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UN ALERO, UN ABRAZO, UNA SONRISA

El miércoles 30 octubre, 2013 a las 5:19 pm
Gloria-Rodrigo

Gloria Cepeda – Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca

G: —Nunca he entendido ese tsunami tan arraigado en las más profundas cavernas del ser humano: “mi verdad es la única verdad”. Por eso no militaré nunca en ningún partido político ni me sentiré capaz de mirar por encima del hombro a quienes se descubren ante creencias religiosas diferentes a las que me inculcaron. Por eso ni critico ni comento los rumbos sexuales distintos a aquellos que constituyen elemento crucial de la costumbre sin que esta apreciación sea óbice para escuchar a diario los reportes de crímenes horrendos cometidos por los sexualmente aceptados por la hipocresía de una sociedad en perpetuo carnaval y me indignan por igual las trapacerías perpetradas por los «líderes» de ambas orillas. Eso no es cuestión de política, Rodrigo. Esto va más allá de la experiencia diaria y de eso tan antiguo y a veces criminal que llaman formación del ser humano. Confieso que digo a veces con acritud lo que veo sobre todo en ese terreno cenagoso de la política donde toda tropelía tiene cabida. Ni derechistas ni izquierdistas exacerbados representan brújula para este mundo tan lleno de dolor. ¿Quieres algo más lacerante que esa política de tierra arrasada donde con el eufemismo de «feminicidio», caballeros bien provistos de lecturas y hasta de dinero, profanan a diario lo más entrañable de las mujeres? La historia conocida de la humanidad hierve con episodios de crueldad ilímite ejercida por el más fuerte contra el más débil. Ahí van a años luz de nosotros los cuadrúpedos «irracionales». Todos deseamos de manera ferviente la paz, anhelo que responde a nuestra necesidad de supervivencia. Vamos tan desnudos en este camino lleno de acechanzas que necesitamos con desesperación un alero, un abrazo, una sonrisa, un padre proveedor. No quiero pecar de pesimista pero creo que la idea de la copa llena en igual medida para todos, riñe con esa parte rezagada de nuestras miserias. El día en que el tiempo (porque esto es un proceso más viejo que el universo) termine de construirnos, la paz, el respeto a la diferencia, en una palabra: el amor, serán con nosotros.

R: —La pretendida hegemonía del ser humano sobre el reino de este mundo ha dado origen a las más extrañas y aberrantes tropelías. Es la autodefensa que cada quien resalta para preservar su centro personal, el origen de toda discordia; la acentuación desmesurada del «sí mismo», que en el fondo no es nada y por eso se quiere afirmar a toda costa, para tener la sensación de ser algo; pero ser algo sólo inicia su luminosidad cuando el apresuramiento del ego da paso a la quietud del silencio y su dimensión sagrada; en ese estadio puede florecer una bondad que todo lo irradia con su fuerza. El ser humano es discordia en esencia, la forma múltiple de los despedazamientos del alma, un «ser» reclamado por sus múltiples yoes en conflicto perpetuo. Y desde allí iniciamos la plataforma de acciones-juicios-amores-odios… una esencia dispersa en direcciones múltiples, un ser fugándose de sí mismo en toda dirección posible. Son estas fuerzas centrífugas en continuo desorden lo que destruyen la unidad, una intimidad que pugna por reencontrarse consigo misma superando sus desacuerdos infinitos. Reencontrar el verdadero centro, el que deja de fugarse porque descansa en la unidad, es la vía para estructurar un conocimiento del propio ser, el único camino, creo, para restaurar nuestra arquitectura espiritual. El camino hacia los afueras es el dispersador de la inocencia, la pérdida del paraíso. Volver al centro es regresar a la mismidad perdida, eso que el destino nos niega todo el tiempo con sus exrañamientos. Pero ahí está el tropiezo; nadie subirá a este «Monte Carmelo» si primero no ha sido llamado por los ocultos albores del espíritu.

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