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Rostro Místico

El jueves 12 octubre, 2017 a las 9:41 am

ROSTRO MÍSTICO / Dibujo por Rodrigo Valencia Q

Donaldo Mendoza / Eduardo Camargo

Eduardo (E.) y Donaldo (D.) pasaron, de colegas en un colegio oficial, a dialogantes cuando E., un poco mayor, se fue en busca del sosiego que da el retiro laboral, después de más de 35 años de labor pedagógica.

En esta nueva circunstancia, los encuentros de los dos amigos dependen ahora del arbitrio del azar, dado que D. no usa celular, y E. mantiene guardado el suyo, de baja gama.

El parque Central suele ser el lugar de los encuentros casuales; el más reciente fue frente a la catedral, donde E. lleva a veces a la nieta a echarles maíz a las palomas. Este último encuentro parecía anunciado. D. le mostró la fotografía tamaño postal y en color de un cuadro del pintor R.V.Q., “Rostro Místico”, el cual R. había puesto en la red con un comentario: “Busco un rostro místico”, que a E. no le hizo mucha gracia.

En efecto, lo que ha sostenido en el tiempo la amistad y el diálogo entre E. y D. han sido sus diferencias: E., un hombre de acendrada fe católica, estudioso a fondo de los textos sagrados; y D., un laico (“libre pesador”, le llama E.) que mira con ojos inquisidores aquellos textos. Esas diferencias se trasladan a veces a la política, donde E. es guardián de la tradición, y D. un izquierdista que busca el centro.

D.– Mira esta foto, E.; me acompaña como separador de este libro que leo mientras hago cola en las oficinas de servicios públicos, “Facundo”, de Domingo Faustino Sarmiento. El cuadro original es obra de R.V.Q. y ocupa un lugar en mi estudio, pero no es esa la confesión que ahora me importa, sino esta línea final del comentario de R., que he copiado atrás: “Un rostro para creer que no se ha perdido el tiempo lavando las tinajas de las bodas de Caná”. Imagínate, todo lo que se puede hacer con el lenguaje: cuando parecía que ya todo estaba dicho en los evangelios, este artista nos hace ahora responsables del lavado de la vajilla de Caná; ¡habrase visto!

E.– “¡Habrase visto!”, ¿qué, Donaldo? ¿Qué vajilla de Caná, de cuyo lavado “nos hacen ahora responsables a nosotros?”  ¿Y con eso qué falta o qué sobra al Evangelio?

D.– Ya sé, E., que los textos sagrados son verdades “reveladas”, es decir, textos cerrados, donde “todo está dicho”; esa es verdad para quien lee a la luz de lo revelado. Yo leo bajo otra luz, que me permite hacer bromas (¿humanizar?) con los mismos textos, porque me parece que el humor me acerca más a los textos evangélicos, de tan alto vuelo literario.

E.– Respeto mucho, D., y admiro y me sorprende, que la imaginación o la fantasía, o la facultad que sea, sea tan condescendiente para ver en un “rostro místico” (!) la mujer buena que lavaba las tinajas de Caná.

D.– Caramba, E., en el ecumenismo cristiano (Jesucristo y Pablo), esa “mujer buena” puede ser una cobriza judía, una negra africana, una amarilla oriental, o una mestiza latinoamericana.

E.– Sí, de acuerdo…, pero la mujer de la que yo hablo no es una cualquiera; es una mujer “llena de gracia”, libre de todo pecado y mundanería. Es el arquetipo de mujer, la del Paraíso, aún sin mancha, el primer anuncio de María, “sin pecado original”. Eso no es metáfora ni ficción es la Verdad.

D.– Me sorprende que rebajes de esa manera la metáfora, suma de todas las figuras literarias. Si algo trasciende el texto bíblico, en ambos testamentos, es su lenguaje metafórico. Sin el lenguaje de las figuras, la Biblia sería un texto pobre y hasta olvidado.

E.– El arte (la pintura) y la poesía (o literatura) dicen las cosas de una manera muy especial, máxime si se mueven en la metáfora. El fin del texto bíblico no es el artificio literario ni la ficción, sino la Verdad.

D.– ¿Te acuerdas, E., de ese prólogo a los “Evangelios apócrifos”, donde Borges dice que Jesucristo “hablaba en metáforas”? De eso se da cuenta cualquier lector ilustrado, no hace falta que lo diga el erudito escritor. Y volviendo al cuadro y al comentario, no tiene validez poner en duda la verdad de R. “porque su discurso es literario”. Cuantas más aproximaciones e interpretaciones se hagan a los textos evangélicos, más se enriquecen.

E.– Pero el sentido habrá de terminar acercándose a la verdad objetiva.

D.– La “verdad objetiva”, E., no existe; existen como tú dices, ‘aproximaciones’, ‘interpretaciones’. La mejor prueba de que esa verdad objetiva no existe son las diferencias (y subjetividades) tuyas y mías, sobre el mismo objeto.

E.– Sucede que esa imagen de mujer de quien su amigo artista dice: “Busco un rostro místico”, lo cual sugiere un contexto religioso. Luego dice cosas de otros rostros que pudieran corresponder al “rostro místico”… humm.

D.– Va esta pregunta, E.: ¿El rostro que vio Moisés cuando recibió de Dios las Tablas, es místico?  Si tu respuesta es sí, entonces todo rostro humano lo es, porque fue concebido a imagen y semejanza del Dios que lo creó. Asunto, por supuesto, muy complejo; porque uno no relacionaría a un asesino en serie, a un violador de niños… con un rostro místico.  Yo creo que cuando R. habla de “rostro místico” está pensando en esa verdad del Génesis.

E.– Y citando a Borges, afirmas que “Jesucristo hablaba en metáforas”. Así como tan así, habrá que verlo.

D.– Caramba, E., me extraña que un estudioso de la metáfora como tú, ponga eso en duda. Lo he dicho en alguna conversación; si hay un gran poeta, ese es Jesucristo. ¿Qué otra cosa son esas espléndidas parábolas? Esa manera exquisita de decirle torpe, lento en discernir, a éste o a aquél apóstol rústico… Leería de nuevo el libro de Renán sólo por volver a disfrutar el análisis semiótico de los distintos discursos de Jesucristo, según cada circunstancia. Sin poesía (metáforas) los Evangelios serían irrelevantes, quizá desconocidos.  Ese texto precioso de Remedios la Bella ascendiendo en cuerpo y sábanas al cielo, se hace “creíble” gracias a la poesía, a la metáfora… Si en las bionovelas, la tv contara la historia literal de la vida del personaje, sería un rotundo fracaso, el guionista obvia ese riesgo con la ficción literaria, muchas veces aupada por el humor.

E.– Yo por lo menos no pongo en duda la verdad de Jesucristo…

D.– Sé que jamás la pondrías. Yo cuestiono una que otra sentencia de Jesucristo: “primero entra un camello por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de los cielos? Caramba, Eduardo, ¿será que no hay un solo rico bueno? “Los que no están conmigo están contra mí”; ¿no es evidente allí un tono de intolerancia, de peligroso fundamentalismo -combustible islamista-? Claro, no faltará un clérigo lúcido que le halle una explicación simbólica (metafórica) que deje bien librado a Jesucristo, para que la verdad permanezca incólume.

E.– Sí, pongo en duda lo que dice D. y RVQ, y todos los demás incluyéndome a mí.

D.– Totalmente de acuerdo. Estos tres pobres cristianos están llenos de prejuicios, de pedantería cultural, hacen parte del redil de la familia, la sociedad, la educación, la religión, el Estado… ¿Qué objetividad puede salir de todas esas amarras? Para estos tres sujetos hablar de libertad, por ejemplo, es hacer un chiste.

E.– Dichosos los poetas que todo lo pueden expresar…

Un llanto infantil sacó de la abstracción a los dos amigos. Un policía traía de la mano a una niña que se había ido tras las palomas echándoles maíz, y se había perdido… E. corrió a abrazar a su inconsolable nieta. Los besos del abuelo fueron espantando el llanto. E. dio las gracias al policía. Mientras tanto, D. se fue sin despedirse. Tenía apenas cinco minutos para no perder la cita en la OPS, a siete cuadras del parque.