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Tolstoi y mi pubertad

El jueves 11 septiembre, 2014 a las 1:24 pm
Diogenes_Diaz_Carabal_

Diógenes Díaz Carabalí

El pasado 9 de septiembre, si viviera (perdón por el optimismo, pero me parece que vive), León Tolstoi habría celebrado su cumpleaños 186, que parece un montón de años, pero para un hombre de tamaña dimensión es hálito que persiste, con el tono mayor impreso a su vida desde la escritura, creando y visionando un universo majestuoso, imperfecto, hasta intrascendente, para su gloria y la gloria humana.

Un nategueño, Nelson Cerquera (tal vez él lo haya olvidado), me prestó ‘Guerra y Paz’ cuando apenas salía del 14 año de mi existencia. Por ese tiempo, un profesor pastuso, Pinchao, se apellidaba, me increpó, sin saberlo, sobre porque leí cosas que no entendía. Había visto en mis manos los paneludos tomos de Tolstoi, además de las revistas promisorias de cuando este país era serio: Eco y Mito; que llegaban a mis manos por oscuros conductos cuando mi hermana Marcela, muchacha del servicio en Bogotá, de la casa de Felio Andrade, me las hacía llegar, de pronto recogidas del cesto de la basura. Además, cuando El Tiempo se podía leer; El Espectador creó mi afición por las letras con su magazín; y Diario del Huila publicaba trascendencias, no respuestas a intereses electorales.

Guerra y Paz - Tolstoi

Fue apasionante mi amistad con Tolstoi. Leí y releí ‘Guerra y Paz’ como si se tratara de una larga carta que el autor me dirigía. Contaba hechos, uno tras otro, amores, caprichos, irresponsabilidades, sueños, añoranzas, descuidos, despreocupaciones. Es decir, contaba las pasiones humanas, en el lugar donde mejor se conjugan: ¡En la guerra! Allí donde la lealtad se hace valor, donde la prevención constituye un cuidado, donde el arrojo es sello de valentía. Y sin escrúpulo el autor tomaba posición, se metía en la obra, interrumpía con reflexiones, tomaba partido, era un actor vivo para plantear acuerdos y desacuerdos, con la habilidad del esgrimista que no se deja notar en el combate sino cuando hiere: ¡Tolstoi no era importante en la obra! A esa posición tienen pavor los escritores posteriores.

Tiempo después me parecía sumamente gracioso cuando mis hijas, leyendo “Recuerdos”, con sonoridad pronunciaban el nombre de los protagonistas: Ivanovitch, Kiriunchka, Liubotchka; como si provinieran de una cajita musical, para convertir a Tolstoi en el autor de la familia, sumando Anna Karenina, Los Kosacos, Relatos de Sebastópol, el ensayo obligado de quien aspira a convertirse en escritor ¿Qué es el arte?, y tantas otras que han pasado por mis manos por modalidad de compra en agaches, por préstamo sin devolución, por hurto descuidado, o con el artificio de sacrificar unos cuantos productos del mercado mensual de la casa.

Tolstoi marca y da fe. La minuciosa relación con el arte, el tejido perfecto de la sábana impecable, la sonoridad de una larga epopeya cantada desde el balcón de los oídos, el flujo constante y redondo de los acontecimientos son cualidades vitales de la obra de Tolstoi. Con la maestría intrínseca para colorear paisajes, y personas, sin permitirse que los detalles queden al azar, permiten poner a Tolstoi enmarcado entre el colash de los grandes, y sin duda allí pervive y se destaca. El problema fundamental con Tolstoi es abordarlo, porque después de que te aventures en sus páginas, te lleva de la mano y surge la fidelidad que conservo, aunque hayan pasado varias décadas desde cuando me senté en un taburete de cuero, frente a una mesa chorreada de parafina, para devorarlo.

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