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Domingo, 9 de mayo de 2021. Última actualización: Hoy

Sucedió antes de la pandemia

El martes 12 enero, 2021 a las 5:37 pm
Sucedió antes de la pandemia
Elvio Cáceres

Sucedió antes de la pandemia

Sucedió antes de la pandemia

Con ocasión de la muerte del negro Wilson en las calles de Popayán, voy a relatar una anécdota ocurrida con otro negro querido, el poeta Elvio Cáceres, gran amigo, coterráneo de mi barrio Alfonso López. «Sucedió antes de la pandemia» (como me imagino que de ahora en adelante se va a decir durante mucho tiempo), y la comparto con ustedes.

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Sucedió antes de la pandemia

Sucede que por internet conocí a un profesor de literatura cubano que vino a la ciudad de Popayán a participar en un encuentro latinoamericano de literatura. El me escribió por el correo electrónico y me dijo que quería conversar un rato conmigo. Ya había terminado el seminario y quería salir un rato a conocer algo de este entorno citadino.

Caminamos por el centro histórico de la ciudad y lo invité al Café Colombia, antes de que se convirtiera en un casino, para que nos tomáramos un aguardiente caucano y calentar la sangre y la conversación. Él, un profesor cubano, antillano, caribeño y de espíritu abierto, aceptó de buena gana.

Estábamos en una animada charla cuando apareció el amigo Elvio Cáceres. Para quienes no lo conocen es un negro alto, de buen talante, alegre y cariñoso, vendedor ambulante y poeta de altos quilates, que recorre las calles de día y de noche vendiendo toda clase cachivaches para poder sobrevivir, frecuentando bares y cantinas, y de vez en cuando se clava entre pecho y espalda sus buenos aguardientes y rones.

Elvio ha publicado varios libros de poemas y, es para mí uno de los mejores poetas que conozco, aunque no soy experto en el tema. Debo reconocer que algunos intelectuales y profesores payaneses valoran su trabajo literario, lo apoyan y le han colaborado para sus publicaciones. En alguna ocasión que con algunos jóvenes organizamos un evento de lectura de poemas en el auditorio que existe donde estaba la antigua piscina de Pueblito Patojo, que contó con la presencia de William Ospina, invité a Elvio a que nos acompañara, y de verdad que se lució con su arte poético y brilló al lado del invitado principal. Nuestro poeta negro y callejero estaba feliz y por poco «se sale de la ropa».

Volviendo al momento con el profesor cubano, Elvio también se tomó algunos tragos y, en medio del entusiasmo espirituoso provocado por el licor, lo estimulé a que le declamara algunos de sus poemas a mi amigo venido de Cuba. Lo hizo de inmediato con mucho entusiasmo y con su virtuosismo conocido, dejándole una buena impresión al profesor de literatura, quien conmocionado porque un extraordinario poeta tuviera que ganarse la vida como vendedor ambulante, le dijo a Elvio lo siguiente:

– Hombre compañero, si vivieras en Cuba el gobierno te patrocinaría y podrías dedicar tu vida a producir más literatura y arte, y seguramente publicarías mucho más.

Y remató, después de una breve pausa, seguramente entusiasmado por los aguardientes y por el momento que estaba pasando,  diciendo:

– Si tú quieres, ahora que regrese puedo hacer trámites ante el gobierno y mi universidad para ver la posibilidad de que viajaras y te instalaras en nuestro país. ¡Sé que es posible!

Al escuchar estas palabras a Elvio le brillaron los ojos de felicidad, alguna lágrima alcanzó a aparecer, mostró esa sonrisa amplia y sincera que siempre porta, se tomó su buen tiempo, y luego miró al profesor con cierta tristeza y algo de ironía. Finalmente le respondió así:

–  ¡Ah! ¡Qué bueno fuera! Muchas gracias profesor por ese ofrecimiento, pero no puedo siquiera considerar su oferta. Si lo aceptara y me fuera para Cuba… ¿cómo podría seguir haciendo poesía?

El profesor quedó más maravillado con esa respuesta que con la misma poesía de Elvio. Cada vez que me escribe me pregunta por él. Recuerdo que alguna mercadería le compró a nuestro vendedor ambulante, pero sé que el solo ofrecimiento ha sido uno de los mejores premios que ha recibido en su vida mi querido amigo poeta negro y payanés.

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Fernando Dorado G.
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