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Respuestas a la crisis: contrastes

El jueves 19 febrero, 2009 a las 8:45 am

Carlos Fuentes
16 Feb. 09

Desde el primer día de su mandato, Barack Obama ha hablado con fuerza y claridad de la crisis económica que afecta a los Estados Unidos de América, la peor, ha dicho, desde el crack financiero de 1929 y la subsiguiente depresión de los años treinta.

Paso por paso, el presidente ha caracterizado abiertamente el problema y ha apelado a la acción bipartidista. Los republicanos han negado lo que le regalaron a George W. Bush: la abstención frente a una política que conducía a la catástrofe: rebaja de impuestos, aumento del gasto militar, ruina de las infraestructuras.

Negado el apoyo bipartidista Obama ha regresado, en plan de campaña, a su base electoral en Indiana y en la Florida y ha delegado a su secretario del tesoro, Timothy Geithner, a que explique los pormenores de la política gubernamental de rescate. Incluso el severo crítico del nuevo régimen, David Brooks, aplaude y agradece el realismo y la franqueza de esta política: «el plan de Geithner es vasto pero disciplinado… está diseñado para adecuarse a la crisis, no a una agenda prefabricada». Y dice el propio Geithner: «si no lo hacemos ahora, el mercado sabrá que deberemos hacerlo más tarde». ¿Qué cosa? «Crear una política macroeconómica masiva, sostenida y sustancial».

En otras palabras, el público norteamericano está plenamente advertido de la gravedad de la situación, de los deberes que le incumben al público y al estado, al sector público y al privado. Al menos a la parte responsable de este último. La parte irresponsable ha empleado la primera suma de ayuda otorgada por el gobierno anterior a regalarse jugosos bonos a sí misma, así sea disfrazados de aguinaldos.

Lo importante es que en los EE.UU. la situación es vista en toda su gravedad y las obligaciones de todos y cada uno se han hecho explícitas.

En México, Felipe Calderón no ha dejado de señalar, asimismo, una situación difícil, aunque rechazando «el catastrofismo sin fundamento, particularmente ahora llevado a extremos absurdos, que daña sensiblemente al país, a su imagen internacional, ahuyenta inversiones y destruye los empleos que los mexicanos necesitan».

Esta declaración presidencial es un llamado a la calma que, implícitamente, evoca lo mismo que rechaza: la fuga de inversiones y la pérdida de empleos, amén del daño a nuestra «imagen internacional». Calderón, justo es reconocerlo, ha iniciado algunas medidas anti-recesivas: inversiones públicas para mantener los puestos de trabajo y la protección social. ¿Son buenas? Claro que sí. ¿Son suficientes? Claro que no.

Y como los hechos se vienen encima, y la recesión es inevitable, sobre todo en un país de graves desigualdades, profundas desidias y voluntarias cegueras, Carlos Slim se sintió obligado a escalar la atención nacional con palabras que han dañado al feliz y peligroso optimismo del mundo oficial.

«Van a quebrar empresas, muchas, chicas, medianas y grandes; van a desaparecer comercios; va a haber locales cerrados por todos lados, inmuebles vacíos».

La reacción oficial a esta advertencia por parte de un poderoso ciudadano, debe ser motivo de tristeza y hasta de depresión para el resto de la ciudadanía. Slim es acusado de haberse enriquecido gracias al mercado mexicano, en un país de desigualdades e iniquidades. Es tildado de pesimista, fatalista y catastrofista y, además, de sadista solapado al que le gustaría que le vaya mal a México. No faltó quien, folclóricamente, le desease a Slim que la boca se le convirtiese en chicharrón.

No voy a referirme en este espacio a la fortuna de Carlos Slim ni a la previsión y oportunidad de sus negocios, que le han dado a México una importante presencia en la vida económica de América Latina y del mundo. Las actividades de Slim han creado empleo y fomentado ahorro a partir de una filosofía de mercado interno mediante el impulso a la pequeña y medianas empresas (las PYMES). Hoy, prevé una caída sin antecedentes del empleo, no quiere ser catastrofista «pero hay que prepararse».

En todo caso, a Slim habrá que agradecerle que haya abierto el debate nacional, develando las complacencias, los disfraces y los temores que nos impiden abordar a tiempo el gran tema de la recesión, lo que implica para México y las maneras de resolverla.

Mi reflexión personal sobre estos asuntos la di hace pocos días ante la legislatura del Estado de Veracruz, afirmando que es cómodo -es inteligible- que un país prolongue los hechos que le resultan provechosos.

El petróleo, el turismo y las remesas de nuestros trabajadores en los EE.UU. nos han dado provecho aunque a veces nos han adormecido, dejando de lado obligaciones latentes.

Hoy, la crisis nos presenta a todos una carta de obligaciones -y de derechos- basada en una realidad.

La crisis es global. Nadie se escapa de ella. Requiere cooperación internacional. Pero también precisa acción interna.

Vulnerados los tres capítulos de nuestro ingreso -petróleo a la baja, turismo en descenso, candados aun mayores a la migración- nos vemos obligados a renovar prioridades y fortalecer propósitos. Y a hacerlo dentro del marco de la democracia.

El tráfico de drogas no es un asunto que pueda relegarse a la culpabilidad mexicana. Es un asunto bilateral. Lo cual no exime a México de combatir al crimen en nuestra casa, sobre todo si el descenso previsible de la oferta laboral empuja a muchos mexicanos a buscar salidas ilícitas.

Por ello urge tanto que nuestro país proponga cuanto antes un programa de empleo que no sea circunstancial o «de a poquito», sino que constituya un llamado nacional a proteger y ampliar las fuentes de trabajo mediante un programa comparable al «Nuevo Trato» del presidente Franklin Roosevelt para enfrentar la crisis de 1932 y al «Nuevo Nuevo Trato» que el presidente Barack Obama intenta hoy poner en pie.

El trabajo es un derecho humano.

Rechacemos el escenario fatal de un desempleo sin salida destinado a esconderse en las callejuelas del crimen y la violencia. Destapemos de una vez el guión creativo de un proyecto de empleo que atienda los terribles retrasos del país:

Renovación de la infraestructura. Caminos, carreteras, presas, urbanismo, puertos, energía eléctrica. Salud. Educación.

Es decir: romper la fatalidad que, en medio de los progresos alcanzados, condena siempre a muchísimos mexicanos a vivir en la pobreza.

De Veracruz a Guerrero, de Oaxaca a Tabasco, el sur de México ofrece una oportunidad de crear riqueza, aprovechar la tierra, diversificar cultivos, emplear mano de obra, modernizar enriqueciendo y enriquecer modernizando, fortaleciendo tanto las instituciones culturales como los procesos políticos.

Hablo de esta parte del país Veracruz, que es la mía, la más entrañable, pero sólo ilustro un aspecto del gran proyecto nacional que nos exige el momento, a fin de darle la cara a la crisis con el corazón y los brazos de todos los mexicanos.

Trabajo, educación, salud.

Tierra y agua.

Todo ello debe ser parte de un Nuevo Contrato Social Mexicano que no se diluya en proyectos parciales, sino que mire al conjunto. Un proyecto que nos comprometa a todos, movilizando no sólo las fuerzas existentes sino la vasta reserva de la energía latente y desaprovechada de nuestro país.

Que el trabajador que regresa del norte (o que ya no pueda salir) encuentre aquí la oportunidad de trabajo en vez de la desesperación y el crimen.

Que el niño que nazca aquí encuentre la salud y la educación necesarias para crecer como ciudadano.

Que el hombre y la mujer que envejezcan aquí cuenten con el apoyo y las oportunidades que sus vidas entregadas al hogar, al trabajo y a la formación de ciudadanos, merecen.

Que la ciudadanía entera encuentre aquí, aquí mismo, las oportunidades de trabajo, el respeto y la seguridad requeridos para que México supere esta crisis.

Y la supere con democracia.

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