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Recuerdos de siempre

El domingo 29 diciembre, 2013 a las 6:26 pm
Gloria Cepeda Vargas

Gloria Cepeda Vargas

“Luna de La Pastora blanca y fría/ diciembre entra cansado a la ciudad/ y perfuma las calles abrasadas/ con el olor del mar”. Eso decían los viejos cantores de una Caracas que se fue enredada en el viento. Hoy San José, parroquia que con La Pastora, San Juan, San Agustín, Santa Rosalía, El Conde y Altagracia, representaba el casco histórico de la ciudad, se convirtió en un nido de rascacielos agujereados. La construcción de la avenida Boyacá decapitó los densos herbazales que bajaban retozando hacia una planicie siempre verde y los volvió al revés. El norte caraqueño de casonas profundas, asiento de historias trágicas y lances apasionados, abandonado a la sombra de un cerro manchado por incendios fugaces y cubos de cartón, se fue achicando y dejó de sentir.

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La navidad de la Caracas que conocí en mi adolescencia, era hermosa. Con los primeros fríos de diciembre, muchachos y muchachas empezaban a desempolvar suéteres, bufandas y medias de lana para salir a patinar desde las primeras horas de la madrugada. Las principales avenidas se cerraban al tráfico automotor. Eran los ángeles madrugadores a quienes no arredraban casi diez grados de temperatura. Las bujías eléctricas de ojos entrecerrados, se desperezaban entre almohadones neblinosos. Temblaba la ciudad bajo el alud de los patinadores, raudos sobre los puentes de frío cristal. Abajo el río Guaire corría hacia las urbanizaciones del este que empezaban a colonizar antiguas haciendas de cacao y café.

En tiempos de aguadores y lecheros, un viejo isleño crecido entre los gladiolos de Galipán, descendía de los filos del cerro cargado con flores y frutas destinadas a satisfacer las apetencias de su numerosa clientela. Se apellidaba Pacheco. En el lomo florecido de su burro bajaba también el frío de la niebla navideña. Entonces los vecinos empezaron a identificarlo con su presencia. Así tomó su nombre y se convirtió en el pacheco tan anhelado por los sudorosos caraqueños de hoy.

Ahora todo es distinto. Maquillaron la casa de Andrés Bello. La pequeña casa del Ateneo, llena de canarios y libros, fue sustituida por un salón aséptico. Las ventas de libros usados de la esquina de Capitolio, huyeron despavoridas y el cafetín de los árabes, donde decíamos poemas y hacíamos amigos, se diluyó en un aire rancio, poblado de mesas sordas y sillas ciegas. Se murió el doctor Blanco y su hermosa casa de La Pastora, donde la intelectualidad caraqueña de entonces se daba cita, cerró sus puertas para siempre y Aquiles Nazoa se fue tras las huellas de Isadora Duncan en una tarde trágica.

Tal vez las gaitas maracuchas todavía griten a los cuatro vientos su eterna queja y el fantasma de Arturo Michelena, el valenciano que con Cristóbal Rojas plasmó la historia más valiosa de la pintura clásica en Venezuela, otee desde su balcón a una mujer fugitiva: la bella Caracas, la galante, la gentil, que huye perseguida por  la osadía de  lo imposible y la tozudez del recuerdo.

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