Lunes, 6 de abril de 2020. Última actualización: Hoy

Una cruda realidad

El martes 18 febrero, 2020 a las 3:43 pm
Una cruda realidad
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Una cruda realidad

Una cruda realidad

Vísteme despacio que estoy de afán – Napoleón Bonaparte.

El día es cálido, el sol en lo más alto del cielo azul me permite divisar el esplendor de la capital del Departamento del Cauca. Una suave brisa desciende de los cerros y sin prejuicios me dejo acariciar la piel. 

Recorremos el Puente del Humilladero para recordar y añorar, al Parque Caldas y nos sentamos en una de sus banquetas para apreciar sus edificios coloniales, disfrutar de su gastronomía, la belleza y amabilidad de sus gentes. Pero, no lo podemos disfrutar. Una serie de imágenes dantescas turban la mente.

Camino, pero rápidamente nos detenemos. Inquietos por lo extraño del moderno paisaje intentamos observar y entender el comportamiento de una mujer y sus niños. De su boca salen violentas consignas que increpan a los desprevenidos transeúntes, sean turistas o no. Su voz perdida en la súplica coloca como escudo a sus pequeños y luego, exige limosnas con un rostro compungido casi digno de un premio Oscar.

Quizás, desde la filantropía sería imperativo y necesario ayudar. Sin embargo, no es la acción correcta. Un cumulo de emociones me dominan y para evitar un debate nos alejamos con paso cansino. No les damos una moneda. Son adultos jóvenes, hombre y mujeres llenos de vida y energías, fortachones y cínicos que buscan recurrir a la caridad para suplir su pereza y desfachatez.

Estamos cerca de la torre del reloj, y dejo que una serie de preguntas se abalancen sobre mi mente y turben mi paz: ¿Dónde están los funcionarios del ICBF que permiten que a muchos niños y niñas le sean vulnerados sus derechos?. ¿Cuál es el papel de las autoridades en temas de control y orden, si los que dominan las esquinas y semáforos, la gran mayoría son hermanos y hermanas venezolanas?. ¿Acaso la administración pública es indiferente ante este caos social o se convirtió en una excusa de su inoperatividad? 

Seguimos caminando presos de reproches, dolor e impotencia. Más adelante vemos a dos adultos mayores dignificados por el trabajo arduo y honesto. En ese instante arremeten de nuevo las imágenes de esa cohorte de jóvenes apostados sobre las aceras expuestos a la caridad del pueblo caucano. ¿Hasta cuándo carajo?

Intento ignorar aquella triste realidad y nos aventuramos a caminar por el Puente del Humilladero. Pero, es una verdadera odisea estar en paz, tranquilo y feliz. Una nube de extraño olor mana de los labios de decenas de personas y se expande sin pudor por los muros, pasillos, caminos y senderos. Ese vicio sea legal o no, inunda violentamente la calma del lugar. Asimismo, sus miradas, gestos y voces intimidan y alejan de manera sistemática a las personas de bien.

Mis dos acompañantes me hablan del pasado cuando se podía caminar sin afugias por aquel icónico lugar y disfrutar del paisaje. Ellas recuerdan con tristeza y rabia los senderos con bellas flores; la hierba húmeda e inmóvil que fue por muchos años el disfrute niños y niñas; los artesanos exponiendo sus obras ante la mirada sincera de un multiétnico público.  Ante aquella narrativa algo en mí estremece.  

Porque hoy, no es así. El lugar está lleno de ladronzuelos, prostitutas, jibaros, proxenetas y su fuerza coercitiva ha desplazado al escritor, pintor, lector; el humo y las drogas han alejado a las familias que hallaban un espacio para el esparcimiento y el diálogo; los artesanos ven con asombro como los turistas se alejan cada día frente a la embestida violenta de la masa de migrantes latinoamericanos. Pero no todo está perdido, los que aún llegan llevados por la magia del ayer insisten en volver y ruegan a la nueva administración tanto municipal como departamentales soluciones a estos graves problema sociales. Algo está cambiando de manera drástica en la ciudad blanca.

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