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Una ciudad para el relato

El viernes 8 agosto, 2014 a las 4:37 pm
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MATEO MALAHORA 

mateo.malahora@gmail.com

Por iniciativa del escritor y poeta Marco Antonio Valencia Calle asistí al acto durante el cual se hizo la formal presentación de la Tertulia Literaria ‘Rico Letras’, del ‘Café Ricoleta’, de la ciudad de Popayán, que contó la participación de intelectuales como Germán Pabón Gómez, Carlos Pantoja, las comunicadoras sociales Alexandra Domínguez y María Claudia Giraldo, de la Alcaldía Municipal y la anfitriona Carol Joaquí, así como estudiantes universitarios de la ciudad, vinculados al mundo de la literatura. Impulsa también la literatura en Popayán el ‘Café Rabo de Nube’.

Tertulia Literaria ‘Rico Letras’

Foto: Facebook Marco Antonio Valencia Calle

Se suma al florecimiento de la narrativa y la poética caucana, que cuenta con destacados escritores jóvenes que han recibido codiciadas distinciones nacionales e internacionales, la Tertulia Payanesa, la Tertulia de la Casa de la Cultura y el movimiento literario existente en la Santander de Quilichao, donde en el VII Encuentro Regional de Poetas, auspiciado por la Universidad del Cauca, la Alcaldía Municipal de la Ciudad de los Samanes, la Fundación Tertulia Bosque de las Heliconias, la poetisa Hilda Pardo recibió el máximo reconocimiento otorgado cada año a un escritor por la calidad de su obra literaria.

Sin la literatura, la historia y la poesía sobre la sociedad de los conquistados, los ofendidos, los desalojados, los ignorados, los colonizados, los victimizados, los olvidados, los marginados, los censurados, los acaudalados, los potentados, los poderosos, los escogidos y los ilustrados, no puede re-hacerse espiritualidad de la nación.

Siendo Popayán una ciudad que desde sus momentos fundacionales y republicanos nació mutilada por acciones culturales y patrones de poder que menospreciaron la diversidad racial, fortalecieron la estratificación clasista y perpetuaron la lógica de una cultura exclusiva y excluyente, de polos opuestos, sin opciones de alteridad posible, con estereotipos de consumo selectivo, donde los privilegios se quedaron girando en círculos cerrados, el advenimiento de la modernidad encontró el ambiente propicio para forjar clases medias arribistas unas, sanas y escrupulosas otras, en cuyos espacios creció la pasión descomunal por el poder y el consumo cultural, financiero y tecnológico encontró el nicho que necesitaba para perpetuar valores clientelares, que terminaron convirtiendo lo público en una estrategia electoral.

Que las juventudes con vocación por los saberes y conocimientos culturales se incorporen al mundo de la narrativa comprometida con la justicia, la fraternidad y la paz implica tener la certidumbre que se puede re- interpretar la ciudad en la búsqueda de sentido.

Allí, en los escenarios de una ciudad extraordinaria, donde la esperanza no perece, donde se lleva con orgullo y grata satisfacción el gozo de vivir en un suelo excepcional, giran también las vidas de los excluidos de los derechos humanos, vidas a las cuales la fatídica violencia les ha negado la inserción social, vidas que quieren ser relatadas otra vez, que aguardan y esperan que el Estado no los condene a ser personas sin rostro y sin historia.

Una ciudad que necesita ser narrada nuevamente, no para incentivar el odio de clases sino la fuerza y el aliento que provocan la solidaridad humana. Solidaridad como resistencia frente a la pobreza suburbana, de los hombres y mujeres adultos y jóvenes de a pie, con sus historias ocultas, de vidas que parecen leyendas irreales, de profundo impacto ético, que cuando se convierten en narración conmueven y pueden derrumbar moralmente a quienes escuchan la tragedia.

Una estudiante de literatura que reconstruyó un relato escuchado mientras viajaba en un bus urbano desnuda la otra ciudad. Allí se percibe la estampa de una mujer sin pareja estable, soledad, abandono, frustración en la satisfacción de las necesidades básicas, soledad erótico afectiva, ausencia de reconocimiento y respeto como ser humano, soledad de aceptación social e irónicamente, asunción de decorosa libertad.

Como ella, centenares de mujeres que no son dueñas del tiempo. Tiempo que pertenece a sus maridos, que son los detentadores de un poder visto desde los dispositivos opresivos de Foucault, tiempo que lastima con la intolerancia y la impaciencia. Hombres, también desplazados, que ven en el tiempo de sus mujeres una limitación egoísta y mezquina del tiempo que consideran suyo. Alma de propietarios.

Esa otra ciudad que debe ser conocida, reconocida y escuchada a la hora del diseño de políticas públicas: “Ya no soy como antes, ahora soy dueña de mi misma y de mi cuerpo, ya no temo llegar a la casa. He vuelto a sentir la alegría. Me parece que aquel infierno en que se había convertido mi hogar, -una precaria casa de cartón y plásticos,- está muy lejos, ahora sé que fui una tonta, una pendeja, pero soy inteligente. Ahora puedo estar tranquila con mis hijos, disfrutar de ellos, por fin tienen una madre de verdad, la que nunca fui, aunque mis hijos no estudien y sólo salgan conmigo a los semáforos a conseguir el pan”. Desgarrador mensaje. Hasta pronto.

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