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Truman Capote

El viernes 2 octubre, 2015 a las 7:37 am
Felipe Solarte Nates

Por: Felipe Solarte Nates

Desde que vio caer su diminuto cuerpo como una plomada lanzada al vacío y desde la platea de invitados especiales a la “fiesta con corbata”, escuchó el traquear seco de su cuello al romperse, súbitamente frenado por la soga amarrada al brazo de la horca, su cuerpo se estremeció, como si hubiera sido él, el propio condenado y su destino cambió para siempre.

Nunca imaginó que su vida y estilo de escribir evolucionaría tanto, desde que recortó de la primera página del New York Times, la breve noticia que informaba sobre el cruel asesinato de la pareja y su hijo e hija adolescentes, de una próspera familia de granjeros de las fértiles llanuras de Kansas.

Desayuno en Tiffany's

Después del éxito en librerías y pantallas de su “Desayuno en el Tíffany’s”, protagonizado por Humprey Bodgard y John Huston, “que bebían como búfalos, en el bar del hotel”, y de ”Música para camaleones”, y con su afeminada voz chillona y cuerpo diminuto enfundado en costosas prendas de marca, pavonearse como una estrella, entre cocteles de pintores, escritores y snobs de New York, que celebraban a carcajada batiente su fino humor y el desparpajo de sus chistes irreverentes, decidió abordar un tema que hasta ese entonces era monopolio de los sensacionalistas diarios del “Ciudadano Kane”.

Nunca creyó que ese viaje en tren a Kansas, para conocer detalles del crimen, cuando aún no habían sepultado a las víctimas y no se tenía ninguna pista de los asesinos, daría un vuelco a su existencia a la literatura y hasta al periodismo.

Truman Capote

Ni el recorrido por la aislada casa de dos plantas en cuyo sótano y habitaciones todavía estaban frescos los charcos de sangre de las víctimas; ni su visita solitaria a la sala de velación donde contempló los horrores de la tragedia que no pudieron ocultar los maquilladores de la muerte; ni las repetidas conversaciones con los sabuesos a cargo de la investigación, lo impresionaron tanto, como cuando un año después de la masacre, conoció a los dos sindicados.

Al verlos entrar en prisión, sus ojos se fijaron en el diminuto Perry, con sangre india en sus venas, pero con algo de artista, que lo atrajo y llevó a ser su confidente, buscando sacarle detalles del crimen y de su vida y motivaciones.

Entonces se encontró con su espejo… hijos abandonados, dejados a la suerte de sus familiares que se los turnaban por relevos. “Descubrí que vivimos en la misma casa. Yo salí por la puerta delantera y él por detrás”, confesó.

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