matáis por control remoto desde los helicópteros Apache americanos, y vuestros colonos que ocupan la poca tierra que nos habéis dejado tiran bombas a nuestras casas y en nuestras calles y atacan a nuestros niños y a nuestras mujeres con armas de fuego, palos y odio a raudales.

     Vosotros ocupáis mis tierras, y en las colinas manchadas de sangre posicionáis vuestros tanques y vehículos blindados para disparar a los niños que juegan en las calles.

     Os habéis apoderado de la Orient House, mi único símbolo de la libertad que había sido donado por un hombre que vale más que todos los israelitas juntos, al tiempo que dejáis que los huérfanos pasen hambre justo al otro lado de la calle.

     Vosotros disparáis contra mis depósitos de agua y matáis a los palestinos de servicio cuya única misión en el momento de vuestras brutales masacres era patrullar las calles o simplemente tomar su última cena. Habéis cortado mi electricidad para poder asesinarme más fácilmente en las tinieblas de vuestras oscuras traiciones.

     Vosotros sois unos cobardes y tenéis miedo de unos niños palestinos que tiran piedras. Nunca los matáis a solas. Vagáis en grupos como jaurías de perros salvajes o incluso bestias peores.

     Vosotros nos habéis arrebatado toda esperanza, me habéis arrinconado en una esquina y me habéis despojado de todo lo que es humano. Sólo me queda reaccionar con ira y amargura. Lleno mi cuerpo de explosivos y busco un lugar donde detonarme. Y sí, mato a vuestros ciudadanos, pero este es el precio que tenéis que pagar por haberme negado mis derechos, los derechos propios de todos los seres humanos que habéis anulado con la satánica opresión que ejercéis sobre mi gente.

     La verdad es que todo es muy sencillo. Dios creó iguales a los hombres y nadie es mejor que otro. Y, sin embargo, habéis decidido que los judíos son mejores que los demás y que tenéis el derecho a invadir mis tierras cometiendo robos y violaciones esperando que encima os esté agradecido.

     Justo el otro día, un muchacho estaba almorzando. Uno de vuestros colonos que había venido de América tiró una bomba incendiaria en la casa del muchacho. Sus dos hermanos murieron en el acto. Pero él sobrevivió horriblemente desfigurado. Se llama Amar Emeera. Sus cicatrices han transformado lo que era un hermoso niño en un ser grotesco que ni siquiera parece humano. ¿Qué hizo este muchacho para ir por la vida de esta manera?

     Vosotros disparáis a los recién nacidos que van en los brazos de sus padres en los coches palestinos. Matáis a los niños palestinos que van o vienen de la escuela y matáis a los niños palestinos que se enfrentan a vuestro ejército con las manos vacías. A uno de estos niños, Muhammad Abu Arrar, le disparasteis y matasteis por protestar contra la invasión de su tierra. Los familiares palestinos del muchacho besaban el cuerpo sin vida mientras era llevado a la Franja de Gaza para ser enterrado.

     Vosotros matáis a los padres palestinos desarmados que se dirigen a comprar libros y cuadernos para la escuela de sus hijos. Ya no tenéis más excusas para las atrocidades que seguís cometiendo. Bombardeáis las casas de las familias palestinas, matáis en el acto a sus ocupantes y luego decís que las bombas eran del bando palestino; y ello a pesar de que las casas estaban a gran distancia del escenario de la lucha y de que los restos de las bombas hechas en América se encuentran entre los escombros de las casas demolidas.

     Vosotros estáis castigando sin piedad a 3 millones de palestinos, la mitad de los cuales son niños que viven en los escasos restos de su propia tierra. Y vosotros sabéis de sobra que su único deseo es librarse de vuestra bárbara crueldad.

     Vosotros decís al mundo que queréis paz en cada lugar y en cada instante, pero estáis tan lejos de la paz como la tierra lo estaría de un universo que viajase en la dirección contraria.

     Vosotros habláis de paz con las lenguas bífidas de vuestros líderes belicistas, y luego pretendéis sorprenderos cuando una bomba humana palestina decide explosionarse.

     Pero me temo que sólo estaréis a salvo de la amenaza de las bombas humanas cuando busquéis una paz justa y comprensiva y cuando pongáis fin a la invasión de las tierras de los habitantes indígenas de Palestina».

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