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Jueves, 9 de abril de 2020. Última actualización: Hoy

UNA SEQUÍA EN MI APARTADÓ

El martes 27 febrero, 2018 a las 9:23 am

UNA SEQUÍA EN MI APARTADÓ

UNA SEQUÍA EN MI APARTADÓ

Por Fanny Moreno

Estoy casi segura que todos en el pueblo habíamos rezado durante días para que lloviera. El agua estaba siendo racionada y la sequía afectaba a todos en Urabá. Era insustituible para una normal producción de banano -principal fuente de divisas de la zona- y también para el ganado, otro importante recurso de dinero.

Yo vivía en el Barrio Vélez de Apartadó, que en dialecto indígena traduce Río del Plátano y es el principal centro financiero de todo Urabá. Era un sábado de diciembre. Cuando sacaba el café para preparar mi infaltable tinto doble en pocillo grande, escuché la voz del locutor. «La bocatoma del acueducto ha colapsado debido al fuerte aguacero de la madrugada. Es inminente que el pueblo se quede sin agua».

Corrí hacia la llave del agua de la cocina mientras ponía debajo mi taza vacía. La abrí lentamente y un pequeñito hilo de agua pantanosa fue lo único que recibí durante unos segundos. Luego hubo un silencio absoluto en la tubería. Adiós café, dije, mientras pensaba que tenía una jarra con agua en la nevera. Tendría que hacerla rendir al máximo.

Mi vecino del frente, de pie en la puerta, parecía preguntarse qué hacer. Me contó que los daños eran muy graves y que posiblemente estaríamos por lo menos dos o tres semanas sin agua. Comprobé el gran error que cometí al ignorar el pozo que había habido en mi solar. Quedaba en el primer piso pero pertenecía a mi casa que estaba en el segundo.

El domingo muy temprano fui a una tienda vecina para comprar agua. Solo quedaban seis botellas pequeñas y las compré todas sin reparar en su alto precio. En la tarde comenzó a llover y corrí para poner en el patio todas las vasijas que tenía listas. Sorprendida vi que de mi techo no caía ni un solo chorrito. Continué mi carrera hacia la calle. ¡Eureka! Al frente de mi casa -como en una imagen de Las Crónicas de Narnia– caía un gran chorro que parecía ser impulsado por Neptuno. En un santiamén me puse unas chanclas viejas y tomé dos baldes plásticos. Bajé las escalas de a dos en dos sin pensar que podría caerme. Puse un balde debajo del chorro y dejé el otro a su lado.

Regresé a la casa, saqué la caneca grande, la puse cerca de la puerta y de nuevo corrí sobre mis pasos. Cuando llegué a mi chorro sí, era mío, solamente mío ya el primer balde estaba rebosado. Cuando la lluvia cesó, mis vasijas estaban llenas. Me cambié de ropa y solo me lavé los pies porque no podía desperdiciar ni una gota. 

¡Qué recuerdo! Por más de 20 días Apartadó estuvo sin agua. No me hizo falta porque supe como racionarla. Hervía la de tomar, usaba solo un plato para comer, me bañaba en una ponchera grande y reciclaba el agua para el sanitario.

La bocatoma fue reparada y hoy el Río Apartadó sobrevive a los cambios ambientales y a los indolentes.

24-02-18

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