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UNA HISTORIA DE VIDA EN MEDIO DE LA MUERTE

El lunes 10 abril, 2017 a las 8:50 am

Entre las sagradas costumbres que tengo y conservo desde niño, fuera de las de leer cualquier libro que tuviera la fortuna de tener en mis manos y si nos lo tenía, que era la mayoría de las veces, los prestaba a mis amigos vecinos, siendo el niño más feliz del mundo, está la de escuchar la radio, sintonizando muy embelesado las emisoras y escuchando las canciones románticas y las noticias que iban saliendo como por arte de magia en un mediano radio Philips color verde que mi gran y excelente padre José Antonio (Q.E.P.D) compró con mucho esfuerzo y lo colocó bien alto en una repisa sobre una pared, “para cuidarlo y evitar que se estropeara”, según decía con una sonrisa sardónica.

Fue sí cómo a la edad de 11 años y bien subido sobre una silla de madera, me enteré el viernes 22 de noviembre de 1963, a las 12:30 de la hora estándar del centro, de la muerte del presidente John F. Kennedy, en Dallas, Texas, noticia que me conmocionó mucho hasta ahora y la seguí paso a paso, en sus mínimos detalles. Es bueno comentar y compartir que ante un pedido mío, aquel radio, el cual nos acompañó casi toda la vida, se lo solicité a mi padre y me lo regaló como una preciosa herencia, que aún me sigue acompañando.

Precisamente por esa hermosa costumbre de escuchar noticias toda mi vida, el pasado sábado 1 de abril del presente año, muy temprano a las 5 de la mañana me enteré de la triste, fatal y espantosa noticia de la avalancha en Mocoa (Putumayo). Acto seguido, luego de escuchar otras emisoras sobre el mismo acontecimiento, llamé a mi hermana Lida Yaneth Dorado, quien vive en esa ciudad desde hace 12 años y trabaja como educadora en la Institución Educativa “Ciudad Mocoa”, por el mismo tiempo. No me contestó, imaginándome lo peor. Seguí insistiendo y nada. Empecé a orar en silencio, pidiendo a mi Dios que no le hubiese pasado nada. No tuve más remedio que llamar y despertar a mi gran sobrino Julián, quien vive en Popayán, quien no se daba cuenta de la noticia y entonces hizo la misma diligencia que yo y no obtuvo respuesta. Al rato nos dimos cuenta que en Mocoa estaban interrumpidos todos los servicios públicos y las comunicaciones estaban anuladas. Ante la incertidumbre, él siguió insistiendo y llamó a otra sobrina quien está en Bogotá, laborando en la Policía Nacional. Ella fue nuestra salvación pues pudo comunicarse por breve tiempo con amistades en Mocoa y así nos dimos cuenta que ELLA ESTABA VIVA, pues por esos designios de Dios y por su santa voluntad, estaba habitando en un barrio alto, en Villa Rosa, muy cercano a la zona de la avalancha, donde desaparecieron 17 barrios. Antes habitaba en el asentamiento “Los Guaduales”, que desapareció dentro de ese grupo fatídico y por una corazonada suya y por los comentarios de la gente de una posible avalancha, cambió de sector y… se salvó.

En la misma tarde del sábado 1 de abril, mi sobrino Julián y dos amigos más, en unión con los demás familiares, prepararon el viaje para Mocoa, para rescatar a mi hermana, si así se puede decir, y traerla a Popayán, aprovechando las vacaciones de semana santa. A Dios gracias, mi hermana se salvó por su santa mano.

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