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Jueves, 2 de julio de 2020. Última actualización: Hoy

Recordando a mi Puerto del alma

El lunes 20 abril, 2020 a las 10:00 am
Recordando a mi Puerto del alma

Recordando a mi Puerto del alma

Qué hermoso documento sobre la historia de mi pueblo natal, Puerto Tejada, Cauca, Colombia, realizado por «Guazá Comunicaciones».

Paraíso terrenal bañado por los ríos Palo y Paila, en cuyas caudalosas aguas se hicieron famosas las noches luminosas del río Palo, en el mes de Agosto durante las ferias y fiestas, que nos congregaban en la Caseta La Tremenda, de don Pascual Balanta.

Aunque no se nombra a su fundador, Manuel Tejada, es bueno saber detalles y nombres de quiénes escribieron parte del pasado político y cotidiano de nuestro terruño como Sinencio Mina, Sabas Casarán Hernández, Alejando Peña, León María Mina, Alejandro Peña, Mamá Jova, José Arévalo y Ezequías Aguilar, entre otros.

Historia forzada por los negros que a brazo entero permitían el remo de las balsadas repletas de alimentos de nuestra bella tierra bañada por los caudales de nuestros ríos tutelares, para transportarlas a las plazas de mercado donde igual llegaban las matronas con su rodete en la cabeza llevando los atados de leña y las hierbas del patio de sus casas-fincas, básico para aliñar el típico sancocho dominical, de gallina, res, pescado o colita de marrano y la tradicional ensalada de papa con mayonesa y la limonada o aguafresca para alcalinizar el cuerpo.

Recordando a mi Puerto del alma

Cómo olvidar aquellos mercados de la plaza chiquita y el imponente atrio de la Iglesia; los elocuentes sermones y charlas amistosas del reverendo monseñor Gersaín Marín Molano, cuando chocaban abruptamente los sabios mensajes de nuestros abuelos que nos alertaban con vernos profesionales, y convertidos en destellos de luz nos iluminaban el sendero para hacer realidad los sueños de nuestros queridos viejos que siempre quisieron vernos triunfando lejos de la labranza.

Bueno es echar un vistazo a los añorados personajes como «Bombillo», el hombre a quien le lloraban los guaduales, «Arturito» experto en extraer arena del río Palo; cómo olvidar a los machos de don Merejo, a Peligro, el Loco Miro, el inolvidable General Desiderio, Profundo, la Loca Fany, Pedro Pepa, Tepica; la popular Susana Mina Mera, Aceite de Tiburón; Mamadeo, Chaqueta, María La Lechuza, Guacuco y Trino Bestia.

Recordando a mi Puerto del alma

Sería injusto no mencionar a Manuelito Cosa Fea y Argentino, y además no recordar las estaciones obligadas de las madrugadas de bohemia donde doña Visitación Lizcano, Lauro, los fríjoles con huevo frito donde Ofelia; el pescado frito, las papas aborrajadas de Mabilia y Raquel en la Esquina de la Reforma con un ají que picaba hasta la conciencia, las rellenas de doña Carmen en el matadero municipal y las de misiá Justina.

El consomé y la gallina sudada de La Negra Mery, y a doña Virginia, la mamá de Harold Masa y Pablo Bajo, donde los trasnochadores saboreamos el apetecido «Diosmío» o bofe ahumado con terlenca o cachaco.

Recordando a mi Puerto del alma

Los domingos cuando se llegaba al mercado en la galería la primera parada era donde Chilito y donde Cancha, de quien se pensó que era dengue que tenía y según Álvaro del Castillo era un niño el que venía, como lo dice en su canción.

A pocos metros antes de llegar al banco de carne de Fabio Puerca y Salomón Picahueso, había que hidratarse con el champús de maíz pergamino donde el amigo Toracio.

Eso sí, en ese recorrido era famoso encontrarse con Las Rucas, «La Simple y La Sabrosa», mujeres de lengua viperina y reservada para el chisme fresco, sobre todo de las embarazadas del momento y los matrimonios a punto del divorcio.

Claro que los lunes eran del bolero y del famoso arroz atollado de Daniel Lasso «Lenta», que según las malas lenguas, el servicio era con clavija incluida y los sábados, los inigualables tamales de doble nudo donde Eva.

Vaya el reconocimiento con sonido de Gom, para la amiga Narciza, la mamá de Raúl Bururu, el de la casa de chance, con su humeante sancocho de gallina saraviada con plátano de Vega de Padilla comprado a Rosalino Mina, el popular Pujo Gordo.

Vale la pena recordar a Las Pan con Hoyo, a Elvia Culito con sus famosas rellenas, a La Negra Bertilda, la de rutilantes caderas y las famosas inyecciones para la gripa de los lunes donde don Ricardo Cardona, muy cerca de las papas rellenas, en la puerta del Teatro Mera.

Ahí, en la parte exterior de nuestra sala de cine, al mejor estilo del peluquero Riverita, el recordado Ricaurte Supersabio con sus historias de ciencia ficción, entre ellas, contaba cómo escapó de Venezuela en el tren de aterrizaje de una aeronave, por qué lo querían hacer casar obligado con una hija del entonces presidente Carlos Andrés Pérez.

Supersabio prefirió seguir vendiendo cuajada y refrescos con viril de cusumbo, de las botellas curadas que preparaba el viejo Daniel Balanta.

Cómo olvidar el platón con agua, alcanforina y limón en cruz de La Polola, en la #3 donde El Tuerto Alirio, camino obligado de los jóvenes porteños ávidos de la certificación testicular.

Medalla de plata para las historias de ciencia ficción de Absalom Rodríguez y su hermano Luis Paja, cuando contaban que cierto día un sujeto los encañonó para robarlos y de inmediato Absalom le dijo: ¡hacélo sonar porque de lo contrario te morís!, por fortuna el hombre del revolver salió corriendo, a lo que Luis Paja exclamó: ¡hermanito, a tiempo es mejor una caña que una libra de azúcar, jajaja!

Recordando a mi Puerto del alma

Y en esta lista de personajes imposible dejar por fuera a Mario El Peluquero, encargado de afeitar los toros de lidia de su hermano El Indio Navarrete, quien tenía una particular forma de matar los toros de un resfrío, con sus tradicionales muletazos en seguidilla, de pase de sol a pase de sombra, hasta hacer doblar los cuartos traseros al astado.

Válido el airado reclamo de mis contemporáneos por no nombrar a doña Máxima, donde se adquirían las bebidas espirituosas calientes para embellecer el panorama y quedar picado de la X con el líquido perlático proveniente del sacatín, rotulado con el penetrante aroma del granulado anís.

Es grato recodar a don Floro, el eterno sacristán; al Viejo Olave, el hombre de la lavandería, al Míster, el vendedor de agua en carreta.

A los hermanos Yudica y Ricaurte Alcabin o El Inspector Todelar, quienes junto a Vitelma, Canchimbo, El Profesor Candelo, Fabio Puerca, Sancocho, Esterligia, El Negro Contreras, Nereito Navia y John Ramírez, eran alma y nervio de la tradicional Familia Castañeda, la cual abría plaza durante los festejos tradicionales colmando el pueblo de alegría y serpentinas.

Es oportuno recordar a don Darío Franco, el hombre de la casa de empeño, reconocido como todo un patriarca a la hora de solucionar los apuros económicos a sus potenciales clientes.

En el recorrido por Las Dos Aguas, punto de encuentro de los ríos Palo y La Paila, estaba la casa del peluquero Lubín Morales, el papá de un grupo de bellas hijas a las cuales cuidaba como un tesoro.

Eso sí, el único compromiso para entablar una amigable relación con el patriarca, en procura de lograr el afecto de una de sus doncellas, era ser militante del Glorioso Partido Conservador, decía El Viejo Lubín, mientras afilaba la barbera “Tres Cornetas” con la cual cortaba pelos en el aire.

Mención especial para los amigos Medio Paso, el de la bicicleta de doble barra, conocido como Duogenón fuerte o simplemente Tallo de Cebolla.

Al recordado Mayor, el taxista más aguajoso, una fiel réplica de Pedro Navaja, por su diente de oro, que iluminaba cada paso al caminar con sus pantalones bombachos de prenses y sombrero de paño inglés, y al eterno Inspector de Policía El Sheriff, Ediee Azcárate, implacable contra los lisos que deambulaban con paso de ganso y el periódico debajo del sobaco, en la Plaza de Mercado donde hoy es el Parque Municipal.

Atentos estaban nuestros abogados de la época o comúnmente llamados “tinterillos” quienes sin tener en cuenta los movimientos de rotación y traslación mantenían a media caña para atender a la concurrida clientela: Justo «Cocha» Benítez, «Baronita», José Domingo Moreno y El Licenciado,  para solucionar toda clase de contratiempos jurídicos.

Claro que el carbón lo vendían donde don Rosendo, el hombre del racimo de bananos pecosos izado en la puerta, frente a la quesera del pueblo a orillas del río Palo.

En este recorrido hacemos un alto en el camino en los sitios de la rumba y la sana bohemia: El Quiosco de Las Dos Aguas, La Caseta del Japón de Kérsul; La Reforma de Evelio, La Caseta del Hoyo, El Mirador, El Mónaco y El Club de Leones, Los Tejanos, Burbujas, Los Felinos, La Cigarra, Yoruba de Hugo Rivas, Lucho «Boque Bagre», El Veracruz y el inolvidable «Chingalín», para rematar la faena donde José Manuel, en Amarú o donde Doña Olga.

El Hotel América ahí con la advertencia del viejo «Lennis»: «oiga jovencito, antes del disfrute pongámonos a paz y salvo porque de lo contrario no entra», o finalmente en La Isla de Capri, para los que tenían transporte.

Capítulo aparte en mis gratos recuerdos se lleva el profesor Manuel «Caicedito» del Instituto Litoral Pacífico quien enseñó a tantas generaciones de Puerto Tejada lo que más tarde afirmó Nelson Mandela: “La educación es el arma más poderosa que existe para cambiar el mundo”. Desde entonces he comprendido que las personas tenemos un inmenso potencial de aprendizaje que durante toda la vida vamos llenando. Unas más que otras. Aquellas que dejan de aprender están muertas en vida. Las conocemos todos y suelen ser personas a las que nada les sorprende y bastante infelices.

Cómo no resaltar la labor profesional de Jeremías Possú, José Leomar Viveros y de los atletas y medallistas suramericanos los hermanos Néstor Alaín y Jaime Villegas Candelo, de don Víctor María Viveros Orejuela, como del ingeniero Eliécer Arrechea.

Puerto Tejada ha sido tierra de consagrados deportistas que han enaltecido su nombre, entre ellos el portero Pedro Antonio Zape Jordán, de la Selección Colombia, Deportivo Cali y América, calificado como una gloria del balompié suramericano.

Valga igual recordar los malabares con el balón de Pilo Hernández, Samuel «Satanás» Balanta y del Indio Nemesio, en la Cancha del Hipódromo.

Con el paso de los años seguimos agradecidos de nuestro terruño donde sigue el repique de las campanas de la iglesia del pueblo y el eco de la voz del Tuto Jiménez y las notas del violín de Miro «El Zapatero» inmortalizando la letra de nuestro himno «Puerto Tejada, es pueblo alegre y bullanguero» de los profesores de música Florentino Montaño y Aníbal Loboa, del Colegio José Hilario López.

Mención especial para nuestros hombres y mujeres de honor : Natanael Díaz, Rafael Cortés Vargas, Rubén Ramírez Vivas, Jesús «Chucho» Paz Mejía, Marino Viveros Mancilla, Gustavo González Lerma, Gonzalo Mina Peña, Enrique Restrepo Sierra, Jeremías Possú, Sabina Zape de Dinas, Doña Inés Balanta de Peña, las diputadas a la Asamblea del Cauca Ana Cilena Arroyabe Roa, Diomelina Villegas de Mejía y Luz Marina Ramírez, Manolo Castrillón, Sofonías Vidal, Icar Hernández, Leiva de Barrera, Miguel Antonio Gómez Carabalí, Ecar Hermes Rosero Mina, Pedro María Chará, Félix Lasso y Jorge García, y entre tantos otros, doña Pola, nuestra recordada matrona con sus labores de atención de partos, Jorge y Julio Camacho encargados de despejar la brecha por donde todos cabalgamos tras nuestro propio «Good Will» para seguir enalteciendo, a nuestro Pueblo Alegre y Bullanguero.

Como si hubiera quedado tatuado en mi sentimiento, regresa a mi memoria la fresca mañana del 20 de Julio de 1969, día en que desembarcaron del Apolo 11 Armstrong, Aldrin y Collins, tres ciudadanos americanos en la luna. Esa imagen la logramos asomados por la ventana de la casa de la profesora Sabina Zape, donde había uno de los pocos televisores a blanco y negro del barrio.

Recordando a mi Puerto del alma

Igual recuerdo especial para el grupo cultural Los Macheteros del Cauca, con Silvino, Bigote Tigre y Héctor Elías Sandoval, entre otros.

Sobre la vía a Santander de Quilichao, dividido por el río Palo, a un lado el Ancianato El Refugio y al frente está en mi memoria la casona de la hacienda donde precisamente nació la cantante Elenita Vargas, «La Ronca de Oro».

Mención especial a la pareja de esposos profesionales José Ramón Burgos Mosquera y María Mercedes Ramírez Zapata, al derrotar y pulverizando a los contendores del “Programa del Millón” dirigido por Fernando González Pacheco de la Televisora Nacional, al ganar un millón de pesos en 1988.

Resaltar así mismo la importante labor desarrollada por el piloto presidencial de helicópteros del Gobierno de Belisario Betancourt Cuartas, el  capitán Juan Carlos Ramírez Zapata, quien solía sobrevolar Las Dos Aguas cuando estaba cerca de Puerto Tejada.

Un sitio especial para una pareja de hermanos Alberto y Miguelito Paz, e igualmente al médico Hernán Fuentes, que de manera indeleble quedaron tatuados en el recuerdo afectivo de la gente por sus permanentes apoyos en materia de salud, como merecen también nuestro reconocimiento los médicos hermanos Vicente y Plutarco Elías Zúñiga Ramírez.

Qué valga el sincero recuerdo musical a la agrupación Armonía Tropical, con los maestros Aníbal Loboa, Juan Caicedo, Ponciano, Sabiniano, Samuel Díaz en la batería, Juan “Galleta”, Meñique en las maracas, El Viejo Pedro Zape con su bombardino, La voz de América el Popular «Patepuño» y Miguel Tambora, entre otros.

En esta  oportunidad deseo resaltar la importancia e impacto que ha tenido la agroindustria de la caña de azúcar en Puerto Tejada y la región como lo fueron en otrora el Ingenio Bengala, el Naranjo y el Trapiche Periconegro, así como los ingenios La Cabaña y Cauca en la generación de empleo.

Y que sea este el momento de entregar la posta de esta maratón emocional por la jerarquía de nuestro pueblo a la nueva clase de aspirantes a seguir avivando el pebetero del éxito y de las buenas costumbres: Juan Carlos Caicedo Dinas, Gustavo Adolfo Aguilar Vivas, Mabel Lorena Lara Dinas, Álvaro Miguel Mina Osorio, Marcia Santacruz Palacios, Tulio Enrique Moreno Villegas, Cynthia Isabel Gómez Carabalí, Gustavo Andrés González Viáfara, Luis Felipe Barrera Narváez, Jhan Carlos Salazar, Yohanna Balanta Fory y Jorge Díaz, entre otros.

No puedo negar que los buenos recuerdos y la nostalgia de lo bien vivido en mi pueblo natal me deslizaron sobre las mejillas un par de lágrimas de nostalgia, que me comprometen a seguir amando al terruño que me vio nacer hace ya varias décadas de las prodigiosas manos de mis dos pilares Doña Ana Delia y la vieja Itsmenia, a ellas siempre gracias por haberme enseñado a pescar en el inmenso mar de los deseos del buen vivir y sus sabios consejos: !Hijo la única manera de cosechar, es sembrando y la única manera de sumar es sumando!

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