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UNA EXTRAÑA Y AMBIGUA PALABRA

El miércoles 25 octubre, 2023 a las 3:11 pm
UNA EXTRAÑA Y AMBIGUA PALABRA
UNA EXTRAÑA Y AMBIGUA PALABRA
Foto: Blogger

UNA EXTRAÑA Y AMBIGUA PALABRA

León Gil

Existe en español una extraña y ambigua palabra; relativamente nueva, la cual muchos personajes del mundo de las letras han coincidido en calificar de “hermosa”, “bella”. De hecho, la ilustración que aparece al comienzo de este texto, correspondiente al cartel que anunciaba la Feria del Libro de Madrid de 2015, pareciera estar inspirada en la misma: una hermosa mujer con los ojos cerrados ríe, en una expresión de éxtasis –cuasimístico u orgásmico–, al ser atravesada por una flecha que le clava un libro y sus palabras en pleno pecho, en su lado izquierdo.

Es una palabra cuya sóla definición tal vez podría constituir la metáfora y la imagen más certera y audaz para designar a todos aquellos cuyo mundo más preciado –casi que su medio natural e ideal– es el de las palabras. Me refiero a escritores, lectores, editores, traductores, filólogos, lingüistas, lexicógrafos, etcétera; pero en especial a los poetas. De hecho, es casi que una suerte de poema y de poética. 

Es un término proveniente del vocablo catalán lletraferit. El que a su vez sería un galicismo: lettreferit. Esa palabra es letraherido.

En 2014 el Diccionario de la Real Academia la definió así:

Letraherido, da: Que siente una pasión extremada por la literatura. U. t. c. s.   

¿Qué tal nuestra nueva palabreja? Perdón, ¿palabrita? … Me pregunto si me gustaría o halagaría que alguien se refiriera a mí como; por ejemplo: “León Gil, un verdadero letraherido”; o a mí hija, que es filóloga: “Ana Luna, una completa letraherida”. Ya veremos.

No puede negarse que su sola composición conlleva una carga cuasitrágica, dramática, romántica, dolorosa: literalmente, ‘herido por la palabra’. O inclusive, por su ausencia: el famoso Síndrome de la hoja en blanco.

Letraherido es una expresión bastante acorde con aquella otra suerte de principio poético que estableciera el poeta Guillermo Valencia con uno de los versos de su poema Leyendo a Silva: «Sacrificar un mundo para pulir un verso».

Y tal vez nadie haya descrito con mayor amplitud, profundidad y belleza ese cruel; y a la vez feliz y amoroso combate con las palabras, de lo que lo hiciera el genio de Gustave Flaubert en múltiples cartas a su musa, amiga y amante la también escritora Louise Colet. Cito sólo un ejemplo, entre muchos de ellos, realmente antológicos:

«…Amo mi trabajo con un amor frenético y perverso, como ama un asceta el cilicio que le corroe el estómago. A veces, cuando me siento vacío, cuando la palabra me rechaza, cuando después de haber garabateado largos párrafos, descubro que no he escrito una frase, me dejo caer en mi sillón y permanezco aturdido como en un pantano interior de hastío».

En realidad, son incontables los autores que con sus testimonios parecen confirmar lo apropiado de este neologismo, la fortuna de este hallazgo lexicográfico.

Se da por hecho que el término tendría su origen en los Ensayos de Montaigne (no me resisto a citar; cada vez que lo nombro, lo que de él dijera el gran filósofo-poeta Friedrich Nietzsche: El hecho de que semejante hombre haya escrito, aumenta el placer de vivir sobre la tierra), concretamente en el titulado De la pedantería o Del pedantismo– (Libro I, Capítulo XXV), donde, en efecto, puede leerse:

«Mon vulgaire Périgourdin appelle plaisamment Lettreferits ces savanteaux, comme si vous disiez lettre-férus, auxquels les lettres ont donné un coup de marteau, comme on dit.»

Lo que, después de mirar tres versiones diferentes al español, yo compondría como:

«Mi vulgar Perigordiano (dialecto del Périgord) llama graciosamente Lettreferits a estos sabihondos, como si dijéramos letra-heridos, a quienes las letras han propinado un martillazo, como se dice.»

Pues bien, para ser honesto, debo reconocer que, si bien estas tres líneas parecen evidenciar el origen del término, por sí solas no me dejan muy claro el por qué el Diccionario de la lengua española ha acuñado (y acunado) el vocablo letraherido como adjetivo (y sustantivo) para referirse a aquella persona «que siente una pasión extremada por la literatura». Y menos aún si el mismo sería halagador o todo lo contrario. Es más, si se me hubiese apremiado a decidirme por una u otra implicación o significado; conociendo como creo conocer un poco el espíritu lúdico y burlón (comenzando por sí mismo) del extraordinario Señor de Montaigne, habría dicho que en lugar de halago o alabanza estaba haciendo mofa de esos personajes a quienes «las letras han asestado un martillazo» –por supuesto, no en el dedo meñique sino en toda la testa–, dejándolos aturdidos, atontados, zopencos, alelados, tontainos. Opinión que parece verse reforzada por eso de que en el dialecto de la provincia francesa de Périgord llaman «graciosamente Lettreferits a estos sabihondos». Es decir, que en lugar de halago o alabanza, el término letraherido significaría más bien mofa, insulto y desprecio por los llamados letrados («que es instruido y tiene muchos conocimientos culturales»), por los pedantes («que presume de manera inoportuna, a través de su actitud o sus palabras, de tener grandes conocimientos, o hace creer que los tiene»). Lo que obviamente resultaría ser una cruel ironía: los amantes de las letras, los que sienten «una pasión extremada por la literatura» se estarían ufanando de la mofa que les hiciera el guasón de don Miguel de Montaigne casi cinco siglos atrás. 

Para confirmar la autenticidad de esta broma, de este chiste que de seguro hubiera hecho reír mucho al justamente llamado ‘padre del ensayo’, voy a citar una serie de fragmentos tomados de su disertación sobre los pedantes (recomendada para educadores, pedagogos, académicos, letrados, doctos, etc.; y, por supuesto, pedantes):

«…en las comedias italianas el papel de pedante lo representaba un bufón, y el que entre nosotros la palabra pedante corresponda a la de magister (maestro)…»

«… acontece al entendimiento cuando en él, se amontonan estudio, y materia copiosos, pues hallándose ocupado y embarazado con diversidad heterogénea de cosas, pierde el medio de discernir, se tuerce y encoge.»

«Los filósofos, retirados de toda ocupación y comercio públicos, a veces han sido objeto de escarnio en las comedias de su tiempo; sus opiniones y conducta los han hecho ridículos.»

«Así el vulgo los desdeña, como ignorantes de las cosas más esenciales y comunes, y como insolentes y presuntuosos.»

«Más nos interesa informarnos de si una persona sabe latín o griego, o de si escribe en verso o en prosa, que de si la instrucción la ha hecho mejor y más avisada; esto era lo principal, y lo convertimos sin embargo en lo secundario. Valiera más informarse de quién es el que sabe mejor, no del que sabe más.»

«Así como las aves van en busca del grano y lo llevan entero en su pico, sin partirlo, para que sirva de alimento a sus pequeñuelos, así nuestros pedantes van pellizcando la ciencia en los libros, colocándola sólo en los labios para desembucharla y lanzarla luego al viento.»

«Cicerón escribe así; ved cuáles eran las costumbres de Platón; tales son las palabras de Aristóteles»; ¿mas nosotros, ¿qué decimos? ¿qué juzgamos? ¿qué hacemos? Lo mismo diría un lorito.»

«Conocía yo uno de éstos, quien, cuando yo solicitaba alguna razón de su ciencia, pedíame un libro para mostrármela; y no hubiera osado decirme ni siquiera que tenía sarna en el trasero sin haber al instante mirado en su diccionario qué cosas fuesen trasero y sarna.»

«¿De qué nos sirve tener la barriga llena de carne si luego no la digerimos?, ¿si en nuestro organismo no se transforma, y no sirve para aumentarle y fortificarle?»

«Burlábase Dionisio de los gramáticos que cuidan de informarse de los males de Ulises e ignoran los suyos propios; de los músicos que templan sus flautas y no hacen lo propio en sus costumbres; de los oradores que predican la justicia y no la practican. Si nuestra alma no sigue mejor camino; si no logramos disponer de un juicio más sano, estimaría mejor que mi escolar hubiera pasado su tiempo jugando a la pelota; al menos de este modo tendría el cuerpo más ágil. Vedle volver de sus estudios después de haber empleado en ellos quince o diez y seis años; encuéntrase incapaz e inhábil para el ejercicio de toda profesión o trabajo; lo solo, lo único que se echa de ver en él es que su latín y su griego le han vuelto más tonto y presuntuoso de lo que estaba al abandonar la casa de sus padres. Debiendo poseer el alma llena, tráela hinchada; en vez de fortificarla, se ha conformado con inflarla.»

«Tales maestros, como Platón llama a las sofistas, sus adláteres, son de todos los hombres los que prometen hacer mayor obra de utilidad; mas no sólo son inútiles, sino dañinos, pues tras no reparar lo que se les encomienda, lo estropean y hacen pagar sus destrozos. No proceden así el albañil ni el carpintero. Si se siguiera la ley que Protágoras proponía a sus discípulos, que consistía «en que éstos le pagasen confiando en su palabra, o jurando en el templo en cuánto estimaban el provecho, y según éste satisficiera su trabajo», mis pedagogos veríanse burlados, de estar sujetos al juramento de mi experiencia. Mi vulgar dialecto perigordiano llama con gracia suma lettre-ferits a estos sabihondos, que viene a ser como si dijéramos lettre-ferus, a los cuales las letras han sacudido de un martillazo, como suele decirse (son mías las negrillas). Lo común es que se hallen desprovistos hasta de sentido común; el campesino y el zapatero proceden en la vida sencilla o ingenuamente, hablando de lo que conocen; aquéllos por querer engrandecerse y prevalerse de su saber, que sobrenada en la superficie de su cerebro, van embarazándose y dando traspiés sin cesar; escápanse de sus labios hermosas y palabras, mas precisa que otro las aproveche; conocen bien a Galeno, pero en manera alguna al enfermo; os han llenado la cabeza de leyes, y sin embargo, no comprenden la dificultad de la causa que se dilucida, conocen la teoría de todas las cosas, pero buscan otro que la aplique.»

«Quien a gentes tales ve de cerca, mire más allá, y como yo, encontrará que las más de las veces ni se entienden a sí mismos ni a los demás, y que la facultad de juzgar en ellos está hueca, …»

«¿Para qué sirve la ciencia a quien carece de inteligencia?»

«No es, pues, maravilla el que nuestros antepasados hayan concedido escasa importancia a las letras…»

«El principio fundamental que Platón establece en su República, consiste en distribuir los cargos a los ciudadanos conforme a la naturaleza de éstos. Esta sabia maestra todo lo puede y practica. Los cojos son inhábiles para los ejercicios corporales; los del espíritu no convienen a las almas cojas; los entendimientos contrahechos y vulgares son indignos de la filosofía.»

«Astyages en Jenofonte, pide razón a Ciro de su última lección. «En nuestra escuela, responde, un muchacho que tenía la túnica pequeña se la dio a uno de sus compañeros, de menos estatura, y tomó a cambio la de éste, que le estaba grande. Habiéndome nuestro preceptor hecho juez del caso, opiné que lo más pertinente era dejar las cosas en tal estado, y que los dos habían salido ganando con el cambio; a lo cual me repuso que yo había juzgado torcidamente, por haberme fijado sólo en las ventajas mutuas, siendo preciso tener en cuenta la justicia, que pide que a nadie se fuerce en las cosas de su pertenencia»; y dice Astyages que Ciro fue azotado ni más ni menos que lo somos nosotros en nuestras aldeas, cuando olvidamos e primer paradigma de las conjugaciones griegas.»

«…las ciencias rectamente interpretadas no pueden sino enseñarnos la prudencia, la probidad y la resolución, quisieron aquellos hábiles maestros poner a sus discípulos en contacto con la práctica de la vida e instruirlos no de oídas, sino por el ensayo de la acción, formándolos y modelándolos diestramente no sólo con preceptos y palabras, sino principalmente con ejemplos y obras, a fin de que la enseñanza penetrase no solamente en el alma, sino también en la complexión y costumbres; que no fuera únicamente adquisición, sino posesión natural.»

«Cuando los godos asolaron la Grecia, quien salvó todas las bibliotecas de ser pasto de las llamas fue uno de ellos, que predicó la conveniencia de dejar intactos estos edificios para apartar así a sus enemigos del ejercicio de las armas y que cayeran en ocupaciones ociosas y sedentarias. Nuestro rey Carlos VIII se hizo dueño del reino de Nápoles y de una parte extensa de la Toscana, apenas sin desenvainar la espada. Los señores de su comitiva atribuyeron tan inesperada facilidad a que la nobleza y príncipes italianos ocupábanse más en hacerse, ingeniosos y sabios que vigorosos y guerreros.»

Sin lugar a dudas, ya puedo dar respuesta a la pregunta que me hiciera al comienzo de este texto: definitivamente, me ofendería muchísimo que dijeran de mí que soy un letraherido, o que mi hija es una letraherida.
FIN

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