ipt>(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
Domingo, 21 de abril de 2024. Última actualización: Hoy

UN REBAÑO DE CABRAS CERCA DE MADRID

El martes 3 noviembre, 2015 a las 11:06 am

Qué hice para soportar en mi vida tanta cárcel. Miguel Hernández.

Armando Orozco Tovar

Armando Orozco Tovar

Fue en 1961 en la biblioteca del poeta boyacense Darío Samper, cuando conocí a Miguel Hernández, aquel bardo español con pantalón de mezclilla, camisa de dril, alpargatas y cabeza rapada de prisionero. Estaba sentado entre sus obras completas de su poesía y teatro, puestas en lo alto del estante, donde Darío los tenía junto a los clásicos españoles y latinoamericanos, entre otros: San Juan de la Cruz, Garcilaso, Lope, Góngora, Quevedo, Juan Ramón Jiménez, García Lorca,  César Vallejo, Huidobro y Pablo Neruda, el vate comunista chileno, a quien tanto Darío admiraba.

Miguel Hernández

Fue entonces cuando el abogado y poeta guatecano dijo: -“Toma y lee a este poeta, que no conoces. Porque sé que te gustará mucho, pues estas comenzando a escribir poesía social”. Y generoso me entregó el libro del poeta de Orihuela, nacido en 1910. Él, que un día del cuarenta y dos a sus 32 años no soportó la cárcel, la tisis, la soledad, y la ausencia de su mujer Josefina Manresa, y la de su hijo, apenas recién nacido. Marchándose del tortuoso mundo que le había tocado vivir, dejando escrito en la pared de la celda esta frase, que al siempre leerla eriza el alma: “Adiós hermanos, camaradas y amigos, despedidme del sol y de los trigos”.

A este lírico esencial del siglo veinte, jamás hasta hoy lo he dejado de leer, desde el día en que Darío en su biblioteca del barrio de Bogotá, donde éramos vecinos, me lo dio a conocer. Tampoco de escuchar sus poemas musicalizados por Joan Manuel Serrat. Aún no había muerto el dictador español de quien escribiera Neruda: “Maldito, que solo lo humano te persiga…” Cuando con toda su fuerza de cantautor catalán, regresó a la vida al juglar, que se había inspirado en su adolescencia en los clásicos españoles del siglo 17,  descubiertos en la biblioteca de la casa cural de su pueblo gracias a su amigo Ramón Sijé.

Su cara se asemejaba – dice Adolfo Salazar – uno de sus biógrafos, a “una patata recién sacada de la tierra”. Formado como autodidacta fue pastor de las cabras de su padre, quien un día, cuenta Elvio Romero, lo golpeó en la cabeza, que el poeta nunca se recuperó. Pues padeció de fuertes dolores de cabeza. Anécdota, que en La Habana me llevó a escribir el poema “Orihuela”, el cual dediqué a Miguel Hernández, que dice: -“Hoy he cargado a Miguel en mi cabeza / que está por reventar, / como en otro tiempo camino de Orihuela. / Hoy he cargado sus cabras y proezas, / sus pantalones de rudo ruiseñor y sus bolsillos, la risa de su barro, / que lanza relámpagos de amor por su ventanas. Hoy he cargado su celda todo el día, como hijo futuro de su muerte”.

Salazar cuenta que el poeta era de temperamento “nervioso, alegre y explosivo, inmerso en sus nostalgias y silencios…” y que, “fue así como un día sin un peso en los bolsillos llegó a Madrid”. Y que el primer encuentro en la capital española lo tuvo con Federico García Lorca, el autor del Romancero Gitano, quien leyó “Perito en luna”, (1933) de Miguel Hernández, su  “opera prima”, manifestando: “tienes la sangre de poeta, y porque tienes la ternura de tu luminoso y atormentado corazón”.

En julio del 36 llegó la guerra a España, y las fuerzas de izquierda se organizan al día siguiente para defender la República española democráticamente constituida. Miguel de inmediato porta el uniforme de soldado de la Republica asaltada por Franco, desde sus cuarteles africanos con el apoyo del fascismo internacional. El poeta se convierte en verbo militante del Quinto Regimiento el destacamento proletario organizado por el Partido Comunista. El periodista y escritor cubano Pablo de la Torriente Brau, miembro de las Brigadas Internacionales, una organización que de todo el mundo marchó a defender a España, lo designa Jefe del Departamento de Cultura. Y el poeta escribe: “Sentado sobre los muertos / que se han callado en dos meses, / beso zapatos vacíos / y empuño rabiosamente / la mano del corazón / y el alma que lo mantiene/”.

Antes de la guerra sería Juan Ramón Jiménez, premio Nobel y autor de “Platero y yo”, el primero en publicar su “Elegía a Ramón Sijé”, en su “Revista de Occidente”, insuperable poema elegiaco y seis más de su libro “El rayo que no cesa”. Pablo Neruda, diplomático en España, asombrado por las condiciones de pobreza en que vive el poeta, contará en sus memorias: “-Yo lo conocí cuando llegaba de alpargatas y pantalón campesino de pana desde sus tierras de Orihuela en donde había sido pastor de cabras. Yo publiqué sus versos en mi revista Caballo Verde, y me entusiasmaba el destello y el brío de su abundante poesía… y como el poeta estaba sin empleo y pasaba hambre le propuse, Miguel, al fin tienes un destino. El vizconde coloca. Serás un alto empleado. Dime qué trabajo deseas ejecutar para que decreten tu nombramiento. Miguel se quedó pensativo, su cara de grandes arrugas prematuras se cubrió con un velo de cavilaciones y me contestó: ¿-No podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por ahí cerca de Madrid?”.

Alegría de Pío/11/10/15

Sigue a Proclama en Google News
Deja Una Respuesta
Abrir el chat
1
Paute aquí
Hola 👋
¿En que podemos ayudarte?