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Una Granadilla frente a los Alpes

El miércoles 21 abril, 2021 a las 3:52 pm
Una Granadilla frente a los Alpes

Una Granadilla frente a los Alpes.

Por Victoria Paz Ablanque.
victoriapazablanque@gmail.com

La primavera en Europa es para nativos y migrantes una de las temporadas más esperadas del año. El invierno como todas las estaciones, tiene su charme, su encanto; la pureza de la nieve adornando el paisaje, el refugio del hogar y el descanso de la naturaleza. Sin embargo, el cambio de estación trae consigo renovación, resurrección y un nuevo despertar a la vida; en el que los animalitos salen de sus madrigueras, los árboles se cargan de frutos y flores, y las abejas hacen fiesta.

En esta época, el polen en el ambiente es tan abundante que puede llegar a hacer islas en ríos y lagos. El festín primaveral es para todos, sobre todo para los europeos, quienes al mínimo rayo de sol, se creen en el caribe y salen ligeros de ropa a disfrutar del brillante sol.

Esta metamorfosis del paisaje, va acompañada de mutaciones también en lo social, lo cultural y lo económico; los productos que se encuentran en los mercados son abundantes. Las frutas son las protagonistas de mercadillos, recetas y picnics.

Yo me deleito probando cosas, haciendo inventos culinarios, aprendiendo; buscando frutos que tenemos y que no, comparando con algunos que se parecen a los del trópico y de América latina en general. Así que hoy, me he puesto un buen abrigo, pues yo sí siento bastante frio todavía; he ido a la plaza de mercado, que contrario a mi país, es mucho más lujoso comprar los frutos en la plaza que en los supermercados de cadena, cosa que aplaudo.

Me he encontrado con un amable comerciante del que soy su clienta, quien me dice:

  • ¡Le tengo una sorpresa, me acaba de llegar un tesoro de Colombia!

Celosamente tomo una hermosa canastilla de mimbre y con toda delicadeza saco una granadilla.

Me quede muda por unos segundos, increíble que una granadilla, como cualquier otra de las miles que me había comido en mi país, me produjera tanta afección.

  • ¿CÓMO LAS CONSIGUIÓ? Pregunté emocionadísima.
  • ¡Las quiero todas!
  • ¡Tranquila! Sonrió.
  • ¡No puedo vendérselas todas, pero sí unas cuantas, estaba pendiente de usted, sabía que le gustaría mi sorpresa!
  • ¿Qué si me gusta? Me ha hecho el día. Respondí.
  • ¡Sabía usted que Colombia, es el mayor productor del mundo de esta fruta, con una producción de más de cincuenta mil toneladas al año y cerca de cinco mil hectáreas sembradas, también se da en otros países hermanos como Ecuador, Perú, Costa Rica y Bolivia!
  • La granadilla es una fruta rica en minerales y vitaminas, ayuda a eliminar el colesterol, es buena para el insomnio, la vista, enfermedades cardiovasculares y la acidez estomacal.
  • De donde vengo además de esta, se da una especie muy apetecida, la Granadilla del Quijo, que para algunos es un nombre dado en honor al ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Pues sabía usted mi estimado amigo que los restos del Quijote reposan en una hermosa ciudad colombiana llamada Popayán.

Sonriendo ambos, pero invitándole a leer las Leyendas Extraordinarias de la ciudad, escritas por mi amigo Marco Antonio Valencia, quién siempre me tira las orejas cuando abandono la pluma ¡Gracias Marco por estar ahí!

En fin, así siguió mi orgullosa exposición o más bien mi defensa, sobre la pecosa y peposa frutica.

Las guardé con cuidado en mi saco de compras, no les voy a contar cuanto pagué, no quiero asustarlos, aunque debería, para que coman granadilla con la misma alegría que yo. Tomé, la más bonita, la vine acariciando todo el trayecto del tren hasta mi casa, pensando ¿cómo me la comeré? ¿Haciéndole un huequito? Partiéndola por la mitad, con el dedo, sorbiéndola, sentada en un andén como tantas veces en varios rincones de mi amada Colombia.

Una Granadilla frente a los Alpes.

Pero no señoras y señores, este manjar, tan lejos de casa, que trae con él el aroma, el sabor y el amor de la tierra del realismo mágico, merece toda la magnificencia, la degustación y el disfrute en cada pepita, así que la serví con toda precaución en mi lugar favorito frente a los Alpes, esas montañas que me recuerdan a los Andes y que me hacen soñar con que de repente avistaré un imponente cóndor. Tomé la cucharita de plata y… ¡Bon appétit!

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