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Vergüenza ajena

El domingo 16 febrero, 2014 a las 11:54 pm

Un bochorno de subido color produce la actitud del ex presidente Francisco Santos. Sabía que según el ph del viento, la política puede ser un camaleón o una serpiente, pero jamás, en los anales de esta farsa institucionalizada, había visto en Colombia una cerviz tan inclinada, un cuero tan duro, un desconocimiento tan desmesurado de lo que significa verse siquiera medianamente entero, como los que exhibe el primo presidencial en quien la locuacidad es inversamente proporcional al sentido de dignidad.

Uribe es hombre de retos. No otra cosa significa arrastrar esta piedra pegada a los tobillos. Quizá, en la clarividencia montañera que lo caracteriza, decidió inferirle el sonoro trastazo que todavía resuena en los mentideros colombianos para elegir como su representante al heroico Óscar Iván Zuloaga quien pretende lo imposible: salirle adelante a la ley de gravedad sin conocer los secretos del vuelo. A pesar de los respectivos amagos, no despega.

Pachito Santos, patético ejemplar de nuestras dinastías consagradas, es un chico sin el señuelo infantil que convierte el desencuentro del infante en demostración de graciosa inocencia. Un traspié sostenido, una metáfora de lo que pudo haber sido y no fue.

A pesar de las puertas que suele abrir la “democracia” colombiana a sus iniciados, no entra. A diferencia de su taimado pariente, desconoce la componenda y eso, en el campo minado en que se mueve, es letal. Político colombiano que no baile al son que le tocan con el oído necesario, está condenado al ostracismo o a la paz del sepulcro. Y eso es lo grave: no obstante su obsecuente talle y sus flexibles rodillas, a Pacho Santos le fallaron la elegancia y el sentido de oportunidad requeridos para transformar una demostración de miseria espiritual en un despliegue de fidelidad política.

Pero lo más curioso es su nulo sentido del ridículo. Carecer de esa brújula lo convierte en payaso o mendigo. La incongruencia es inconexa y por lo tanto espuria. Parece mentira que un hombre elegido alguna vez para reemplazar potencialmente al presidente de la República, no haya salido del cascarón.

Su indefensión conmueve. Caminar sin paraguas bajo este temporal, es exponerse a contraer una pulmonía. En la deplorable nómina de posibles candidatos presidenciales por el Centro Democrático, es menos que una coma mal puesta.

Los tropezones de Colombia y sus nefastos resultados, no tienen otro origen que la incapacidad o la soberbia de sus gobernantes. Ahora el inefable Pacho Santos luce la camiseta contestataria y se desdobla contra las volteretas de Petro. Pero ni así respira, cayó en el pozo de la insignificancia pública y eso no lo perdona nadie.

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