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Ser decentes no nos cuesta nada

El lunes 16 abril, 2012 a las 6:17 pm

Por Jairo Cala Otero / Conferencista – Periodista autónomo
Qué trascendental resulta que cuando algunos andan predicando que los valores humanos se acabaron, uno pueda verificar que esa consigna no es cierta; que pueda demostrar que todavía quedamos muchos más que libramos la batalla porque la Tierra esté poblada por gente de verdad. Como, probablemente, lo hace usted; como lo hago yo.

No me canso de sostener que es más fácil ser decentes, cordiales, amables, tolerantes, serviciales, respetuosos, condescendientes y mucho más, que “distinguirse” entre los demás por la ordinariez, la rustiquez, la inmoralidad, la patanería, la ilegalidad y otros demonios.

Hay que retornar a la época en que nuestros abuelos, que eran sabios sin títulos universitarios y dignos maestros, usaban el verbo para humanizar sus relaciones con los semejantes; y en que acomodaban sus conductas ejemplarizantes en concordancia con la decencia de sus expresiones orales y escritas; no es una utopía, como algunos pesimistas podrían creerlo. Es mero asunto de consciencia, de reconocer que en cuanto más “modernidad”, o más tecnología, por ende, más instrumentos para comunicarnos, hemos caído en una suerte de atafago y sofocamiento que nos convirtió en seres “plásticos”, insensibles e incomunicados mutuamente.

Razón tenía Mario Moreno Reyes “Cantinflas” (12 de agosto de 1911 – 20 de abril de 1993) al afirmar que el mundo ha crecido en tecnología y comunicaciones, pero a medida que avanzamos en el tiempo, nos hemos vuelto más pigmeos como humanos. Más contundente aun fue cuando, en un discurso pronunciado en la película “Su excelencia, el embajador” ante una imaginaria Asamblea internacional de las naciones, dijo: “Si no fuéramos tan ciegos, tan obcecados, tan orgullosos; si tan solo rigiéramos nuestras vidas por las sublimes palabras que hace dos mil años dijo aquel humilde carpintero de Galilea, sencillo, descalzo, sin frac ni condecoraciones: ‘Amaos… amaos los unos a los otros’; pero, desgraciadamente, ustedes entendieron mal, confundieron los términos, ¿y qué es lo que han hecho? ¿Qué es lo que hacen?: ‘Armaos los unos contra los otros’.

Traslademos unas preguntas a nuestros gobernantes de hoy: ¿Qué han hecho para sembrar virtudes y valores entre la juventud de hoy? ¿Creen que con meros anuncios, hechos con palabras melifluas o almibaradas, las aciagas circunstancias cambiarán automáticamente? ¿Qué clase de educación están impartiendo que no se traduce en seres nuevos, respetuosos y decentes? ¡Usted, caro lector, conoce las respuestas!

Entonces, a nosotros, los del montón, los que andamos por este mundo sin intenciones de figuración, ni con ánimo de cometer latrocinios contra el erario, nos toca emprender esas transformaciones en la mente, en el corazón y en el espíritu de quienes están hastiados de tanta descomposición social y humana. Y la vía no es otra que hacer una reingeniería en las personas desde su interior; inducirlas a renunciar a los modelos erróneos y desviados de hoy, para asumir un nuevo sendero a partir de una “nueva carta de navegación”; esto es, desde una mentalización semejante a la que tuvieron y difundieron exitosamente nuestros abuelos -íconos silenciosos y humildes de la paz- entre sus hijos, nietos y bisnietos.

Por estas y otras razones tengo entre los hemisferios de mi cerebro el sueño de impulsar el surgimiento de una escuela de valores, donde se enseñe a los alumnos a ser verdaderos seres humanos. Porque educar no es rellenar los cerebros con conocimientos preconcebidos (en muchos casos, inútiles para la vida práctica), sino cimentar principios éticos y morales; y explorar los pensamientos que tienen los aprendices o educandos.

Para desarrollar ese sueño apenas se necesitan alumnos, y muchas ganas entre ellos para emprender el camino hacia un horizonte luminoso. Lo demás lo pone el Altísimo, inspirador, a no dudarlo, de cada palabra que pronuncio, de cada palabra que escribo.

El principio será por Bucaramanga. Y la continuación, por las demás ciudades de Colombia. Allí, formaremos líderes para que también dirijan los principios filosóficos de la escuela. ¿Se anima usted a participar? Será bienvenido, si así fuese. ¡Empecemos ya!

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