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Reflexiones desde El Cerro del Cacique Pubén, antes Cerro de Belalcázar

El viernes 17 octubre, 2014 a las 7:18 am
Jorge Muñoz Fernandez

MATEO MALAHORA mateo.malahora@gmail.com

Cuando la terrorífica y escalofriante epidemia del ébola llegó, solamente los médicos y estudiantes de ciencias de la salud conocían la naturaleza mortífera de la epidemia que arrasaba a la ciudad.

Sus habitantes habían olvidado el pánico infundido por los medios masivos de comunicación cinco años antes, cuando se comprobó que el virus se transmitía por simple contacto físico con una persona huésped de la enfermedad.

Ahora la situación era más grave, cundía el terror; las últimas informaciones revelaban que la epidemia se encontraba en el ambiente, lo que terminó convirtiendo las calles de la pequeña urbe en territorio fantasma, desoladoramente vacío, pues las gentes, abastecidas de agua y alimentos, se encerraron herméticamente en sus viviendas con la esperanza de sobrevivir a la epidemia.

EBOLA

Desaparecieron los apretones de manos, los abrazos y los besos. Los saludos pasaron a ser reverenciales, como en la cultura japonesa o nipona.

Las últimas noticias registraban la muerte fulminante de todos los miembros de la Organización de las Naciones Unidas, ONU, reunidos de urgencia a diseñar estrategias para contener la pandemia, que se expandía no sólo a todos los espacios geográficos del orbe, sino igualmente al corazón mismo de la naturaleza y la vida.

Uno de los diplomáticos africanos recordó que el médico y psiquiatra Frantz Fanon había planteado en su monumental obra “Los Condenados de la Tierra” que los africanos habían sido vaciados, burlados, borrados y eliminados por las naciones ocupantes, y que la ONU era un instrumento al servicio de las grandes potencias, que había creado cismas raciales, conflictos territoriales y guerras de agresión que tenía la obligación moral de conjurar.

Incluso, sostuvo, que el sida tenía origen en los laboratorios del Primer Mundo. Al terminar su discurso se desvencijó sobre su asiento. En el magno hemiciclo universal no quedaba vivo ni un paramédico que pudiera constatar su defunción.

Cada uno de los delegados de las Naciones Unidas alcanzó a expresar que habían adquirido la infección al inhalar el aire de sus propios países, pues el virus había traspasado todas las mutaciones según lo difundido por la revista “Ebola Science”, órgano sanitario del Fondo Monetario Internacional, que en su última entrega registraba el fortalecimiento del dólar y el contagio de tres mil quinientos millones de habitantes, la mitad de la población mundial.

Entre tanto, la Organización Mundial de la Salud, OMS, convocaba a la humanidad a tener paciencia, pues era inminente que los grandes consorcios farmacéuticos “estaban a las puertas de descubrir la vacuna para salvar a los enfermos a precios atractivos para los sectores pobres, vulnerables y más necesitados”.

Mientras advertía, sí, que por ahora no era necesario sacrificar a los perros porque no se había comprobado su vulnerabilidad infecciosa, salvo que los organismos de inteligencia sanitaria descubrieran en ellos comportamientos agresivos contra sus propietarios, lo que ameritaba su eliminación profiláctica, con la asesoría y asistencia de biólogos entrenados en el Primer Mundo y Guardianes de los Cuerpos de Paz Universal.

Y justo, mientras las agencias internacionales difundían insólitas noticias sobre la pandemia, se especuló que el riesgo de contaminación incluía el contacto con billetes y monedas de banco, por las secreciones salivales adheridas al dinero circulante, situación aprovechada por el poder financiero internacional para implantar el dinero plástico, mientras en la plaza principal de la ciudad un reducido grupo de indignados supérstites denunciaban que el sistema económico estaba protegiendo a los bancos en menoscabo de la humanidad.

¿Fin de la historia? Fukuyama y el Presidente Obama, de ascendencia nigeriana, se sentaron en la Oficina Oval a escribir las memorias sobre el neoliberalismo, tuvieron el valor de admitir la privatización universal de la salud, prohibieron recordar la historia o hacerla, invocaron a García Márquez y expresaron por CNN que no quedaba más alternativa que aceptarla, con la esperanzadora declaración que en millones de años habría una segunda humanidad sobre la tierra.

Entre tanto, el historiador de la ciudad, en la plazoleta de la universidad, arrastrando penosamente los síntomas de la enfermedad, expresó a los estudiantes que aún sobrevivían:

“La muerte de la ciudad también está ocurriendo a la velocidad de la tecnología contemporánea, a la velocidad de la luz, a la velocidad del neoliberalismo. A la rapidez del ébola tenemos que agregar la velocidad del caos que invade nuestra pequeña urbe; todo es ahora más vertiginoso que en tiempos de la creación, cuando comenzó el Bing Bang” (Aplausos).

El único que no entendió la magnitud del desastre fue un conserje a quien el Mariscal de la ciudad le entregó varios perros infectados, “hermanos de los parias”, para que les propinara tiros de gracia y asegurar su muerte, subalterno que después de consumada la decisión le expresó: “Ejecutada la orden Mariscal: controlada la pandemia”. Hasta pronto.

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