Miércoles, 7 de diciembre de 2022. Última actualización: Hoy

Te invito a comer mañana

El martes 25 mayo, 2021 a las 9:58 am
Imagen cortesía de: https://cutt.ly/one45CC

Oye, si tienes tiempo… Te invito a comer mañana, ¿vale?

Jorge A Ruiz M

Eso fue lo que le dijo Simón a Valeria. Habían quedado flechados, luego de haberse furtivamente cruzado un par de veces en el resort en el que se encontraban. Resort, centro vacacional, hotel todo incluido, llámenlo como quieran. El hecho es que eran unas cabañas en Tayrona. Valeria andaba con su familia en un plan de días compartidos, era soltera y disponía de unos cuantos días de vacaciones; lo que más quería era broncearse, trotar, lucir un vestido de baño que había comprado en OndadeMar y acabarse Sira, el nuevo libro de María Dueñas, el cual por cierto es la continuación de El Tiempo entre Costuras.

Simón Valladolid era un catalán muy apuesto. Había nacido en Tarrasa, una ciudad pequeña a media hora de Barcelona. Su contextura era hermosa, tenía mentón cuadrado, venía bronceado por naturaleza y andaba de paseo por Tayrona, ahí cerca a Santa Marta, acababa de separarse de su esposa y andaba viajando por Colombia. Ya había conocido Cartagena, había ido a la Guajira en excursión vía terrestre y antes de devolverse a Cataluña iba a pasar dos días en este hermoso resort todo incluido. Solo quería despejarse de todo, oír música y acabar de escribir su libro, un ansiado libro que llevaba escribiendo desde 2017. Nunca imaginó conocer a Valeria y quedar tan flechado. Se vieron una noche en el Bar, otro día en la piscina y otro día se encontraron durante una cata de vinos y aceites de oliva que la administración había organizado. 

Era verdad lo que le dijeron, que las colombianas son hermosas e interesantes. Cruzaron palabras, se miraron, ella descorría su mirada al son de un jazz, él trataba de acariciar su pelo, acomodándoselo debido al fuerte viento. Ese tercer día de múltiples vistas y coqueteos pusieron mambo, ellos ni cortos ni perezosos bailaron y cuando ya ella iba a besarlo en la boca, con la efervescencia de un Aperol Spritz frío, muy frío, más bien se contuvo. Le dijo:

-Eres hermoso, aunque vamos muy rápido- sí, eso le dijo Valeria.
-No te preocupes, Valeria, quiero que esto sea mágico, aún estaré otros días, te invito más bien a comer mañana, solo tú y yo, ¿te gustaría? hoy hay mucho ruido- le dijo Simón.
-Vale, veámonos aquí mañana para comer, descansa Simón- le dijo ella, dándole un leve beso en la mejilla, sonriendo y despidiéndose, no sin antes dar un par de saltos de emoción propios de una mujer de su edad, una bella mujer surcando los treinta abriles.

Al otro día ella, muy puntual, a las 7:30 p.m. en la noche, se sentó en la sala de espera del restaurante italiano. Pero él nunca llegó. Valeria le dio una espera de una hora, hasta las 8:30pm. Él nunca llegó. Ella lloró mucho, fue a pasear por el malecón, tomó una cerveza, su corazón se marchitó y desde ahí su vida cambió de matiz. Ella quedó muy triste, nunca volvió a ser la misma, ella juraba que ahí había amor. Qué desilusión.

Ese mismo día, muy puntual a la 1:00 p.m., en la tarde, Simón había llegado a la misma sala de espera del restaurante italiano. Estaba con mucha hambre, la piscina y el calor hacen dar mucha hambre, él tenía pensado pedir los raviolis con pesto, la especialidad de la casa. Pero ella nunca llegó, nunca. Simón le dio una hora de espera, hasta las 2pm, pero ella nunca apareció. ¿Qué podía haber pasado? Él sentía que había un renacer en su vida amorosa, él imaginaba que Dios le tenía guardada la posibilidad de enamorarse nuevamente, él no lo podía creer, alcanzó a soltar una lágrima, fue al baño, se miró al espejo. ¿porqué ella le había quedado mal? Desde ahí él quedó con un sinsabor, nunca volvió a ser el mismo, siempre hubiera querido averiguar porqué ella frenó todo. Nunca lo supo, a los dos días hubo de devolverse a Cataluña. Los trabajadores del hotel tenían prohibido dar información de sus clientes.

Qué tristeza, otra relación amorosa que no pudo ser. Un amor que no pudo darse, que no floreció.
Solo porque para los españoles «comer» equivale a almorzar y para los colombianos equivale a cenar. El idioma los separó.

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Gabriel Bustamante Peña
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