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Miércoles, 10 de agosto de 2022. Última actualización: Hoy

Sobre la sabiduría y la ira

El jueves 28 julio, 2022 a las 9:42 am
Sobre la sabiduría y la ira
Foto: El Mundo

Sobre la sabiduría y la ira

Donaldo Mendoza
Sobre la sabiduría y la ira.

Esta conversación con Séneca la cierro con dos de sus «diálogos»: Sobre la firmeza del sabio y Sobre la ira, antónimos en su esencia.

Basta recordar una de las tantas anécdotas que se cuentan de Sócrates: alguna vez un esclavo lo sacó de quicio, pero el sabio se abstuvo de castigar al infractor, hasta que llegó a la casa un amigo y le pidió que lo hiciera. De esa forma el sabio se salvó a sí mismo de proceder movido por el dictado de la más ciega de las pasiones.

El sabio, entonces, debe mostrarse prudente y demostrar buen juico. El sabio es la crema de la sensatez, por eso la lucidez de su discernimiento y su madurez en la toma de decisiones. Estamos llevados a pensar que el sabio nace, pero también a aceptar que esa génesis no es suficiente. Debe robustecerse de saberes; de hecho, si me preguntan qué he advertido en Séneca sobre esta virtud, les diré: poseía conocimientos amplios y profundos adquiridos a través de la observación, la indagación, la lectura y el estudio; estudiar era su oficio de cabecera. Y un atributo que ya anticipa la inmortalidad de su obra: el estilo. El decir y el cómo decirlo, que lo hace original. Lo decía Confucio: «Lo que quiere el sabio lo busca en sí mismo; el vulgo, lo busca en los demás».

Una linfa recorre el espíritu del sabio: la humildad. Plenamente consciente de sus carencias, su mantra es: «Sé cómo el bambú que, cuanto más alto crece, más se inclina». El fracaso no es un extraño en la vida del sabio; tiene claro que sin fracaso no hay aprendizaje, condición sine qua non para cambiar.

El sabio es consciente de que es más lo que ignora que lo que sabe. De momento no recuerdo el autor, pero sí esta frase: «No creo en ningún sabio hasta que lo he oído decir tres veces: ‘lo dudo’, y dos veces: ‘no lo sé’».

A la ira da paso Séneca con este conjuro: “El sabio está a salvo y no puede verse afectado por el ultraje o la ofensa”. «Pasión del alma» ha llamado la tradición lexical la ira. Se manifiesta de diferentes formas, y es mensajera, por ejemplo, de la venganza y el odio. Aristóteles la definió en una bella metáfora: «La ira es el deseo de devolver el dolor». Y los sabios, nos dice Séneca, la han significado como una “locura transitoria”. La ira es la ausencia absoluta de discernimiento. Y precisa Séneca: “Si escucha a la razón y sigue por donde la conduce, ya no es ira, cuya característica es la obstinación”.

Sobre la ira, en cuanto antítesis de la prudencia, Séneca nos recuerda que no es sensato odiar o burlarse de los que se equivocan: “de otra forma, se tendría odio a sí mismo”. Fíjense lo oportuno de este tópico ahora con el doloroso conflicto que golpea a Ucrania, sin duda que ayuda a entender el proceder de Vladimir Putin: “Que me odien, con tal de que me tengan miedo”. Pensaba Séneca en Calígula cuando puso esa frase en su diálogo. Amén de que es la filosofía de todo tirano.

Séneca resume esta oscura pasión en una máxima: “La razón quiere dictar sentencias que sean justas: la ira quiere que parezcan justas las sentencias que ha dictado”. Y aprovechando cuánto se abusa hoy de una expresión, les sugiero, para cerrar: No se irriten ‘demasiado’.

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