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Sobre el lugar de nacimiento

El miércoles 22 noviembre, 2023 a las 4:59 pm
Sobre el lugar de nacimiento
Sobre el lugar de nacimiento
Créditos: La República EC

En el caso de Homero: “Varias ciudades griegas se disputaban el honor de ser la cuna: Esmirna, Pilos, Colofón, Quíos, Argos y Atenas. La ciudad que más probabilidad tiene es Quíos, donde debió nacer el poeta en el Siglo X antes de C. La tradición señala, también a Quíos, como el lugar donde compuso sus dos grandes poemas: La Ilíada y la Odisea. Es probable que antes de perder la vista navegase por el Mediterráneo oriental…”  Entonces me pregunté por el lugar en el que he nacido y, luego en un mapa ubiqué el pueblo o ciudad donde probablemente vi la luz por primera vez.  Señalé tres ciudades: Comala, Macondo y Santa María. Un lugar muy ardiente es Comala, habitado por los muertos que, padecen el dolor de la vida, bajo la mirada del difunto Pedro Páramo. Nunca podré ir o sí al final de mis días a ser un ánima más. Pero como las dudas no faltan y, como mi madre muerta nunca me contó donde había nacido, considero que la patria, “donde di los primeros pasos” fue Macondo. Con cierta nostalgia considero que nunca podría ir allí, dado que el pueblo desapareció por el estropicio de un huracán, no dejando rastro ninguno. El recuerdo es borroso, dada la peste del olvido, las interminables guerras civiles y las transnacionales. Más mis sospechas me llevan a Santa María, aquella ciudad imaginaria, entre Montevideo, Asunción y Buenos Aires, de la cual permanece en la memoria el Astillero. “No había nada más, desde siempre y para la eternidad, que el ángulo altísimo del techo, las costras de orín, toneladas de hierro, la ceguera de los yuyos creciendo y enredándose.” Y el rumor de la leyenda del “barco del progreso” que se incendió una noche, en el devenir del río.  Sí, allí era lo más probable que yo haya nacido. Si, allí donde se forjó la idea de que ocuparíamos un lugar clave en la aldea global. Más me desconcierta pensar que no funciona ni la alcaldía, ni la gobernación, ni la universidad, ni el Estado y, por supuesto, el astillero. Aunque pensándolo bien: “Ser colombiano es un acto de fe”, como le manifiesta a Ulrica Javier Otálora, quien pasó sus mocedades en Popayán, en el relato de Borges.

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