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Vivimos mal y votamos mal porque hemos perdido el olfato

El jueves 18 diciembre, 2014 a las 12:38 pm
Jorge Muñoz Fernández

MATEO MALAHORA mateo.malahora@gmail.com

Las basuras están debajo de las mullidas alfombras de los despachos oficiales, en las calles, en las esquinas de los edificios públicos, junto a las estatuas de los próceres de la independencia, en las puertas de las iglesias y basílicas, a la entrada de los órganos institucionales de control, alrededor de los despachos gubernamentales y en las avenidas y nadie, absolutamente nadie, dice nada.

El comportamiento de la ciudadanía, término que ha colapsado, ya no tiene importancia histórica, crítica ni participativa; apenas unas personas a las cuales les repugna el tufo excremental que exhalan los poderes públicos sumidos en la pestilencia política han acudido a los redes sociales, con el apoyo de algunos medios de comunicación social, para denunciar la peste de la corrupción burocrática.

¿Quién va a ejercer el derecho a la protesta y la movilización si el sentimiento navideño y los balances de Año Nuevo superan la pestilencia y el hedor oficinesco y administrativo en que está sumida la ciudad?

POPAYÁN VIVE LIMPIA Y ASEADA

Somos una comunidad zombi, sin facultades para regresar a la vida crítica, madura y consciente. Obramos como un cadáver viviente, sometido a la voluntad de los hechiceros mayores, los dueños de los rituales democráticos, los elegidos por los poderes charlatanes, embaucadores y tramposos, con el ruin apoyo empresas privadas corruptas, que solo actúan en función del capital.

Lástima grande para una ciudad y una región que ofrendaron, desde los momentos fundacionales de la república, a sus mejores hombres: como militares, como soldados, como guerreros, como luchadores, como guerrilleros, como comerciantes, como intelectuales, como poetas, como artesanos, como indígenas, como afrodescendientes, como mestizos y como campesinos en la construcción de país.

Hasta la política tiende a convertirse en una práctica obscena, hiede, ya Shakespeare lo dijo en frase demoledora y lapidaria aplicable en nuestro medio: «Algo huele a podrido en Dinamarca».

Hoy Dinamarca, por fortuna y ejemplo, ya no huele como en tiempos de Hamlet y ocupa el primer puesto mundial de transparencia en el manejo de la cosa pública.

En otras palabras, nuestra democracia es una farsa y un sainete, donde los taumaturgos del poder criollo reviven y remozan las historias rancias desveladas en la literatura universal.

Pero, lo insólito del drama, es que estamos frente a una población que ha perdido el olfato político, que no capta los malos olores, sino que, por el contrario, le fascina y hechiza el síndrome de basurero público; sus miembros, acostumbrados al estercolero electoral, a saltar para no untarse los pies con desechos morales, consideran que los escenarios de la partidocracia no pueden cambiarse y terminan perdiendo la percepción política.

En esas condiciones culturales, para no decir fisiológicas, los ciudadanos, víctimas de la enajenación política, perdidas sus capacidades olfativas, no son capaces de apreciar e interpretar ninguna sensación de olor, ni la inmundicia que suele producir la burocracia administrativa sin control político ni democrático alguno, al paso que terminan aceptando que las cosas son irremediables, como si de tanto percibir el tufillo de la corrupción acabaran por no sentirlo.

Si la gestión pública, la gestión fiscalizadora, la gestión administrativa y la gestión política no se dirigen a responder a los problemas locales o regionales, sino a la preservación y continuación de los poderes políticos hegemónicos, el Estado se corrompe y los costos crecientes del mantenimiento y reproducción de esa hegemonía o amistosa componenda burocrática deslegitima la institucionalidad, ampliando las fronteras de la descomposición social.

¿De qué vale el crecimiento colosal de los recursos del Estado y el incremento de las rentas locales o departamentales, si cada día es más amplia la exclusión y la marginalidad social, y si la perversión ética, no siempre ligada a la rapiña del erario público, induce a las personas a creer que la corrupción es una conducta consustancial a la democracia?

“Algo hay podrido en Dinamarca” cuando a la clase media media y media baja, -desapacible clasificación-, no le queda otra opción que la de escalar posiciones acudiendo al clientelismo y la obediencia como procedimiento de participación política, porque sabe que la dinámica de todos los dispositivos del poder estatal es agilizada por intereses partidistas y por la responsabilidad que se arrogan los jerarcas y prohombres de la política de perpetuar su propio poder, controlarlo y defenderlo de intromisiones extrañas.

Aguda la recurrente situación de las basuras en la “Ciudad Blanca” de Colombia, que no ha merecido la movilización pacífica y democrática de la ciudadanía, quizá porque que de tanto acostumbrarse al hedor ya no lo percibe.

Y, agregamos, lo que más huele y apesta del “Relleno Sanitario” en que se ha convertido Popayán y el Centro del Cauca no son los residuos orgánicos descompuestos, sino la indolencia de las autoridades y la mansedumbre política de la ciudadanía. Hasta pronto.

Foto: Radio Súper, Popayán.

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