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Un virus que se elimina con jabón

El miércoles 29 abril, 2020 a las 8:31 pm
Un virus que se elimina con jabón
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Un virus que se elimina con jabón

Así de incipiente como letal ha resultado el coronavirus, una enfermedad que apareció como una gripita que sólo mataba a los chinos y que terminó exterminando a cientos de miles de humanos, a pesar de que en un principio creímos que no habría necesidad de traducir el genoma viral, que suponíamos solo necesitaba ser leído en mandarín, importándonos poco la suerte de la humanidad en el oriente del mundo.

Pero no fue así, las partículas lograron sobrevivir los 52.000 pies de altura, sobre los que viajaron atravesando rápidamente el continente asiático para llegar hasta donde las grandes potencias de occidente, convirtiendo a ricos y famosos en el foco viral del mundo y superando con creces las cifras del gigante oriental, que no sólo subsistió a la pandemia, sino que inició a apoyar aquella encopetada Italia que hasta antes de conocer su vulnerabilidad, sólo se inclinaba ante la torre Pisa, ante la que exhibía sin ruborizarse la millonaria suma con la que la Juve logró hacerse a la figura varonil de Ronaldo, que a pesar de ser Cristiano, nunca les enseñó a deponer sus egos para reconocer al ser supremo que tiene el control del mundo.

Aquella gripita siguió haciendo estragos y no contenta con internar en cuidados intensivos al desafiante Premier Británico Boris Johnson, que enceguecido por la altivez del poder, salió a las calles a contraer el virus que por poco le cuesta la vida, dejando en evidencia que este ya estaba tan esparcido en Reino Unido, que ni la imponente guardia del palacio de Buckingham pudo contenerlo y evitar que contagiara al príncipe Carlos que ni por broma pudo volver acercarse a su madre Isabel, la ll matriarca con ese nombre, que al igual que el papa tuvo que ser resguardada en una especie de cápsula, para evitar que el mundo sufriera la vergüenza de que sus dos veteranos más representativos, murieran a manos de una pandemia que llegó para demostrar la fragilidad de los humanos, que en medio del encierro, hipócritamente celebramos como la fauna recupera el espacio, que infamemente el hombre le robó, convirtiendo el planeta tierra, en una especie de selva de cemento.

Así como no se sabe si el virus es natural o creado, si fue China que lo inventó para aparecer con la vacuna o si hace parte de la guerra económica de este país y el gigante de América que al final terminó siendo el mayor propagador de la epidemia, tampoco se sabe cómo se contagió la esposa del presidente del Gobierno Español Pedro Sánchez, que premonizó con la noticia que lo peor estaba por venir en este país, que junto a Alemania que a pesar de tener a su mando una experta científica, quisiera revivir a Enstenin, ya no para que les hablara de la relatividad, sino para que les diera la cura a la mortal enfermedad que les ha costado miles de vidas, mientras que las hermosas playas de su sitio de descanso en verano en España lucían tan vacías, como opacas las luces de la Torre eiffel que ya no brilla como antes, ante el tenebroso desierto en que se convirtieron las calles de París.

Y así de frágil como letal Covid… no le temió a las letales bombas nucleares, capaces de desaparecer en un abrir y cerrar de ojos ciudades enteras como Hiroshima y Nagasaki y a pesar de que podía ser exterminado con agua y Jabón, decidió enfrentarse al protagonista no sólo en las dos guerras mundiales, sino responsable de la guerra fría y único autor de la toma de Irak, y con esta invasión molecular, el petróleo objeto de tan bárbara masacre, se depreció precipitosamente advirtiendo la caída de la economía, obligando a algo tan impensable como la suspensión de los movimientos bursátiles en las bolsas del mundo y a que el prepotente Trump se retractara y convirtiera en objeto de sus salvajes apreciaciones a la Organización Mundial de la Salud, que al igual que cualquiera que contradijera sus desfachatadas declaraciones, ha sido blanco de los ataques del Presidente de la potencia, que en medio de la carrera reeleccionista ha tenido que cambiar su discurso, para evitar convertirse en el responsable de las decenas de miles de muertes, que hoy ponen a su país con más de un millón de contagios, en el mejor ejemplo de cómo NO enfrentar este tipo de pandemias.

Nosotros siempre imitadores del imperio, quisimos repetir las palabras del insensato millonario Presidente, pero a buena hora entendimos que en nuestro caso no sería solo cuestión de citar al Congreso para que nos girara un cheque en blanco, sino que además, hasta los respiradores que tendríamos que importar, tardarían mucho más que lo que tarda el virus en eliminar a una persona y decidimos parar las locomotoras, en medio de un falso dilema entre la vida y la economía, como si la una no necesitara de la otra para existir, así como si la alcaldesa presidente no necesitara constitucionalmente tanto a Duque, que sus desaforados desafíos terminaron siendo frenados con una investigación preliminar, por una metida de pata al estilo de los Gobernantes, que creen que los decretos que emiten los eximen a ellos y a sus familiares y que a pesar de las restricciones si pueden ir a mercar en pareja.

Y mientras la moraleja de esta epidemia que eludiendo la sabia frase de nuestros viejos de que la letra con sangre entra, se va perdiendo, los colombianos a pesar de que se han tomado medidas a tiempo, seguimos tan vulnerables como al principio, sin comprender que cualquier decisión equivocada, puede reversar los sensibles resultados que sin ser los mejores, han evitado que en medio del deficiente sistema de salud colombiano, el Covid 19 fuese casi que una sentencia de exterminio como ha ocurrido en Ecuador, sin que tengamos que responder soberbiamente como Bolsonaro, ante la crítica por la pérdida de miles de vidas en Brasil «¿qué quiere que hagamos?». Pero lo más grave es el falso dilema entre economía y vida, como si el coronavirus no hubiese llegado para enseñarnos que no existe nada por encima de la creación divina, no hay otra explicación para que un virus que se deshace con el agua y jabón, haya traspasado las fronteras del mundo, sin importar la distancia de los océanos y en cuestión de meses tenga en jaque al planeta tierra.

El virus mutó porque innegablemente su primer código molecular no sería suficiente para que dejáramos descansar el ecosistema, para volvernos más humanos, para dejar de ambicionar enormes riquezas y ponerlas por encima de la vida, de la naturaleza, pero el tiempo pasa y la lección no está siendo lo suficientemente aprendida, aún hay políticos corruptos queriéndose robar las ayudas humanitarias, justificándose en que los pobres están acostumbrados a aguantar hambre, olvidando que las millonarias inversiones en estéticos diseños de sonrisas se pierden ante la inminente necesidad de usar tapa bocas, la vanidad ha tenido que ceder ante el cierre prolongado de los salones de belleza, los costosos trajes que exhibíamos en nuestras universidades y oficinas, hoy sirven para ocupar la polilla, mientras que atendemos nuestras labores en la comodidad de pantalonetas al frente de un computador en nuestras casas.

Pero seguimos sin aprender, mientras que los concesionarios están cerrados, contemplamos nuestros lujosos carros pensando en que cuando pase la cuarentena hay que cambiarlos, sin importarnos cuantas personas mueren de hambre producto de la escasez, seguimos sin aprender, publicando en redes hasta la mínima ayuda que entregamos, publicando en nuestras redes los rostros de los necesitados y usando el hambre para saciar nuestros egos, seguimos sin aprender, a pesar de que existen almas bondadosas que nos enseñan que no es mérito dar de lo que nos sobra, sino de lo que tenemos, porque nuestra superioridad como seres humanos frente a la naturaleza es tan grande, como la letalidad de un virus que desaparece con jabón, pero aun así nos ha puesto contra la espada y la pared, sin que hoy después de dejar cientos de miles de muertes, millones de desempleos y una economía mundial agonizante, hayamos podido encontrar la cura para los efectos que claramente no se podrán reversar con agua y jabón, pero que habrían valido la pena, si tan sólo comprendiéramos, que por encima de Dios no hay nadie.

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