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Lunes, 17 de junio de 2024. Última actualización: Hoy

Violencia armada en el Cauca: oficio – vicio

El jueves 18 abril, 2024 a las 12:00 pm
Violencia armada en el Cauca: oficio - vicio
Violencia armada en el Cauca: oficio – vicio
Imagenes: https://www.facebook.com/GobernadorEliasL
Alfonso J Luna Geller

Para mí, la violencia armada que se desarrolla en algunos lugares de Colombia, como en el departamento del Cauca, hace muchos años dejó de tener motivaciones políticas para la búsqueda del poder por las armas, que tenía cierta justificación social. Yo ahora lo que veo son bandas criminales, simple y llanamente.

Es indiscutible que ninguna violencia entre seres humanos se disculpa, pero cuando se ejerce como respuesta a situaciones de injusticia social, a exclusión política, por la marginalización de ciertos grupos étnicos, sociales o económicos, por la conquista de derechos, para promover cambios significativos en el sistema político, aunque sea ilegal, tiene tolerancia. Eso fue, por ejemplo, lo que ocurrió con las guerras que condujeron a la Independencia.

Inclusive, hemos visto que algunas organizaciones motivadas por ideologías extremistas o radicales consideran que la violencia es un medio legítimo para alcanzar objetivos políticos, como el establecimiento de un nuevo orden social o político, ante la debilidad institucional y la corrupción vigente.

Por eso fue que finalizando el año 2016, tras muchos años de violencia, se logró la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP, que entre otras cosas logró sellar su desaparición como fuerzas guerrilleras.

Ese pacto político no implicó que la violencia haya sido justificada o aceptada. Contrariamente, se reconoció que la violencia armada siempre conlleva un alto costo humano y social; y que por eso, la búsqueda de soluciones pacíficas y negociadas es fundamental para resolver conflictos y construir sociedades más justas y equitativas.

Pero hay que saber, por lo menos, intuir, con quién se puede negociar la majestad del Estado. Lo de hoy parece una pantomima, un remedo o una parodia.

Después del acuerdo de paz firmado con las FARC, surgieron nuevos grupos armados, o disidencias, que hoy vemos sin unidad de mando, sin objetivos políticos reconocidos, y que, sin embargo, pretenden que la opinión pública y el Estado los toleren como “insurgentes”.

Lo que todos observamos es que se apoderaron de los negocios del narcotráfico, de las extorsiones y secuestros, de la explotación minera ilegal, entre otros componentes de la economía criminal que sustentaba el accionar de las FARC originales. A estas faenas les suman terrorismo y amenazas a los dirigentes cívicos que no les permiten el control absoluto del territorio y de las comunidades ancestrales, claro, intentando concederles algún carácter político a sus barbaridades, para auto-certificarse como opositores a la autoridad política establecida.

Entonces, convencidos de que no son delincuencia común, creen tener el privilegio de exigir diálogos interinstitucionales y parálisis de la fuerza pública mientras se fortalecen para seguir en lo propio.

Es que en el Cauca la violencia armada hace rato degeneró cualquier ideología para convertirse en un «oficio», quizás, en otro «vicio».

¿Qué ocurre? En estas áreas afectadas por altos niveles de desempleo y falta de oportunidades económicas, algunas personas se dejan motivar, y por falta de formación, no tienen otra alternativa que involucrarse en actividades criminales, incluida la violencia armada, que para ellos es una forma de supervivencia y de generación de ingresos.

Pero, cuando la implicación no ocurre de manera voluntaria, los supuestos jefes o comandantes ordenan reclutar jóvenes y niños de manera forzada. Esto lo han convertido en una horrorosa forma esclavitud al servicio de los criminales.

Es más, analizando lo que ocurre en nuestro entorno, también se puede asegurar que la violencia armada es propia de personas que han sufrido de problemas de salud mental, adicciones o trastornos psicológicos, y que recurren a la violencia como un medio para canalizar su frustración, enojo o impulsos destructivos, convirtiéndola en un «vicio» mortal para protegerse o buscar una sensación de poder y control.

Lo grave es que, en el Cauca, donde la violencia está normalizada y donde la presencia del Estado es débil, la autoridad nacional aún no vislumbra una intervención decidida para reducir su incidencia y brindar oportunidades reales de desarrollo y bienestar a las comunidades afectadas.

Esto implica no solo abordar las causas estructurales de la pobreza y la exclusión social, sino también ofrecer programas de rehabilitación y reintegración para aquellos que están atrapados en círculos viciosos de violencia y criminalidad.

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