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Jueves, 2 de julio de 2020. Última actualización: Hoy

Para remover las tripas (2)

El miércoles 9 marzo, 2016 a las 1:48 pm

Diogenes Diaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí.

Dos aspectos teóricos se aprovecharían desde la concepción de la “Reingeniería social” para conseguir una humanidad mermada, con posibilidades de consumo al servicio de una sociedad globalizada en el neocapitalismo salvaje: la primera, desde la teoría marxista de que la familia es causa primera de la explotación de la mujer, vista la familia como un elemento meramente económico, de relaciones productivas, donde la mujer por su capacidad de procreación está obligada a jugar el rol de permanecer en el hogar; y la otra, los planteamientos de las feministas radicales, quienes consideraron la procreación y el hogar como formas de discriminación y manera de perpetuar el dominio del hombre.

Surge aquí el concepto de género, como sujeto de actividad social, desde la psicología en las décadas de los 50’s y 60’s por los neofreudianos; y desde la antropología, para definir que el hecho de ser hombre o de ser mujer es un precepto social, formado por la cultura y la costumbre, sustentados en comportamientos tribales de África (antropóloga Margaret Mead), como si la sociedad no hubiera vivido largos procesos de desarrollo para llegar a la construcción de familia desde los sexos. Robert Stoller, a finales de la década de los sesenta publica el libro ¨Sexo y género¨ donde hace una evidente separación entre el sexo biológico y el género social. Alude que el sexo apunta a los rasgos fisiológicos y biológicos de ser macho y hembra; el género, en cambio, a la construcción social de las diferencias sexuales. Así, el sexo se hereda y el género se adquiere a través del aprendizaje cultural. Esta distinción abre una brecha respecto a la constitución de las identidades de hombres y mujeres. La “reingeniería social” consistió en convencer a ambos (hombre y mujer) de que su roles son inventos sociales.

El objeto de la propaganda desde lo sexual es “desmitificar” la concepción sexual para abrir espacio a la “igualdad” desde lo mental, pero la mentida igualdad conllevó a la mujer a una profunda discriminación, a su colonización cosificadora para la economía informal; al rebusque, a jugar el papel de independiente para criar hijos sola, para subemplearse, para prostituirse. Con la fementida igualdad, la mujer padece una explotación más agresiva y su vaciamiento mental como mecanismo de desnaturalización respecto a su identidad. La instrumentaliza como elemento de publicidad, como elemento de desproporcionada afrenta pornográfica, como mercancía desvalorizada, sino es que asume roles masculinos en vista a su “Realización humana”, porque el fin último del neocapitalismo no es lograr su reivindicación, sino destruir su identidad como ser sexual biológico y social.

Es la aplicación del sentido en el papel de Eva, para socavar los comportamientos sociales que se niegan a responder al interés de consumo que requiere la globalización, donde el mercado es quien regula todas las instancias de la vida humana. Para ello es necesario conquistar al segmento más vulnerable al antojo, al deseo, a la instrumentalización. Todo el esfuerzo se dirige a la mujer, para utilizar desde sus encantos la negativa de que la historia de la especie humana descansa sobre sus hombros.

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