ipt>(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
Lunes, 22 de abril de 2024. Última actualización: Hoy

Santander de Quilichao padece una masacre gota a gota

El domingo 18 junio, 2023 a las 12:56 pm
Santander de Quilichao padece una masacre gota a gota

Santander de Quilichao padece una masacre gota a gota

Alfonso J Luna Geller

Vivir en Santander de Quilichao es un riesgo vital. El asesinato de hoy, es más doloroso e indignante que el de ayer, y así sucesivamente. Padecemos un tormento colectivo que aumenta cotidianamente, sin que el Estado colombiano, en esta ciudad, haya asumido con integridad la obligación constitucional de garantizar el derecho a la vida de los ciudadanos.

Ese despropósito es evidente porque aquí, indudablemente, el crimen es recurso sistemático, donde la noticia del asesinato es la misma de todos los días. No cambian sino nombres, sitio y el género de las víctimas.

No vayan a decir, como siempre, que es lo mismo que sucede en ciudades como Cali, Bogotá o Medellín, o en otras ciudades del Mundo, porque Santander de Quilichao hasta hace unos 30 años, más o menos, todavía era “Un pueblo con Espíritu Cívico Ancestral”, como bien lo calificó en una de sus obras el arquitecto, historiador y escritor Armando Velasco Zúñiga (q.e.p.d., de muerte natural). Pero el deterioro de la ciudad ha sido progresivo y previsible hasta alcanzar los índices que hoy sufrimos.

Es que, cuando la inmoral politiquería que se fue tomando la gestión pública, el narcotráfico se convirtió en proyecto de vida, la ilusión del “dinero fácil” y el deterioro de las relaciones familiares y sociales se fueron imponiendo en el diario vivir, cuando la educación y la moral fueron pasando a un nivel irrelevante para el progreso del pueblo y fueron sustituyéndose por la codicia para el enriquecimiento apremiante, y la fiesta social se convirtió en consumo desaforado de licor y alucinógenos, y el civismo y el optimismo fueron sustituidos por la indiferencia y el escepticismo, llegó la nueva era que estamos soportando.

Esa vida infame no es progreso. Todo el mundo se siente amenazado y teme por su vida desde el instante en que sale a la calle. Todo atenta contra el más elemental de los derechos: el derecho a la vida.

Cuando una sola vida termina de manera violenta en las calles de Santander de Quilichao, muchas vidas son afectadas, dejando secuelas indelebles en la salud física y mental de las víctimas familiares y de la comunidad en general.

Hay cientos de grupos familiares que necesitan cuidados especiales por el aturdimiento, la conmoción, la impotencia y el pánico, la desorientación y los sentimientos de soledad y angustia. Nadie acepta lo sucedido: «jamás pensamos que esto pudiera ocurrir en nuestro grupo familiar, pero ocurrió», es lo que se lamenta.

En consecuencia, esto se ha convertido en un escenario de colosales dificultades para que jóvenes, con lesiones perdurables en la autoestima, agencien un proyecto de vida digno.

Resistimos un pueblo enfermo. Las secuelas de esta situación, además de las familiares, se traducen en sensación de alerta tenaz, en noción constante de la posibilidad de ser víctima y en la desesperanza en relación con soluciones al problema de la criminalidad. Es decir, cada asesinato atenta contra toda la comunidad, inclusive, con efectos políticos y económicos.

La criminalidad tiene impactos en el corto y largo plazos sobre el desarrollo local, pues afecta el clima de inversión, limita el desarrollo del capital humano, erosiona el capital social, influye en los niveles de corrupción y en la pérdida de confianza en el gobierno.

La inseguridad ciudadana aumenta la desconfianza en las instituciones estatales, amenaza la calidad de la democracia y de la propia gobernabilidad. De nada vale que a veces nos sintamos orgullosos de que destacados caucanos ocupen la Vicepresidencia de la República o Ministerio del Interior, y otros importantes cargos en el Gobierno Nacional.

Por estas razones debe enfrentarse el fenómeno con una visión de conjunto y de largo plazo donde las causas sean trabajadas en forma paralela a sus efectos.

Entonces, es de sentido común que el Estado asuma su obligación de extremar la protección de los derechos humanos y crear un entorno lo más seguro posible para la mayoría de la población, mediante la implementación de estrategias, principalmente psicosociales.

Pero resulta que las instancias administrativas del Estado están concentradas en las “obras públicas” en desmedro de la “obras sociales” … ¿se imaginan por qué?

En Santander de Quilichao, de hecho, por el robo, especialmente, se normalizó la conculcación del derecho más fundamental, el derecho a la vida. El control territorial de los barrios pasó a ser ejercido por bandas delictivas armadas que imponen su poder brutal, convirtiendo lo que era vida colectiva en una masacre gota a gota.

Concluiría yo que la conversión del dolor individual en duelo público obliga a variar el ritmo de la inversión oficial, a establecer medidas de intervención urgentes para reducir y prevenir la violencia armada en la vida cotidiana de este pueblo convertido en pequeña ciudad. Es urgente, porque el distintivo que infortunadamente, hace rato, nos identifica a los quilichagueños en otros escenarios nacionales e internacionales es el de sobrevivientes.

Claro está que no solo es responsabilidad del Estado, porque todos somos Estado. La participación activa de los ciudadanos en la vida cívica y política puede ayudar a generar cambios positivos. La colaboración entre diferentes actores sociales, como la sociedad civil, el gobierno y las organizaciones no gubernamentales, es esencial para abordar el problema de la violencia. Trabajar juntos puede facilitar la implementación de soluciones integrales y sostenibles.

El Síndrome de la Ventana Rota

Esto que ocurre en Santander de Quilichao me hace recordar la teoría del “Síndrome de la Ventana Rota” según la cual, cuando en una edificación, generalmente abandonada, se rompe una ventana y no se arregla oportunamente, los vándalos tenderán a romper unas cuantas más. Luego, irrumpen en el edificio, lo ocupan y hasta le prenden fuego dentro. Esto hará que el resto de las personas eviten pasar por el lugar. Se lo tomaron por la indiferencia de todos, propietarios, vecinos y autoridades.

Es lo mismo que ocurre cuando en una calle que está limpia se deja una bolsa de basura; al cabo de pocos días ese sitio se ha convertido en todo un basurero.

Eso es lo que nos ha venido pasando en Santander de Quilichao. Hace algunos años, cuando comenzó a deteriorarse el espíritu cívico, y comenzó la laxitud, el “vandalismo” intrascendente se fue transformando en peligrosas conductas criminales.

El síndrome de la ventana rota comenzó a hacerse evidente con conductas inmorales o incívicas, que son contagiosas, una ventana rota inició el caos… liberó una reacción en cadena y fueron apareciendo delitos y crímenes cada vez más graves.

Es un círculo vicioso que se refuerza cada vez más, y donde la sociedad asciende en una espiral de violencia y anarquía de peores consecuencias en el tiempo. Hasta que la escalada se hizo incontenible y desembocó en la violencia irracional de todos los días.

Nos cogió la noche, sin alumbrado público, para dar claridad y reorientar la vida en comunidad en Santander de Quilichao, y la responsabilidad no solo es del Estado, repito, también es de cada ciudadano.

********************************

Otras publicaciones de este autor:

Alfonso J Luna Geller
Sigue a Proclama en Google News
Deja Una Respuesta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir el chat
1
Paute aquí
Hola 👋
¿En que podemos ayudarte?