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Terrorismo de izquierda, de derecha y de Estado

El martes 30 junio, 2015 a las 3:44 pm
Jair Villano - Foto - Francisco García

Por Jaír Villano @VillanoJair

La Real Academia Española define el terrorismo de esta manera: “sucesión de actos violentos ejecutados para infundir terror”. Los habitantes de Tumaco, Buenaventura, Puerto Asís, y en general todas esas poblaciones víctimas de los más recientes ecocidios perpetrados por Las Farc, saben lo que es el terror. Quedarse sin agua, sin luz, y con el agravante de que en cualquier momento se puede presentar un ataque guerrillero, es suficiente para perder el sosiego. Es evidente, que los más recientes arremetimientos de esta guerrilla corresponden a actos terroristas. Las Farc no pueden hablar de los efectos colaterales de la guerra, empezando porque aquí no hay guerra: hay un conflicto de una minoría disidente que lleva 48 años creyendo que llegará al poder por las armas. Al parecer, los años en la selva los ha llevado a reflexionar y por eso hoy una delegación de este grupo insurgente adelanta conversaciones con representantes del gobierno,  ¿el fin? Por un lado, erradicar las circunstancias que suscitaron el levantamiento en armas, y con ello lograr que estos disidentes se reintegren a la vida civil. Parece fácil, pero no lo es. Ciertamente, dentro de las múltiples causas que llevaron a que ese grupo liderado por Pedro Antonio Marín se alzara en armas, el problema del acceso a la tierra por parte de los campesinos fue la razón más determinante. Desde el gobierno del liberal López Pumarejo se ha intentado implementar un reformar rural en función de dotar de tierra a la población más necesitada del campo, pero por diversas razones, entre ellas la mezquindad de las élites regionales, estos proyectos fracasan; otro caso célebre –y que quizá hubiera evitado la expansión de lo que para ese entonces era una minúscula insurgencia– es la reforma que quiso adelantar Carlos Lleras Restrepo (1966), que creó la Unidad Agrícola Familiar (UAF) (Hoy objeto de polémica por los beneficios que los dueño del capital sacan de esta), no obstante el proyecto que contemplaba darle la mano al pequeño campesino fue torpedeado en el gobierno de Misael Pastrana (1971), con el famoso ‘Pacto de Chicoral’, un pacto entre terratenientes.

Ahora bien, la clave de esto es cuestionarse ¿qué es lo que no permite que este tipo de proyectos prosperen? Aquí viene entonces la otra clase de terrorismo, esto es el terrorismo de extrema derecha, pues como harto se sabe la consolidación de la guerrilla en algunos territorios y su terrorismo en algunas poblaciones fue detonante para que las personas pudientes del campo crearan grupos de auto defensa civil. La creación de dichos grupos fueron en realidad producto de una simbiosis entre la ausencia histórica del Estado, los intereses de élites mafiosas, las élites locales y digamos que el campesino, minero o ganadero de a pie, que viene siendo el último en la escala de víctimas porque es quien menos poder de maniobra tiene. Con la excusa de luchar contra la insurgencia, y con un Estado incapaz de brindar seguridad, se cometieron una pléyade de masacres en las que no se discriminó entre niños y ancianos. Estos grupos, que solían contar con la aquiescencia del Ejército Nacional, también infundieron terror a lo largo y ancho del territorio, y al igual que los alzados en armadas de izquierda, quisieron avanzar en un proyecto político, “una refundación de la patria”. Incluso se podría decir que a la extrema derecha le ha ido mejor que a la arrinconada izquierda, pues la parapolítica fue fenómeno que, a pesar del escándalo, hoy sigue presente y con nebulosas curules en el Congreso.

Lo más impresionante de todo, es que falta una clase de terrorismo: el terrorismo de Estado. El más reciente informe de Human Rights Watch advierte que las ejecuciones extrajudiciales (2002-2008) no eran casos en los que un militar asesinaba a un campesino, lo reportaba como guerrillero y listo. Se trataba de una serie de presuntos errores sistemáticos que involucran altos mandos de las Fuerzas Armadas que hoy siguen como si nada. Pero además, de una política equivocada de quien fuera ministro de Defensa y por consiguiente también de su superior: es decir el jefe de Estado.

Claro, si Pablo Escobar tenía para pagar por policía muerto, cómo el Estado no iba a tener la capacidad de pagar –un millón de pesos– por guerrillero dado de baja. No era gratis que por cada ataque de las Farc el energúmeno Uribe respondiera con más muertos. Esa desesperación por responderle al enemigo condujo a que civiles que nada tenían que ver en el conflicto fueran presentados como malvados guerrilleros. Eso y la inoperancia de la clase dirigente reflejada en la desigualdad social, el desastre medio-ambiental, el problema del sistema en los centros de salud, la educación a medias, el desprestigio unánime de las ramas de poder público, las instituciones estatales, todo eso, causa terror. Y, si a eso añadimos el vacío estatal como cómplice de la creación de los grupos que hoy generan miedo, la cosa empeora.

Terrorismo de izquierda, terrorismo de derecha y, quién lo diría, terrorismo de Estado.

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