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EL SONIDO DE LA POESÍA

El martes 4 julio, 2017 a las 5:41 pm

Rubén Darío 1867-1916

Las creaciones del humano tienen su sello. Parece que al salir de su mano llevaran en su seno parte del aura de quien las creó. No solo en su interior queda impreso su espíritu. Al caminar por el éter dejan ver la huella que sobre su piel y aliento quedó para siempre impresa.

La Poesía, ese conjunto de sentimientos e imágenes evocadoras que hay dentro de palabras y versos en un poema que salieron de la mente de una deidad terrena. Porque solo la divinidad tiene el don de crear nuevas figuras y mundos. Y la Poesía no son solo las palabras escritas. Lo es también la música que hay en ellas.

Cuando se pronuncia un verso se oye el palpitar de unas alas, empieza a oírse alrededor de la boca de quien lo lee una sinfonía, un oratorio de Haendel o un coro de voces como de los Niños de Viena. Es un susurro, es solo su eco. Sale volando de la unión de las palabras cuando se pronuncian y se expanden sobre quien oye el poema.

El poeta sabe, cuando escoge las palabras, que cada una tiene un timbre, una melodía. Será tímido como el cervatillo que come los cogollos o fuerte como rugido de león o lento y fresco como la lluvia en primavera. Las va tomando en sus versos hasta formar con ellas un himno, una redondilla, una oda o una elegía. Como el juglar que toma su avena y sopla según donde sus dedos permitan salir su aliento para que salga la tonada.

¿Son alas las que suenan? ¿Son azucenas que tiemblan? ¿Son trinos de ruiseñor o arrullo de paloma en la madrugada? ¿Son lamentos del enamorado que llora la ausencia de la mujer amada? ¿Es el rumor del agua que serpentea por el valle? ¿Es un coro de ángeles que canta Panis angelicus? o ¿Es que canta Beethoven con la orquesta su 9a. Sinfonía?

Así de sublime y sonoro es el rumor de la poesía cuando alguien la concibe y la recita él mismo o quien la interpreta. La música dormita entre las palabras de un poema. El poeta la depositó allí una noche, como lo hizo Silva cuando escribió su Nocturno o Rubén Darío cuando entonó La copa de las hadas o como lo hizo Virgilio cuando tomó la avena y describió a Títiro y Melibeo en su 1a. égloga.

Sin musicalidad interna no puede haber poesía. Es la piedra de toque de un buen poema. Si no hay música no hay poesía. La música le da cuerpo a las palabras. Las pone a bailar, a llorar, a entonar una balada o una sonatina. Desde que empieza el poema se oyen los clarines en la Marcha Triunfal  o desde el primer verso se escucha la queja de la tristeza de la Sonatina. O se oye la sorna y burla del desafortunado portador de una nariz monumental.

Bien lo expresa Horacio en su Carta a los Pisones: «El arte celebrará con grandiosidad por igual la rabia, la muerte, la crueldad, la pasión o la dulzura, la ternura, el amor, el gracejo o el sarcasmo.»

30-06-17                                             11:01 a.m.

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