Martes, 22 de octubre de 2019. Última actualización: Hoy

Un pueblo de nadie

El sábado 5 octubre, 2019 a las 8:28 am
Un pueblo de nadie
Un pueblo de nadie

Un pueblo de nadie

“… para mí la esperanza es una cosa que tengo cuando me despierto, que pierdo en el desayuno, que recupero cuando recibo el sol en la calle y que después de caminar un rato se me vuelve a caer por algún agujero del bolsillo. Y me digo: ¿donde quedó la esperanza?, y la busco y no la encuentro. Y entonces, aguzando el oído, la escucho ahí, croando como un sapito minúsculo, llamándome desde los pastos” Eduardo Galeano

En medio de las frías montañas del Cauca y empotrado en piedras y colinas, mi bello Pedregal me brindó el calor suficiente para soñar en grande y con la inocencia de aquellos años infantiles me deje llevar por sus calles, caminos y trochas de la mano de la ilusión, la alegría y la esperanza; confiado que algún día la realidad cambiaría en la región y el progreso de la mano de los políticos, secretarios, alcaldes, senadores, concejales, diputados, curas, pastores y uno que otro charlatán llegaría. Que por fin dejaríamos de ser una vereda olvidada en el último rincón del municipio de Inzá.

Desde que tengo memoria he escuchado hablar de lo mismo, corrupción, coimas, prebendas, conflicto, violencia, cizaña, envidia. Tengo ya casi 45 años y cuando me devuelvo en el tiempo y trato de recordar a mi pueblo amado, solo me encuentro con odios y maledicencias. Veo subir al poder a unos que prometen cambios, que aseguran ser el cambio, que promueven el cambio y sobre manera que quieren el cambio. Pero, como en los demás rincones de nuestro Cauca amado, solo son bellos discursos en épocas electorales.

Hoy cuando se avecina las elecciones, la decepción se apodera de todos y sentimos culpa y pena ajena por volver a caer en su red de mentiras e intrigas, y por vender el voto por un tamal, por una hoja de cinc o eternit; por entregar el dinero de mi municipio por cuatro años a pequeños roedores de sabios y puros encantos.

El municipio de Inzá merece una oportunidad real, alguien que con actos de amor piense en la transformación de la región, no en sus amigos.  Hoy, con el dolor de apátrida he visto caer en desgracia a mi pueblo natal, robarle la ilusión a niños, niñas y jóvenes; vender promesas fallidas a los ancianos y comprar con miserias a unos pocos paisanos.

Desde mi infancia tuve la fortuna de caminar por esos parajes mágicos, hablar con personas maravillosas, beber de aguas dulces y cristalinas, jugar en terrenos vírgenes y llenos de color, saltar desde altos y poderosos árboles. En ese tránsito de tiempo que he podido realizar, observo con preocupación, impotencia y hasta rabia, que la zona de Pedregal y San José se quedó estancada en el tiempo como Macondo. Pero, también he visto el resurgir de las cenizas de Guanacas, Túrmina, La Milagrosa, Inzá y San Andrés.  En ese conflicto de emociones una pregunta roza con mi ignorancia, ¿será que los líderes, lideresas, y funcionarios públicos de mi amado Pedregal vendieron a mejor postor el progreso y los sueños de sus gentes?

Estamos en la recta final de las elecciones y creo que ha llegado el momento preciso para recordarles que quien quiera gobernar debe haber demostrado verdaderos actos nacidos del corazón. Por la sencilla razón que el acto de gobernar se convierte en un ejercicio de compartir con los otros, de solidarizarse con los otros, de entender a los otros, de vivir lo que viven los otros; en síntesis, el poder que entrega el pueblo los obliga a construir espacios que permitan humanizar.

Ya es tiempo de cambiar esas viejas prácticas electorales que han sumido a la zona de El Pedregal al olvido. Debo ser enfático en recordar que el progreso ha sido llevado a lomo de mula y lo peor se ha perdido en medio de tres apellidos que con rebatiñas políticas, religiosas y culturales han robado el sueño de los mayores. No es justo que no tengamos una buena cancha de futbol, un polideportivo digno, o una galería en condiciones; no es justo que pequeños burgueses entorpezcan los procesos de progreso; traigo a colación solo el caso del gas.

No es válido que en pleno siglo XXI el único colegio que honra con su nombre a un gran ser humano este infestado de odios, intrigas y luchas de poder que impiden que se construya saber en sus aulas. No es justo que un cura sea el centro de atención desvirtuando el orden sagrado de “amar al otro como a ti mismo”.  

No es justo que el pedregal sea un pueblo de nadie.

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