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Una sombra en mi ojo

El jueves 11 enero, 2024 a las 11:57 am
Una sombra en mi ojo
Una sombra en mi ojo
Créditos: Nueva Mujer
Por: Felipe Solarte Nates.

Sonrisas y carcajadas iluminan sus sonrosadas mejillas. Por los trajes se nota que van para una gran fiesta. Todo son bromas al interior de la berlina negra.

De súbito, aparece volando a ras un caza aliado y descarga la matraca de sus ráfagas sobre el auto. Humo en medio de las primeras llamas. Un niño de 11 años que bordeaba la carretera es testigo, se atreve a acercarse y lo que ve por la ventanilla lo deja pasmado, mudo desde entonces y casi sin poder moverse cuando las llamas se extienden y el vehículo está a punto de explotar.

Otra escena después, a los mozalbetes pilotos un oficial les informa que se equivocaron de objetivo y mataron a cuatro hermosas jóvenes que iban a una boda.

Es un falso positivo a la manera de los que se daban en la Segunda Guerra Mundial y que en la Colombia de hoy, los guerreros sin remordimientos, llaman “daños colaterales”. 

Esta cruenta escena es el presagio de la gran tragedia que se desencadenará promediando la película, cuando una flotilla de bombarderos aliados ataca a la ciudad de Copenhague ocupada por los nazis y en medio de las nubes y neblina confunden el cuartel de la Gestapo con una escuela de niños y niñas regentada por las monjas josefinas y descargan sus pesadas bombas de acción retardada.

Ningún arte como el cine para mimetizarnos en las alegrías y tragedias humanas. 

La combinación de música, imagen y actuación teatral de los personajes moviéndose en locaciones ambientadas según las épocas donde transcurren las historias, nos tocan las fibras humanas y nos mimetizan e identifican con muchas de las ficciones, sumergiéndonos en ellas, como si también fuéramos protagonistas.

Más de la mitad de la película danesa “Una sombra en mi ojo” nos ambienta la vida cotidiana de las alumnas en sus hogares y su convivencia en los salones de clase y las obras de teatro que representaban en vísperas de la Navidad, orientadas por las monjas,  entre las que sobresale una joven rebelde que apartándose del redil de sus superioras, rompe con las anquilosadas convenciones pedagógicas y en la intimidad de su claustro se autoflagela atormentada por la violencia cotidiana de la guerra y pasiones carnales despertadas por un joven bombero con quien se besa a escondidas.  

El terror reflejado en el rostro de los niños, la sangre, los edificios desplomándose sobre sus cabezas, las explosiones que no cesan, las llamas avanzando en medio de los gritos es un panorama conmovedor que nos impresiona al asociarlo  a lo que hoy sufren los niños y adultos de Gaza, Ucrania y en nuestro departamento del Cauca, los campesinos, indígenas y afros, que a diario son víctimas de la bestialidad humana, que sin importar la época y los continentes, se desborda motivada por ambiciones de poder, tierras y riqueza, agenciada por dirigentes y  grupos que se creen con derecho a disponer de la vida de los demás, a nombre de religiones o de partidos políticos y guerrillas, causando  tragedias inenarrables cuando bombardean, lanzan granadas y se enfrentan entre ellos, con la población civil en medio, tomándose hasta las escuelas, sin importarles la suerte de los niños y asesinando a sus maestros, padres y dirigentes de las comunidades que no obedecen sus órdenes.

Es el sinsentido de la guerra que con las modernas armas de fácil acceso masifica la destrucción, las mutilaciones físicas y sicológicas y las muertes de niños y adultos que tienen la desgracia de quedar en medio del fuego arrasando con todo lo que se encuentra.

Cuando la veíamos lejana y sólo en las pantallas, estuvimos acostumbrados a ver películas de guerra como si fueran una simple diversión en la que los “buenos” derrotaban a los “malos” al estilo de los juegos de niños.

Todo era como un sueño.

“Una sombra en mi ojo”, da en el blanco, haciéndonos sentir el terror que viven los niños y sus familias durante los enfrentamientos y bombardeos, con las balas zumbando sobre sus cabezas y las granadas y bombas explotando y tumbando edificios que los aplastan.

Es mínimo lo que vemos en la película, comparando la cruenta realidad que sufren cotidianamente miles de familias que como en Gaza, ya no tienen familia ni hogares, porque fueron destruidos edificios y barrios enteros con más de 20.000 muertos y 7.000 desaparecidos entre adultos y niños, sin contar los innumerables mutilados físicos y sicológicos que sobrevivirán alimentando la sed de venganza, para repetir el ciclo del terror intergeneracional con la violencia mordiéndose la cola.

Víctimas de ambiciones de poder alimentadas por fanáticos que se creen con autoridad y derecho a disponer de la vida de los demás, solo porque ideologías políticas, religiones fanáticas y sus dogmas, les han hecho creer que son los dueños de la razón y escogidos de sus dioses, para conquistar a los demás, con sus sistemas económicos, ideologías y creencias “divinas” que asumen como “las verdaderas”. Una sombra en mi ojo, en la plataforma de Netflix, es un fiel retrato de la tragedia, que en el vapuleado planeta, hoy sufren pueblos enteros a los que fanáticos locos de atar, gobernando naciones, condenan al sufrimiento, destrucción, miseria y muerte violenta, sin importarles dejar sembrados de ruinas y víctimas las ciudades y campos y sin esperanzas sobre el ruin comportamiento de semejantes convertidos en plagas que todo lo destruyen y devoran.

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