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UN REMEDO DE ETERNIDAD

El jueves 18 abril, 2013 a las 5:04 pm
Rodrigo Valencia-Donaldo Mendoza[1]

Rodrigo Valencia Q – Donaldo Mendoza
Especial para Proclama del Cauca

Cuadro Rodrigo ValenciaLas Hespérides, pinturade Rodrigo Valencia Q

D: —Has escrito textualmente acerca de este cuadro tuyo: “Las hespérides me habían alucinado, el árbol de las manzanas de oro era inalcanzable. Todo era panorama incierto, oscuro, musgoso pasaje con residuos incongruentes. Navegar, pesadilla entre mapa indefinible, sabor a piedra que envejece. En el centro, el faro titila, llama; mi ropaje no está listo, no he lavado mis ojos de la abulia y la tentación de no ser”. Y estos correlatos ayudan un poco a entender las abstracciones plásticas, para las cuales me he sentido siempre una calamidad: no sé sin interpretar las formas o los colores.

R: —Bueno, no exactamente; simplemente construyo en forma capciosa y libre una fantasía escrita. No se trata realmente de una interpretación del cuadro; es un puro capricho palabrero, a partir de una imagen incierta. Cualquier otro «correlato» vendría igualmente bien; el arte abstracto tiene eso de bueno: no amarra, no impone, no coarta la libertad.

D: —O «eso de malo». Piensa no más en los descrestadores discursos de un intelectual-crítico.

R: —Yo me pregunto qué significa el cuadro de Da Vinci, Monalisa. No significa nada; uno simplemente lo ve, lo admira, se deja llevar por él, nos traslada a la contemplación pura. Así es la pintura abstracta. Alguien que sabe de pintura reconoce si un cuadro abstracto es maravilloso, bueno, regular, malo o pésimo.

D: —He ahí el quid, yo nada sé de pintura. Pero también me he hecho esa pregunta, y la explicación que me doy es que alguien construyó el mito de la sonrisa y tuvo éxito al echarlo a rodar.

R: —Si uno ve Monalisa encuentra formas puras, anatomías y colores ajustados a las formas, luz y sombra, espacios que definen un recinto, a lo lejos un paisaje un tanto irreal, la placidez sonriente de la dama, y el sonido mudo de lo indefinible. Pero no hay exactamente nada qué entender; es una pintura para los sentidos y obviamente para el espíritu; no hay manera de separar lo uno de lo otro; percibir es un hecho de conciencia, no un evento material; interviene el sentido, que es ejecutoria del espíritu. Contemplar es la esencia del arte; la reflexión pertenece a otros campos, su competencia es para el filósofo, el teórico del arte, el crítico, el historiador, el antropólogo, etc., etc.

D: —Los críticos se han solazado en Monalisa, y han querido encontrar en ella la pureza de los rasgos, que están manchados de monotonía en todos los vecinos de este mundo.

R: —Toda obra de arte es un surtidor infinito de palabras, especulaciones, razones y sinrazones, juicios y valoraciones de la índole más diversa. El mito de Monalisa se impone a la aceptación de toda conciencia sensible. Regar la mirada en ella es un paseo por la eternidad de un instante que se quedó para embeleso del contemplador; ella hace de sí misma un símbolo que trasciende el tiempo; y todo cuanto impone un remedo de eternidad encarna la fuerza de lo maravilloso, adquiere cierto sentido trascendente. Todo arte ha quedado como testimonio de un proceso de conocimiento; está allí, en el museo o donde sea, y el contemplador asume a través de él una particular historia que ahora hace parte de su mundo. Monalisa sonríe; se dice que tiene enigma; todos vamos tras esa marca que perpetúa nuestra propia sonrisa en el mundo; al mirarla, entendemos nuestra íntima placidez que sólo la arrebata la muerte.

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