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Se fue Ernesto Sábato

El martes 3 mayo, 2011 a las 7:40 am
Gloria Cepeda Vargas
Del argentino Ernesto Sábato se han dicho muchas cosas. Desde reconocerlo como dueño de un estilo único en la moderna novela latinoamericana, hasta crucificarlo con las desobligantes palabras de Borges: “Ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”.
A la hora de morir tenía casi un siglo de vida. Cien años que desfilaron ante sus ojos como una película de horror. “He vivido en un tiempo histórico de ruptura y tan viejo soy que hay en mí distintos sedimentos como en las montañas. Así todavía guardo de mi juventud las marcas de las luchas sociales. Pienso que los chicos me querrán porque nunca dejé de luchar, porque conseguí instalarme en ninguna época y hoy, trastabillando, me siento cerca de la gente que aprendió a vivir de otra manera. Y tan cerca de los jóvenes, que después de este horror de mediocridad, indecencia y ferocidad, pujan por nacer a otra cultura que vuelva a echar raíces en un suelo más humano.”
http://porquenoargentina.blogspot.com/2011/04/argentina-author-ernesto-sabato-dies-at.html
En estas palabras respira el hombre. Creo que es innecesario ahondar una vez más en lo que significa su aporte a la narrativa de habla castellana. La crítica siempre se queda corta, pero en este caso, oscilante como un astro perdido en el vacío de la existencia humana y casi siempre ceñida a normas gramaticales o armaduras de ocasión, corre el riesgo de convertirse en una serie de vocablos inertes.
Ernesto Sábato fue una extraña simbiosis de ética y arte. A la literatura llegó después de doctorarse en física y trabajar becado en radiaciones atómicas en el Laboratorio Joliot-Curie en París. Desencantado de la ciencia a la que apostrofó como “deshumanizada”, su alejamiento de una disciplina a la que había dedicado gran parte de su tiempo, le ocasionó una crisis tan demoledora, que lindó con el suicidio. Entonces empezaron a aparecer sucesivamente: “El Túnel”, una historia psicológico-policial, donde el asesinato y el amor asumen sus más sórdidas características, “Sobre héroes y tumbas”, novela que le dio renombre universal y sin la cual no se entendería la prosa castellana del siglo XX y “Abaddon, el exterminador”, de corte autobiográfico y argumento apocalíptico. Su preocupación por los derechos humanos, está presente en ensayos como “El otro rostro del peronismo”, “Torturas y libertad de prensa”, “El caso Sábato” y “Carta abierta al general Aramburu”. Reflexiona acerca de la literatura y sobre todo de la novela, mediante escritos tan significativos como “El escritor y sus fantasmas” (1963) y “Aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo: Robbe-Grillet, Borges, Sartre” (1968). Su texto titulado “Información sobre ciegos”, responde a la desolada metáfora que anida en nuestros más profundos temores subterráneos. Arrebatado por una especie de locura, sin prescindir de metodología y rigor científicos, informa sobre el macabro esplendor que ilumina la vida.
Lo que pergeño aquí no tiene mayor valor. Otras voces se encargan ahora y lo harán hasta la consumación del idioma, de indagar en su obra literaria. Lo que lo convierte en merecedor de un buen recuerdo, es su posición crítica ante los gobiernos surgidos en la Argentina durante la dictadura militar (1970-1980).
A poco de ascender al poder, Raúl Alfonsín ordenó el procesamiento de las Juntas Militares que gobernaron en esa época como responsables de los horrores cometidos y nombró una comisión para investigarlas: la CONAPED, con Sábato a la cabeza. A los nueve meses la comisión expidió sus conclusiones, resumidas en un libro espeluznante, titulado “Nunca más”, en cuyo prólogo, escrito por él, se lee: “Nuestra comisión no fue instituida para juzgar, para eso están los jueces constitucionales, sino para indagar la suerte de los desaparecidos en el curso de estos años aciagos de la vida nacional. Pero después de haber recibido miles de declaraciones y testimonios, de haber verificado la existencia de cientos de lugares clandestinos de detención y de acumular más de 80.000 páginas documentales, tenemos la certeza de que la dictadura militar produjo la más grave tragedia de nuestra historia y la más salvaje”.
Se ha cuestionado el fugaz acercamiento que tuvo con Videla en los inicios de la dictadura. Es humano errar, lo imperdonable es persistir en ello movido por intereses inconfesables. Hombre de claridad en el pensar y el hacer, una vez conocida la magnitud del horror, tuvo el valor de divulgarla abriendo así la puerta al juicio seguido a los tiranos y al conocimiento de la historia.
Acaba de morir en su casa de Santos Lugares un ejemplar extraño de esta fauna bípeda y lampiña. Matemático, literato y pintor, fue hombre de derrumbes abisales. Osó ser él mismo en un mundo de histriones y eso se paga caro. Sus textos hechos de desgarraduras y humores viscerales, son reflejo de la parte más esforzada y desvalida del ser humano. La literatura hispanoamericana debe mucho a sus saltos, sus escaldaduras, sus puentes tendidos entre el valor y la utopía. Nació en la Argentina y bien podría haberlo hecho entre los pajonales de la Sierra Nevada o en las aguas mediterráneas del Titicaca. Caballero de la Legión de Honor de Francia y Premio Cervantes en 1984, su vestidura no fue sólo literaria. Los largos días e interminables noches vividos en clandestinidad miserable y su aguerrida defensa de los derechos humanos, se hacen confesionales en la verdad de sus palabras: “Aunque fui comunista activista, el anarquismo siempre me ha parecido una vía para conseguir justicia social con libertad plena. Y valoro el cristianismo del Evangelio. Este siglo es atroz y va a terminar atrozmente. Lo único que puede salvarlo es volver al pensamiento poético, a ese anarquismo social y al arte.
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