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RECUERDOS DE MI INMACULADA JUVENTUD

El lunes 23 julio, 2018 a las 9:20 pm

½ EN SERIO

RECUERDOS DE MI INMACULADA JUVENTUD

Imagen de referencia, tomada de: https://bit.ly/2JNglTK

RECUERDOS DE MI INMACULADA JUVENTUD

RECUERDOS DE MI INMACULADA JUVENTUD

Por JULIO CÉSAR ESPINOSA

Cuando fui joven, mucho antes, pero muchísimo antes de mi viaje a Venezuela, confieso que me fue difícil entrar al mercado laboral. Para entonces lucía yo como un mozalbete robusto, completamente casto; mi incorruptible corazón me inclinaba a la beatitud, la oración y la penitencia. Me ocurrían pensamientos impuros, si a mucho, una vez al año, y una aureola de candor e inocencia brillaba alrededor de mi cabeza.

Hoy, pese a mi vejez, aún conservo un saldito de esta última cualidad.

Mi inmaculada juventud me hizo decidir que el empleo más adecuado para mi talante y condición, era el de guachimán de esposas.

“SE CUIDAN SEÑORAS CASADAS”, se leía en el aviso que coloqué a la puerta de mi casa.

Un costeño, que no era de Codazzi sino de más arriba, terriblemente celoso fue mi primer cliente. Me dejó su esposa a cargo mío durante una semana, mientras viajaba a Curramba por asuntos de negocios. Al regresar me pagó a duras penas algo de honorarios, tras oír mi detallado informe acerca de su costilla:

“Distinguido costeño, le dije: Los tres primeros días la llevé a bailar. Jamás me atreví a danzar con ella boleros ni mucho menos música apta para el apercollamiento o amacice, como hacen algunos. Ni apreté sus sensuales caderas contra las mías, como acostumbran otros. Siempre conservé una prudente distancia mínima de 30 centímetros entre su perfumado cuerpo y el mío, para evitar que se me fueran a alborotar las bajas pasiones”.

“Y los siguientes dos días de esta inolvidable semana, apreciado cliente, la mantuve entretenida recitándole poemas de Elvio Cáceres o leyéndole columnas de Álvaro Urbano Rojas, que la divertían muchísimo.

En las horas vespertinas de los últimos dos días, tomándola por su delicado talle, la llevé al cine; sólo filmes inocentes: Blanca Nieves, Cenicienta, Caperucita Rojas, y si en algún momento dulcísimo de tan cándidas proyecciones la tomé de la mano, lo hice con extrema suavidad, pues sé muy bien controlar hasta mis muy pocos ruines instintos”.

Mientras me escuchaba, el costeño rumiaba la M con expresión vacuna y me vigilaba de hito en hito. Pero yo, muy sereno, continué:

“En las noches velaba su sueño y siempre, al comenzar a dormir, depositaba en su blanca frente un beso virginal y suave”.

“Si se presentaba el insomnio sugestivo y alcahueta, le leía una columna de Horacio Dorado Gómez, dos o tres sermones de Ruth Cepeda Vargas, unos versos de César Samboní o un escrito de Dioxógenes Díaz Carabalí; de inmediato, quedaba fundida”.

“Y ahí puede usted ver y analizar a su dignísima esposa, completamente satisfecha de mi intachable desempeño”.

El costeño quedó titubeando, me pagó solamente la mitad de los emolumentos  prometidos y no me recomendó frente a otros clientes.

Si me dice usted toda la verdad, le daré sus honorarios completos, me gritó atormentado por los celos.

Samperista desde chiquito, le repliqué con una gran dignidad: “Mi inocencia no es negociable”.

Y le iba a remachar: “Aquí estoy y aquí me quedo”, pero me dio miedo que me sometiera al polígrafo y me dejó marchar en paz.

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