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SOR JOSEFA DEL CASTILLO

El lunes 16 noviembre, 2015 a las 2:14 pm
Rodrigo Valencia Quijano

Rodrigo Valencia Q ©

Sor Francisca Josefa de la Concepción, que también era del Castillo, pero sobre todo del «castillo interior», como Santa Teresa de Jesús, de quien no desmerece en absolutamente nada su estilo, nació y vivió en Tunja entre 1671 y 1742. Dedicada a su celda e íntima renuncia a lo mundano, le tocó enfrentar la burla y oposición de sus semejantes y compañeras del Convento de Santa Clara la Real, como le sucedió también a la famosa santa de Ávila, y al igual que ella, escribió su obra capital, Afectos Espirituales, por mandato de su confesor, el padre Francisco de Herrera, logrando así, para la posteridad, una hermosa y profunda obra literaria y mística, donde uno se puede abismar en el solaz de las miradas secretas, interiores, ascensionales, iluminativos toques de gracia del Santo Espíritu.

Sorprende que una mística de tan alto vuelo existiese en Tunja, en época de la colonia (¿quizá la única en nuestra tierra?); sorprende también que la iglesia católica no haya publicado su exquisita obra (al menos que yo sepa); y sorprende mucho más que no haya adornado su nombre con el ribete del santoral «oficial». Pero digamos que a un místico genuino, como Sor Josefa, lo que menos le interesaría es que se la reconozca en pláticas devocionales, que se la evoque como santa, y menos aún, que se le soliciten milagros por los que tanto se afana la conciencia religiosa vulgar.

Sor josefa

Los dos tomos de sus «Afectos Espirituales», publicados afortunadamente por la Biblioteca de Autores Colombianos, con auspicio del Ministerio de Educación Nacional, bajo la dirección de la revista «Bolívar» en Bogotá, en 1956, me han acompañado últimamente en este viaje donde la tierra deja de ser el rastro y eje gravitacional único de la «realidad».

Sor Josefa del Castillo, prácticamente sola y desconocida, se educó a sí misma en los secretos del ascenso místico; tocó las flores del jardín devoto; subió el camino y se estableció en Sión, allí donde sólo el Divino eleva la mirada a lo Inefable de la contemplación que no declina nunca. Su sabiduría o gnosis religiosa es, a no dudar, privilegio elegido de los pocos. RVQ

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