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Toribío y Argelia ¡Qué miedo!

El jueves 11 abril, 2024 a las 12:09 pm
Toribío y Argelia ¡Qué miedo!
Alfonso J Luna Geller

Para uno como caucano, que conoce algo de la historia y geografía de este departamento, es muy triste, abrumador, desesperanzador y desmoralizador, tener que producir, leer y escuchar las deplorables noticias que día a día, desde hace muchos años, se originan en nuestros pueblos, desde Toribío, bien al norte, hasta Argelia, bien al sur; desde Belalcázar, al oriente, hasta el Pacífico, que baña a Guapi, Timbiquí y López de Micay en el occidente, pasando, obvio, por el centro, con su capital a la cabeza.

A los que nunca hemos renunciado a nuestras raíces y nos toca padecer cotidianamente este territorio, que es único en el concierto nacional, todavía nos quedan alientos para ilusionarnos con la posibilidad de nuevos escenarios de esplendor para los nietos. Sin embargo, sin perder el optimismo, somos muy cautelosos y precavidos porque nada extraordinario indica que nuestro futuro sea más esperanzador que el futuro perdido que consumieron otros optimistas cuando agotaron sus vidas ante la quimera.

Digo que este departamento es único en el concierto nacional, porque fue diseñado y erigido para que sus inmensas riquezas fueran sometidas a una insaciable explotación económica deshumanizada en perjuicio de sus habitantes naturales de todos los colores.

La considerable riqueza del Cauca, administrada y explotada por extraños empresarios, por criminales organizados en bandas armadas, o por personajes propios con nociones colonialistas preconcebidas, permitió, y permite, el enriquecimiento excluyente y la inversión y exportación subrepticia de inmensos capitales hacia otras regiones y el exterior, mientras se van forjando comunidades locales cada vez más pobres, atrasadas y sometidas.

La devastación social, económica y ambiental del Cauca no surgió de manera espontánea en una determinada época de su historia. Ha sido progresiva, deliberada, proyectada y moldeada por esa clase dirigente incapaz que, a pesar de su presunción histórica, debiera avergonzarse por la ineficacia, también legendaria, para lograr resultados benéficos de su gestión pública.

El Cauca debiera ser una entidad territorial privilegiada, si la historia que nos han transmitido fuera coherente con la realidad de hoy, y de siempre. Inclusive, su desarrollo debiera ser muy superior al de departamentos como Antioquia, Valle del Cauca, Santander, Boyacá, Cundinamarca o cualquiera otro.

La prosperidad debiera ser una consecuencia obvia, lógica: el Cauca es el único departamento que en la historia de Colombia ha engendrado 14 presidentes. Distinguidos personajes que ejercieron el Poder Ejecutivo en todos los sistemas de gobierno que ha tenido la nación, desde cuando esto se llamó Provincias Unidas de la Nueva Granada, luego, Gran Colombia, República de la Nueva Granada, República de la Confederación Granadina, Estados Unidos de Colombia, hasta cuando se organizó como República de Colombia; inclusive, hubo uno que ejerció la Presidencia en cuatro períodos diferentes.

Hoy volvemos a tener contundente facultad de decisión desde el Poder Ejecutivo. En el Gobierno del Cambio, están escribiendo más sobre nuestra historia otros distinguidos personajes: desde la Vicepresidencia de la República, una mujer caucana afrodescendiente que por primera vez alcanza semejantes alturas, y simultáneamente es ministra, de la Igualdad; un ministro del Interior, una directora de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización, un director para la Unidad de Restitución de Tierras Despojadas, un viceministro para los Pueblos étnicos y campesinos, y un virtual ejército de funcionarios en altos cargos y asesorías, y en mandos medios y de carrera administrativa, que mucho podrían aportar, si se lo proponen.

También tenemos potestad decisiva desde el Poder Legislativo, pues el Cauca cuenta con tres, o cuatro, senadores que dicen representarnos, junto con cinco representantes a la Cámara. Es más, en el sector privado son muchísimos los personajes caucanos que por sus competencias podrían impactar positivamente en el desarrollo de la región, como los directores de los principales diarios de Colombia (El Tiempo y La República), periodistas, investigadores, empresarios, etc.

Pero el Cauca no es una entidad territorial privilegiada, al contrario. Nos pasa lo mismo que a las grandes propiedades que habiendo sido espléndidas, cuando las dejan abandonadas, a su suerte, sin mantenimiento, se van convirtiendo en guaridas de hampones, focos de infección, contaminación e inseguridad, en antros donde prolifera toda clase de plagas, por más leyenda que hubieran acumulado.

A pesar de los ingeniosos relatos que conforman nuestra historia, es evidente que el departamento del Cauca quedó convertido en “zona roja”, con regiones explosivas y peligrosas donde no impera la ley, sino que se impone la tiranía de las armas, donde las autoridades legítimas, de hecho, cedieron toda clase de controles a quienes invadieron la propiedad abandonada, mientras las comunidades entrampadas, tuvieron que acostumbrarse y someterse a quienes las suplantaron.

No sé por qué, pero presiento, me huele, que la “ausencia del Estado” en el Cauca es un mito y más bien parece ser una estrategia conciliada, en la medida en que me parece que hace parte de un conjunto de prácticas deliberadas que han sido puestas en marcha de forma sistemática. Mejor dicho, conjeturo que algunas autoridades legítimas se hacen las de la vista gorda para convertirse en beneficiarias pasivas de los negocios ilegales, y sospecho que en muchos casos han orquestado y regulado actividades delictivas.

Yo fui oficial del Ejército, claro, en el siglo pasado, y por esa razón no he podido concebir que quienes políticamente comandan las instituciones armadas legales, equipadas, capacitadas, permanentes, superiores en hombres, armamento, apoyo cívico y poder de dominación, como son las Fuerzas Militares y de Policía, no sean capaces de garantizar la integridad del territorio y el orden constitucional en ciertas regiones del departamento del Cauca, y hayan permitido que sean los delincuentes quienes asuman el control territorial, social y político en esas áreas.

Esa falta de poder soberano oficial, condujo a que algunas de nuestras regiones se convirtieran en zonas de tolerancia donde es posible toda clase de actividades criminales y se hace necesario un “pasaporte especial” para poder ingresar y salir de ellas.

Eso ocurre especialmente en los enclaves cocaleros, que ocupan, calculo yo, las dos terceras partes del territorio. Por ejemplo, en el Cañón del río San Juan del Micay que conecta, de oriente a occidente, a Popayán-El Tambo-El Plateado (Argelia) con Belén Guapi, y en el Cañón del río Naya, que conecta a Toribío – Santander de Quilichao, Cali, Jamundí, Timba, El Naya – Puerto Merizalde.

Son autopistas naturales perfectas para el narcotráfico que desembocan en el océano Pacífico, desde donde parten lanchas y semisumergibles con droga para el Mundo.

Y como son las dos rutas más productivas de tráfico de cocaína, armas y oro, producto de la minería ilegal, entonces las estructuras armadas ilegales que se disputan el control territorial, decidieron, desde hace varios años construir las carreteras que no pudo, o no quiso – o las dos cosas – hacer el Estado.

Por eso es que a los que trajinamos a diario estos territorios nos estigmatizan: por allá todos son guerrilleros y bandidos, dicen; no obstante, cuando no quieren ofendernos, entonces, nos saludan como si apenas fuéramos sobrevivientes. Casi nadie mira nuestra verdadera condición: víctimas auténticas de la clase dirigente doméstica que anda en otro paseo, distinto al de sus electores.

Pero no todos están en lucha por el poder del más fuerte, al contrario, en el territorio quedan los caucanos autóctonos, sometidos, campesinos a los que volvieron cocaleros, raspachines recolectores, lancheros del Pacífico y quienes sobreviven con trabajos que muchas veces no les significa ni el valor de un salario mínimo mensual. Constituyen las mayorías de la población, que es el eslabón más vulnerable del negocio de la cocaína, viven viendo pasar por su lado las riquezas económicas que producen, pero en una crisis humanitaria permanente.

El Cauca y la Región del Pacífico son un desafío, y no solo para los caucanos. Lo es, principalmente, para el Gobierno Nacional, para los que teniendo poder en el Ejecutivo, y en el Legislativo, están obligados a escribir la nueva historia, ojalá la del restablecimiento del Estado de Derecho. Pero este compromiso debe acompañarse con políticas que fomenten el desarrollo económico sostenible en la región, mediante el llamamiento a la comunidad para la toma de decisiones y en la implementación de soluciones para los problemas locales.

También se deben fortalecer los mecanismos de participación ciudadana y promover el empoderamiento de las comunidades locales para que sean parte activa en la construcción de un futuro mejor para el departamento, para eso deben utilizarse los medios locales y regionales, que tienen comunicación permanente y eficaz con las comunidades.

En fin, estamos muy retardados para poner en ejecución un plan integral para la recuperación del departamento del Cauca, que se enfoque en abordar las causas profundas de los problemas que enfrenta la región y garantice un futuro digno, esperanzador.

Lo ideal sería que no volvamos a escuchar la indignante frase “Toribío, Argelia ¡Qué miedo!”.

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