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Jueves, 9 de abril de 2020. Última actualización: Hoy

Reflexiones sobre el concepto de comunidad

El miércoles 26 febrero, 2014 a las 7:33 pm
María Isabel Arturo Castillo

María Isabel Arturo Castillo
isa.art.castillo@gmail.com

Con frecuencia en los debates políticos, en los medios de comunicación, en el discurso de las autoridades y en las pretensiones de la población, surge el término comunidad como parte de las inquietudes, cuestionamientos o las exigencias de la discusión.

Sin embargo, al hablar de comunidad, aunque parezca que sólo existe un significado de ella o se pretenda totalizar, sus connotaciones son varias, lo que enmaraña su significado, por la complejidad social, cultural y política de su contenido histórico.

Visto el término como lo entendemos en la vida cotidiana, la comunidad es un conjunto poblacional clave y fundamental para el desarrollo de vida asociada, con miras a lograr objetivos comunes y obtener, de manera declarada o tácita, la protección colectiva de un grupo o grupos sociales determinados.

Asumir el término comunidad, de manera subjetiva, puede impedirnos mirar sus tejidos diversos, plurales y distintos, porque la comunidad es polisémica, no idéntica, como en efecto es nuestra sociedad colombiana, multicultural, multirracial y fragmentada social, económica, cultural y políticamente.

Lo propio podemos afirmar desde una perspectiva psicológica, como fenómeno colectivo social, tanto que de la psicología del individuo hemos pasado a la sicología comunitaria.

Por lo tanto, es evidente que ninguna comunidad es homogénea, ni mucho menos uniforme, como si fuera un conjunto de relaciones de iguales con iguales.

Visto así el paisaje social tenemos que admitir que su existencia es heterodoxa y discordante pero conciliable, como un proceso de aceptaciones recíprocas, consensuales, donde un mínimo de reglas de juego aceptadas socialmente hacen la vida colectiva posible, aun cuando en su seno los intereses, anhelos y sueños tengan caminos diferentes.

Entendida, así, como fenómeno social de relaciones plurales, con protagonistas distintos, donde sus agregados sociales tienen metas diferentes pero avanzando en una misma dirección protectora de sus intereses, podremos definirla según la concepción ideológica que tengamos de la sociedad.

No existen, entonces, comunidades genéricas, abstractas y estáticas; la comunidad se construye con y en las relaciones sociales, económicas y culturales, se integra desde la vida familiar y escolar por acciones compartidas, para superar los buenos o abatidos momentos. De ella, de sus intereses, los seres humanos apropiamos para poder vivir.

Existe, así mismo, como lo explica Foster (1998) la llamada “Comunidad intencional”, que comparte una forma de vida, de relaciones cara a cara, que se expande y tiene como misión preocuparse por el bienestar de todos sus miembros, en un ambiente de obligaciones recíprocas, que vive fomentando la centralidad y la identidad.

Lo propio hace Ferdinand de Tonnies  (1887), desde la sociología, que la interpreta como una amalgama de seres humanos que permanece unida y compacta, muy a pesar de todos los factores, internos y externos, que tienden a fraccionarla y extinguirla.

Para ilustrar el concepto de la comunidad donde vivimos, ya sea en la cuadra, en el trabajo o en nuestra institución, podemos utilizar como metáfora una población que se expande, se contrae y busca reposo, que no oye, ni ve, aunque vea y oiga, como si fuera víctima de autismo.

Como vemos, el concepto de comunidad no es singular, es múltiple, en su interior las motivaciones sociales son opuestas, a veces enfrentadas. Lo de bien común, que suena tan halagador, es una utopía, los miembros de las comunidades con profundas desigualdades sociales, comportan objetivos diametralmente opuestos y el Estado sólo sirve para impedir la anarquía y evitar el quebrantamiento de la unidad social. Volveremos.

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