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LA POÉTICA DE RODRIGO VALENCIA QUIJANO

El miércoles 5 julio, 2017 a las 8:48 pm

Por DONALDO MENDOZA

Varios libros conforman la obra poética de Rodrigo Valencia Quijano, pero sin lugar a dudas Huidobra es la joya de su corona, no porque sea el mejor sino porque es el depositario de su fe; prueba de ello es el trabajo incesante a que lo ha sometido, afirmando en él, sin decirlo, toda su obra. “Un escritor condensa su escritura en un solo libro”. Huidobra es eso, una condensación. De ese universo ha derivado un cuerpo celeste que alumbra con luz propia.

Y al hablar de cuerpo celeste, hay que mencionar que en el universo poético de Rodrigo Valencia hay un dios: Vicente Huidobro, que tenía siempre una mirada cósmica: “Seamos ese pedazo de cielo, ese trozo en que pasa la aventura misteriosa, la aventura del planeta que estalla en pétalos de sueño”. O también, “el poeta es un pequeño dios”.

Ahora, si bien Huidobro es el referente de este libro, no lo es por imitación sino por admiración, por compartir visiones afines; porque en cada libro la voz poética es la de Rodrigo Valencia. Una voz que hizo el tránsito de la pintura (primera identidad del artista) a la poesía. En consecuencia, sus primeros poemas son re-creaciones a partir de cuadros, y uno de sus libros iniciales se llama precisamente Los cuadros del pintor (Poemas 1991 -1997).

Paralelo al oficio de poeta, Rodrigo Valencia ha ido aguzando su condición de pensador, y pensando en la poesía ha elaborado una poética personal, con esencias de utopía: “El poema es algo que será”. En esa condición la poesía será siempre evidencia de vida en la tierra, patente que le reconocemos a Luis Cardoza y Aragón: “La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”. Cuando se piensa así, a la poesía retorna como analogía el símbolo de la crisálida; en Rodrigo posa en la ventana como buena nueva, mientras que en el poeta cesarense José Atuesta Mindiola se anuncia desde la infancia. Entonces, la ilusión de los tres tiempos, simplemente son uno en incesante espiral, hacia la nada o hacia donde todo es.

“Un poema es un río subiendo a la luna en reversa”. En contravía de la lógica del lenguaje que guía ecos de rutinas que se alimentan de lugares comunes y simulan actos de comunicación. En R. Valencia, el poema no promete utilidades sacrílegas sino “cosechas de aceitunas”. “Libamos locamente la miel de lo visible para depositarla en la gran colmena de oro de lo invisible”, le dice Rainer María Rilke a un poeta aprendiz.

“Un poema es el tejido de Penélope viajando hacia Ulises”. Una evocación de lo que se incuba en cada huevo del poema: la libertad, cuya patria es el aire y su mayor acontecer anunciar el vuelo de la mariposa. Y afirma esta vocación en la soportable levedad de “una casa con tejado de alas”. Como el tío-vivo que trae y lleva, lleva y trae, “un poema –dice Rodrigo– viene, me lleva, me da la sinrazón que cae y se levanta”. Es hacerse niño para ser libre: “Un poema es un pequeño grito del cielo”.

En esta estructura de espiral que observamos, “Un poema es algo que no para, aunque las palabras terminen”. Rodrigo Valencia Quijano, el poeta, me acaba de revelar que los mejores aforismos han salido de la eterna poesía, siempre en “vuelo (y) en espiral ascendente”.

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