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Domingo, 22 de septiembre de 2019. Última actualización: Hoy

Tomad, comed y bebed

El lunes 22 abril, 2019 a las 2:47 pm

Tomad, comed y bebed

Por Elkin Quintero

Hoy Jesús ve la insuficiencia de su conocimiento, toma de sobre el mantel los panes, los bendice, los parte y, en el acto de dar un bocado a cada uno, pone ante los ojos de ellos la verdad y en ese simple acto de amor instituye el misterio más grande de la cristiandad. Jesús no volverá, tan pronto como creen algunos. Su segunda venida tardará al punto, que muchos podrían llegar a olvidarse de él, de su pasión y de su muerte; al punto de desvirtuar su legado. Valga hoy Jueves Santo preguntar ¿qué hacemos en su memoria?

Todos por distintas razones hemos ignorado que la fracción del pan en la mesa era la señal de la nueva fraternidad, este pan será el alimento necesario para las almas, y de esta suerte se verificará su promesa de estar con nosotros todos los días hasta la consumación de los siglos.

Su sangre no ha caído todavía en tierra, mezclada con el sudor, bajo los Olivos, y no ha goteado de los clavos en la cumbre del Gólgota. Mas su deseo de dar vida con su vida, de comprar con su padecer todo el dolor del mundo, de transmitir parte al menos de su substancia a sus herederos inmediatos, este deseo de donarse todo entero a los que ama es de tal manera fuerte que, desde luego, supone terminada la inmolación y posible el don. Si el pan es el cuerpo, la sangre es, en cierto sentido, el alma. Pero después de un experimento de siglos, Dios había anunciado, por la voz de los Profetas, que la Antigua Alianza había caducado y que ya era necesaria una nueva.

La sangre de los animales, esparcida sobre las cabezas obstinadas y sobre los rostros blasfemadores había perdido su virtud. Otra sangre, de más noble y preciosa naturaleza, era menester para la Alianza nueva: para la última Alianza del Padre con la estirpe perjura. De muchas y diferentes maneras había tratado de empujar a los primogénitos hacia la puerta estrecha de la salvación. La lluvia de fuego encima de Sodoma, el lavado en el agua del diluvio, la esclavitud en Egipto, el hambre del Desierto los había aterrado sin reformarlos. Ahora ha venido un libertador más divino, y a la vez más humano que el viejo caudillo del Éxodo. También Moisés salva a un pueblo, habla en el monte, anuncia una tierra de promisión. Pero Jesús no salva solamente a su pueblo, sino a todos los pueblos; y no escribe su Ley en la piedra, sino en los corazones; y su Tierra Prometida no es una tierra de pastos abundantes y de vides de grandes racimos, pero sí un Reino de santidad y de eterna alegría.

No solamente por los doce que están allí: ellos representan, a sus ojos, toda la humanidad que vive en aquel tiempo y la que debe nacer. La sangre que derramará, mañana, sobre la colina del calvario, es sangre verdadera, sangre pura y ardiente, que se coagulará en manchas que todas las lágrimas cristianas no serán capaces de borrar jamás. Pero esa sangre, que es figura de su alma, que todas se ha ofrecido y abandonado para hacer semejantes a ella las almas encerradas en los cuerpos de los hombres; que se ha dado a los que la han pedido y a los que han huido de ella; que ha padecido por los que la han recibido y por los que la han maldecido.

Ulises aconsejaba a Aquiles que hiciera dar a los aqueos, antes de la batalla, «pan y vino, pues aquí está la fuerza y el valor». Para el griego la fuerza de los miembros está en el pan y el valor homicida en el vino. El vino debe embriagar a los hombres para que se destruyan entre sí y el pan debe vigorizar los brazos para que puedan destruir sin cansarse. El pan que da Jesús NO distribuye ni refuerza la carne, sino que la calma y su vino produce aquella sublime embriaguez que es el amor, aquel amor que el Apóstol llamara, con escándalo de los descendientes de Ulises, «la locura de la cruz».

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