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UN AUTÉNTICO CLÁSICO
7 TRINOS

El lunes 13 marzo, 2023 a las 3:54 pm
UN AUTÉNTICO CLÁSICO
7 TRINOS

UN AUTÉNTICO CLÁSICO
7 TRINOS

León Gil

Hasta un nada tétrico hospital, donde me hallaba internado; no agónico, pero sí muy aquejado por un mal –de cuyo nombre no quiero acordarme–; un vigoroso y querido amigo, su grata visita me regaló.

    Y obviamente esta vez; como solemos hacer cuando nos reencontramos, no hicimos una larga caminata por las calles de la barriada que nos vio soñar, reír y suspirar; ni tomamos una botella de vino tinto o una de algo más ardiente, aunque tal vez menos espiritual.

   Pero como siempre, entre risas evocamos aquellos tiempos cuando jugábamos en el equipo de fútbol de la facultad; haciendo pareja en el centro del campo: él, “indolente y demoledor patadura” (número 6); yo, “virtuoso constructor” (número 8); tal como suele decir con renovada fruición.

    Otros de los temas; nada originales, pero perfectos para ejercer esa hermosa y agradable necedad que es todo hablar –como pregonaba el poeta Zaratustra– fueron la literatura, la poesía, el amor y el desamor.

    De lo que charlamos acerca del amor, el desamor y la poesía prefiero no hablar; pues además de no ser esa mi intención al comenzar a redactar estas líneas, considero que muy poco podría decir al respecto alguien que perdió la fe en dios, en el amor y en la poesía; es decir, un desencantado absoluto y total.

    De literatura mencionamos algunos autores cercanos, “conocidos” de cuya obra; a pesar de la buena voluntad y el esfuerzo, solo habíamos logrado leer unas cuantas páginas. Libros ilegibles, inleíbles desde cualquier punto de vista. Libros, más que impotables, inocuos y anodinos.

    Y como a propósito, mi amigo, quien toda la vida se ha hecho llamar la billetera más rápida del oeste, pues nunca me da tiempo de pagar ni siquiera un tinto, me soltó a quemarropa este fulminante y gélido plomazo calibre 50, que a su vez es el motivo por el cual decidí escribir el presente texto, -y el porqué de su título:

    –¿sabés qué? Qué pena decirlo, pero por más que lo he intentado, jamás he podido con el Quijote–

    Y la razón de esa “pena” y la conmoción que me produjo tal confesión es muy simple y sencilla: mi amigo; además de haber sido mi tutor de lecturas en nuestra juventud, es un emérito catedrático de educación media y universitaria, quien siempre ha ejercido su profesión: magister en literatura de la UNAM. Y; obviamente, también ha escrito.

    No recuerdo exactamente qué comentarios suyos o míos siguieron a la dicha revelación, solo sé que poco tiempo después de despedirnos, y quedar a solas en mi habitación 418 de la Torre B, no rodeado de un silencio sepulcral (como llora Óscar Agudelo en su patética canción La cama vacía), sino muy apacible y natural, pues la bonita clínica está ubicada en medio de un paisaje rural del municipio de Rionegro, comencé a pensar en eso de “no poder leer el Quijote”.

    Lo primero que pensé fue en la honestidad y valor de mi amigo al reconocer tal herejía, dada su doble condición de literato y profesor; pues dudo bastante que alguno de mis antiguos compañeros docentes hubiera reconocido que de la obra de muchos de los poetas, escritores y filósofos que por exigencias del pensum recomendaban o imponían a sus estudiantes, solo conocían el escueto contenido que aparecía en sus libros de texto. Un fingimiento que no solo se da en este gremio, sino en muchos de aquellos que por alguna razón se sienten “obligados” a ostentar una imagen de persona culta. Y pensé que por esta razón la primera de las catorce máximas que aparecen en el cuasi clásico libro ‘Por qué leer los clásicos’, de Ítalo Calvino, esa que reza: “Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: “estoy releyendo” y nunca “estoy leyendo…”, debería agregar: “…y que nadie que se considere medianamente culto reconoce no haber leído jamás.”

    Antes de continuar debo anotar que cuando mi amigo hizo su confesión, quise comentar aquello que tal vez con demasiado atrevimiento sostenía Ezra Pound en su Guía de la Kultura: “…nadie ha leído dos líneas de un clásico sin morir de aburrimiento, porque no existen traducciones capaces de contener el mundo antiguo”; pero me abstuve, porque obviamente no era este el caso, no se trataba de una traducción.

    Lo segundo en que pensé fue algo que dice Francisco Umbral en el ensayo preliminar de un clásico latino que (de verdad) hace poco releí. Es una hipótesis que, aunque en primera instancia más que a paradoja suene a disparate, parece verse confirmada en el caso de mi amigo:

    “Es el profesional, el escritor, el hombre de cultura literaria, quien encontrará entre él y el clásico un muro: el muro del estilo, de la sensibilidad estética…el lenguaje de los clásicos, en muchos momentos, se alza ante él como un muro, …”

    Y continúa Umbral:

    “…muro transparente para el lector no especializado, que no experimenta el estorbo del estilo canónico precisamente porque para él apenas existen los estilos. Si los clásicos están vivos y se leen o releen, yo creo que es, no tanto gracias a la labor erudita de los enterados como a la demanda ingenua de los no enterados”.

    He ahí otra tremenda y “paradójica y disparatada” hipótesis, que no recuerdo haber leído en mi primera lectura de este clásico (seguramente no era la misma edición), pero que tan pronto leí ahora, creí comprender, por primera vez, algo que nunca dejó de sorprenderme; casi que de maravillarme hasta el punto de envidiarlo.

    Se trata de mi viejo y querido amigo Héctor J., el carnicero, el suicida; quien habiendo cursado apenas cuarto año de primaria parecía leer con mayor fluidez, agrado y comprensión tanto la prosa como los versos de algunos autores clásicos españoles, griegos y latinos que de vez en cuando le ofrecía.

    Algo semejante ocurría con un buen amigo de tertulias en su taller, Darío C.; un técnico de radio y tv., quien sólo había cursado tercer año de secundaria.

    (Me importa resaltar que no soy ni me considero un lector “profesional” o “erudito”; y menos aún en aquella época cuando sólo tenía tiempo para las labores académicas y las tertulias científico-etílicas; sin embargo, comparativamente hablando, ellos eran unos “ingenuos” y yo un “enterado”. Algo que a la postre resultaba a la inversa).

    Y continuando con mi clásico: después de leerlo por segunda vez pude constatar una verdad de Perogrullo, que quizás por ello no la incluyó Calvino como la 15ª razón para leer los clásicos: “Un clásico nunca envejece y siempre divierte, sea comedia, drama o tragedia”.  Un clásico siempre será de actualidad, un contemporáneo, porque nos habla de lo que fue, de lo que es y de lo que será la especie humana, que como bien se sabe no ha variado en decenas de miles de años. Como botón de muestra estas tres líneas del libro –u una gran pista para saber de cuál clásico estoy hablando-:

    “No es a los ricos a quienes me propongo instruir en el arte amatorio: el que da con largueza no necesita mis lecciones…Soy el poeta de los pobres…” Otro ejemplo:

     “¿Te recomendaré por igual que escribas en tus billetes (léase tarjetas) versos delicados? ¡Ay de mí! Los versos gozan ahora poco prestigio; son alabados, eso sí, pero se acogen con más gusto los dones magníficos. Por bárbaro que sea un rico, nunca deja de agradar. Hoy vivimos en el siglo de oro, al oro se tributan mil honras, y hasta el amor se consigue a fuerza de oro. Infeliz homero, si vinieses acompañado de las Musas y con las manos vacías, sería despedido ignominiosamente”.

    ¡Y esta maravilla se escribió poco antes de que Jesús anduviera por ahí echando parábolas!

    Pero antes de terminar, y revelar el nombre del magnífico clásico y el de su autor, el excelso poeta, no resisto el deseo de citar dos breves textos: Uno que constituye la más bella y elocuente defensa de uno de los más famosos (y comunes) adulterios de la historia (o la mitología), y el otro, una amable y objetiva invitación a la “liberalidad” femenina:

    “…el tiempo debilita los recuerdos, el ausente cae en el olvido, y otro nuevo amante viene a reemplazarlo. En la ausencia de Menelao, por no dormir sola, se entregó Helena a las ardientes caricias de su huésped. ¡Qué insensatez la tuya, Menelao, partir solo, y dejar bajo el mismo techo a tu esposa con un extranjero! ¡Imbécil, confías las palomas a las uñas del milano y entregas tu redil al lobo de los montes! No es culpable Helena ni su adúltero amante por hacer lo que tú, lo que otro cualquiera hubiese hecho en su lugar. Tú la indujiste al adulterio brindándole el sitio y la ocasión; ella es sólo responsable de seguir tus consejos. ¿Qué había de suceder, con el marido ausente, a su lado un amable extranjero, y temiendo dormir sola en el vacío lecho? Que Menelao piense lo que quiera, yo la absuelvo de responsabilidad; no pecó en aprovecharse de la complacencia de su marido”.

    Y el otro:

“Imitad, jóvenes mortales, el ejemplo de las diosas, y no neguéis los placeres que solicitan vuestros ardientes adoradores. Si os engañan, ¿qué perdéis? Todos vuestros atributos quedan incólumes, y en nada desmerecéis, aunque os arranquen mil condescendencias. El hierro y el pedernal se desgastan con el uso; aquella parte de vosotras resiste a todo y no tiene qué temer ningún daño. ¿Pierde una antorcha su luz por prestarla a otra?”.

    Publio Ovidio Nasón (43 a.C. – 17 d. C.), el autor. La obra, Ars Amandi o Ars Amatoria (El arte de amar), perteneciente a una trilogía de temática erótico-didáctica, junto con Remedia Amoris (Remedios de amor) y Medicamina faciei feminae (Cosméticos para el rostro femenino).

7 TRINOS

  1. Aquel cuya vida carece de grandes sueños y ambiciones jamás experimentará graves fracasos y frustraciones.
  2. Las dos tentaciones a las que ningún artista, poeta o escritor se puede resistir: la imitación y el halago.
  3. Muchos opinan que eso de sexo sin amor no pasa de ser una masturbación. No les crean, eso es pura paja.
  4. Es grato hablar con los amigos de la obra y la vida de los grandes poetas y escritores; pero nada comparable a hacerlo sobre las de aquellos poetastros y escritorzuelos conocidos.
  5. Habría aceptado la presidencia de cualquier país de mierda tan solo para haber tenido el honor de ser anfitrión de mis grandes artistas, escritores, deportistas y poetas.
  6. En cuanto al genio y el talento, en el 99.99 % de los casos, este es el refrán que aplica: ‘de tal palo, ni una astilla’.
  7. El amor eterno hay que jurarlo, no así el odio.

ADENDA:

El 8 de marzo no es el “Día de la mujer”, sino el “Día Internacional por los Derechos de la Mujer”, anteriormente llamado “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”.

Así que no debería ser un día para que las mujeres se vean abrumadas con estúpidos mensajes y tarjeticas, ni para que vayan por ahí todas encartadas portando una ridícula rosa en la mano, ni para hacer desesperantes (y desesperadas) filas en pensiones y moteles, sino para reclamar los derechos que aún se les escamotean; por ejemplo, aquí en Colombia, el derecho al servicio militar obligatorio: entre otros.

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