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Reflexiones – Gloria Cepeda Vargas

El lunes 18 abril, 2011 a las 7:42 am
El respetable público asiste satisfecho a un nuevo round: en esta esquina el peso pesado Álvaro Uribe Vélez, hecho a madrugada y machetazo limpio y oloroso a los nobles humores que exhalan “las montañas antioqueñas”; en esta otra el conspicuo gentleman Juan Manuel Santos, recién ungido y digno ¡vive Dios! del ágora ateniense. El primero lo reta con valor nunca visto, el segundo acaba de saltar a la lona. Ambos han exornado con su excelso talante alfombras, sótanos y vericuetos de la casa presidencial vestidos de acuerdo al momento y ensillados por el que corresponde.
Pero sucede que el púgil Uribe, no obstante su magro andamiaje, sigue considerándose imbatible. A pesar de que salta y bufa sólo en calendas para algunos memorables, no se resigna a bajar del ring. Lo suyo es la mística del luchador, el ideal del Mesías. Se considera el único, el redentor, el insuperable, quizá consecuente con el coro que hasta hace poco repetía al unísono: “Sino es Uribe ¿quién?”
http://www.noticias365.com.ve/wp-content/uploads/2010/06/Uribe-y-Santos.jpg
Lo que asombra no es la parsimonia de Santos ni el bilioso fluir de Uribe. Lo que nos deja estupefactos es la ingenuidad, por no decir la torpeza de un país que al borde del colapso, se entretiene en registrar como noticia de primera línea las puerilidades de un infante loco y la salida de casillas, vestida con “sombrero encintado y chupa de boda”, de Juan Manuel Santos.
Es inaudito que un pueblo con gravísimos problemas estructurales, carente de una base política respetable y de claros propósitos de enmienda, despilfarre tiempo y dinero en embrutecerse de esa manera y doloroso reconocernos en estas maromas como payasos o bestias amaestradas del elenco.
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Decir que se camina por las calles de Popayán ¿será una alegoría, un mecanismo de defensa o un deporte extremo?
Me lo pregunto mientras me escurro a duras penas entre la pared casi infranqueable de ventas callejeras que flanquea las hoy invisibles aceras de la ciudad. Popayán sigue siendo una villa original. Causa orgullo de patria chica observar de qué manera tan civilizada conviven el peatón y el invasor. Con qué gracia se sortean las pirámides de granadillas, tomates, mangos y bellas moras en sazón. De qué manera tan inteligente nos convertimos al pisar la calle, en equilibrados bípedos o airosos edecanes de la ley de gravedad inmunizados contra resbalones, piedras atravesadas y olores peregrinos. Este pueblo desaliñado que languidece entre hordas motorizadas, música de carrilera a decibeles asesinos y ventorrillos multiplicados como ratones en aceras y calzadas, no tiene quién vele por él. Parece que el encargado de manejar la tramoya se fue de viaje alrededor del mundo o se murió y no nos dimos cuenta.
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