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Sin novedad en el frente

El jueves 29 febrero, 2024 a las 2:39 pm

Por Felipe Solarte Nates.

Sobre el pegajoso barro sanguinolento camina un soldado, se detiene ante un cadáver, arranca su placa de identificación, revisa su chaqueta, la billetera con algún retrato de familia y empieza a quitarle la prenda. La dobla y suma al paquete obtenido de otros caídos en combate.  Al final de su jornada los comprime en fardos, que arrumados en un camión serán llevados a piscinas llenas de espumoso jabón donde mujeres les ablandarán el barro y la sangre antes de limpiarlas, secarlas, volverlas a arrumar para que en otro camión sean llevadas a un taller de modistería, dónde más de 20 mujeres pedalean en sus máquinas de coser para remendarlos y taparles los huecos por donde entraron y salieron las balas. Terminada esta labor de nuevo serán empacados con destino a los centros de reclutamiento, donde, a veces por descuido de las costureras, conservan el nombre de los muertos, y jóvenes o futuros cadáveres, orgullosamente las lucirán sobre sus cuerpos.

Ignoran esta cadena de reciclaje de ropa y carne humana, siete jóvenes estudiantes de secundaria de una pequeña ciudad alemana, que en medio de bromas celebran su inscripción voluntaria al registro de las Fuerzas Armadas sin el consentimiento de sus padres. Por la edad sueñan convertirse en héroes, quienes admirados por sus familiares y vecinos, esperan regresar triunfantes y orgullosos de los campos de batalla, ilesos y enteros: con brazos, piernas, cargados de medallas, listos para recibir en el altar a sus novias que los admiran.

No saben que irán a enterrarse en el paralizante y tembloroso terror incubado en trincheras llenas de barro, mezclado con sangre y excrementos, dónde deberán soportar, frío, hambre y la crudeza de la primera carnicería a gran escala, que gracias al desarrollo de la revolución industrial acelerado desde mediados del siglo 19, permitió el invento de las ametralladoras que todo lo barren, potentes cañones y morteros que no les permiten pavonear su valentía al estilo de los intrépidos guerreros de antes, autos que empiezan a desplazar a los caballos, los primeros tanques y aviones vomitando fuego y para variar: el terrorífico surtidor de muerte de los gases venenosos y  lanzallamas que asfixiaron y  asaron vivos a toda una generación de combatientes de más de 20 países, que arruinaron sus vidas y sueños en las trincheras y los campos de Francia y Bélgica y Alemania, durante la Primera Guerra Mundial de 1914 a 1918, en la murieron 17 millones sacrificados a la ambición de los industriales, fabricantes de armas y banqueros que dominando las finanzas del planeta, decidieron que era hora de barajar de nuevo en encarnizadas batallas escenificadas en las inamovibles trincheras, para al final de la partida repartirse continentes, después que desaparecieron los imperios turco-otomano, austro-hungaro y zarista, se afianzaron los ingleses, sentó bases el imperialismo norteamericano, y se inventaron nuevos países sometidos, para apoderarse  del oro negro de los pozos petroleros y otras riquezas de las neocolonias.

Esta película alemana de 2022, dirigida por Edward Berger, ganadora de premios en el festival de Toronto, los máximos galardones en Inglaterra, y nueve nominaciones a los premios Oscar, entre ellos, el de mejor película, mejor película extranjera, mejor guion adaptado, mejor fotografía, mejor sonido y efectos visuales, y disponible en Netflix, es una muestra de la realidad de la guerra,  crudeza en las batallas, heridas descarnadas, muertes violentas; pero también evidencia el drama psicológico  enfrentado por los casi niños, que de la noche a la mañana pasaron a “jugar” la guerra de verdad, en medio de explosiones, voladura de ensangrentados pedazos de cuerpo de sus compañeros por encima de sus cabezas, y quienes en momentos de vida o muerte deberán luchar, armados de sus bayonetas, cara a cara con el enemigo, hasta apuñalearlo con sevicia y en medio de un pozo del que no puede salir, el protagonista, interpretado por Felix Kammerer, apartarse de su rival, aterrorizado, al mirarse en el espejo de la juventud y dolor de su víctima, que agoniza en medio de lamentos e intentos desesperados por respirar; y al no soportarlos y tampoco el complejo de culpa que lo domina, decide llenarle la boca de tierra para que se muera rápido y no tener que escucharlo; pero ante su prolongada agonía, mayor que la espiritual y psicológica de él, abrumado por el remordimiento, se compadece, revive su fibra humanitaria  y arrastrándose regresa donde su víctima para sacarle la tierra de la boca, limpiar su rostro con agua del pozo e Intentar  curar sus múltiples apuñalamientos que al final lo llevarán a morir entre sus brazos.

La historia, homónima de la clásica novela de Erich María Remarque, está enmarcada  en los estertores de la guerra, cuando los socialdemócratas alemanes intentan convencer a los monárquicos y conservadores generales prusianos para que en el vagón de un tren firmen el armisticio, pues la tienen perdida, después que con centenares de miles de soldados, grandes recursos  y su potente industria militar, los norteamericanos han inclinado la balanza enviando sus ejércitos a combatir al lado de los franceses y británicos (y soldados de sus colonias).

Cuando ya han fijado fecha y hora para el armisticio los soldados sobrevivientes se vuelcan a celebrar consiguen vino y champaña a borbotones y se relajan en medio de sus sueños para cuando regresen; pero no cuentan con el ego y falso honor militar de un bigotudo general alemán, descendiente de una casta de guerreros que desde 1871 han luchado en varias guerras contra Francia, y quien desde su comedor suculentamente abastecido con los mejores manjares y vinos, se opone radicalmente al armisticio, y para despedirse “con honor y valentía”, pero de sus subordinados, pocas horas antes de que se inicie el cese al fuego, a las 11:00 a.m, por medio de sus oficiales, les ordena a sus macilentos soldados  lanzarse a la última batalla, de frente ante ametralladoras, cañones.

Los sobrevivientes soldados alemanes que ya se soñaban en sus casas, son diezmados y chamuscados por los lanzallamas de los franceses, y al final, de los 7 compañeros de clase del bachillerato, sólo regresa uno, el encargado de quitarles a los muertos, la placa de identificación, incluida la del líder y protagonista de la historia que había sobrevivido a todos los combates.

Esta película es una es una diatriba contra la insensatez y el sinsentido de las guerras, con miles y millones de hombres sometidos a los egos y afanes de dominación de unos pocos oficiales y los poderosos hombres de negocios que también fabrican las armas, controlan las instituciones del Estado y convierten a los jóvenes en carne de cañón para ensayar la efectividad y potencia de sus mortíferas creaciones, de paso apoderarse de nuevos territorios y riquezas, antes de sentarse a negociar la paz y las ganancias con sus rivales.

A pequeña escala, “Sin novedad en el frente”, nos lleva a identificar a los siete adolescentes de la película, con los de guerras actuales como la de Ucrania, el genocidio en Gaza y lo que sucede varias regiones del país, -entre ellas el departamento del Cauca-, donde a diario son engañados o reclutados a la brava por grupos autoproclamados “liberadores” del pueblo o “defensores del sistema”, y los ponen en primera fila de los combates, con la población campesina, indígena y afro en medio del fuego cruzado, luchando entre ellos o con las Fuerzas Armadas del Estado, por apoderarse de nuevos municipios, controlar el narcotráfico, la minería ilegal, la extorsión, etc; mientras líderes prepotentes y a salvo de las balas, buscando pretextos supuestamente ideológicos y políticos, dilatan las negociaciones de paz con el gobierno, a la par que se fortalecen para reciclar eternamente el monstruo devorador de la guerra, entrenando a muchos jóvenes en manejo de armas y alimentando la sociedad de gente trastornada mentalmente, al sufrir desde temprano los horrores de la violencia y después de desmovilizados, los que no reorganizan sus vidas y se salvan de las venganzas, salen sin escrúpulos para delinquir y matar en las veredas y calles de los campos y ciudades colombianas.

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