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UNA CASA MÁS ALLÁ DE LOS MURMULLOS

El jueves 8 marzo, 2018 a las 10:38 am

UNA CASA MÁS ALLÁ DE LOS MURMULLOS

Juan Manuel Roca

Por Juan Manuel Roca

Hace varios años que los poetas abandonamos la Casa de Poesía Silva. Fuimos entonces centenares los firmantes que pedíamos un cambio en la dirección de la que fuera una casa inspiradora de muchas otras en América Latina y España.

La Casa de Poesía Silva fue desde la dirección de María Mercedes Carranza una inspiradora institución por la que pasaron grandes poetas del mundo. Era una suerte de enclave para dignificar la poesía y difundirla.

Hoy, en realidad, como en una queja bambuquera, “ya no vive nadie en ella”, aparte de unos cuantos poetas mercenarios, medradores de talleres y recitales cada vez más lánguidos y espaciados. Por supuesto que resultaría cómico decirles esquiroles a unos poetas, o pedirles una huelga de metáforas caídas, pero por ahí va la cosa. La Casa ahora es solo un inmueble y su director, Pedro Alejo Gómez, es como un bedel de fantasmas.

Esa casa en la que viviera José Asunción Silva, nuestro primer poeta moderno, data de la época de la Colonia. Vivió en ella muchos años después Aurelio Arturo, un referente que para los colombianos que amamos la poesía es algo así como  nuestro poeta de la guarda. También alojó a Gregorio Castañeda Aragón, el poeta del mar que nos legó unos bellos poemas en prosa a los que vale la pena volver.

En un comienzo lo verdaderamente muerto y sin ánimo de museo era una vitrina -¿existirá aún?- con la máquina de escribir de Aurelio Arturo, que más bien escribía a mano; con el bastón de Eduardo Carranza que no era cojo, con la billetera de otro vate de antaño que nunca tuvo plata y un llavero de alguno que jamás tuvo casa. Solo faltaba, solía decir en broma, un puñadito de marihuana de Porfirio Barba Jacob, una lata del avión de Air France en que muró Gaitán Durán, la heroica jeringa de Eduardo Castillo y la botella -vacía- de todos.

Todo eso reposa en la memoria de los poetas que no van -vamos- a esta Casa que aunque siga en pie como edificación es una ruina espiritual. La memoria de Silva y de María Mercedes están arrinconadas. Es triste pero cierto. Ahora los poetas estelares a los que se rinden homenajes son los políticos tradicionales, diga usted como Roy Barreras o Telésforo Pedraza, este último por sus aportes a la cultura.

Quién sabe, vale preguntarse, de cuánto será ese aporte y el de otros invitados cercanos a la entrega de presupuestos.

No tiene deudos esta casa. Su director, que no sabemos cómo diablos sigue dirigiendo algo casi inexistente, ya no resulta un funcionario vitalicio sino crónico.

Es triste tener que parodiar los versos de Silva más acordes con la Colombia de hoy:

“Una noche,
una noche toda llena de murmullos
y de música de balas”…

O bien:

“Una casa,
una casa llena de chanchullos
y de música de babas”.

Posdata: no queda más que decir, como en el poema que tradujo Silva de Tennyson: “¡oh voces silenciosas de los muertos!”. Y llamarlas, no con una ouija, no en clave de morse, ni siquiera con mañas espiritistas. Tal vez, gajes de la modernidad, llamar las voces de los poetas idos que recorren la casa por el teófono, un aparato inventado por Ramón Gómez de la Serna para llamar a Dios. O mejor aún, hacerlo por un Telésforo roto.

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Cortesía de Gustavo Alvarez G.: http://bit.ly/2H42nvN

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