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Querido Nicolás

El martes 21 agosto, 2018 a las 3:15 pm

Querido Nicolás

Querido Nicolás:

Querido Nicolas

He tenido la buena fortuna de conocer a tus padres. Tu madre, Lina, como médica, hizo todo lo humana y lo científicamente posible para que gozaras de la salud que la vida no te dio; tu padre, Juan David, siempre que lo encontraba en Popayán estaba en una actividad relacionada contigo y junto a ti. Eras el centro de sus preocupaciones y su motor de amor. Al perderte a ti, el eje de su vida, ha virado nuevamente hacia la búsqueda de ese amor que solo Dios ofrece desde Sí. Juan, tu padre, mi amigo, fue en mis años de juventud una gran inspiración porque la vida lo hizo más fuerte física y emocionalmente que yo; fue mi apoyo en circunstancias difíciles que yo, por mi vida inentendida me había causado, y ahora ruego a Dios para que mis palabras de alguna manera puedan devolverle el favor sirviéndole de fortaleza y consuelo tanto a él como a tu madre.

Todos los padres, Nico, naturalmente esperan que sus hijos les sobrevivan sus años. Tu pérdida ha sido un evento por fuera del orden natural del curso esperado de la vida, que trae consigo una sensación de pena y dolor profundos. Es una experiencia como desafío para los padres que tratan de reconstruir su vida sin su único hijo.

Nunca he perdido un hijo, Nico, y no soy nadie para decirle a Juan y a Lina en este día, cómo manejar tu partida. Solo puedo aconsejar desde mi ninguna sabiduría y mi escaso conocimiento de la ciencia psicológica y del mundo, que los padres que se entregan a Dios en estos difíciles momentos, pueden recuperarse con mayor celeridad que aquellos que no se apoyan en el Dador del Amor, con quien estás seguramente ahora, angelito.

He leído Nico, que jamás se olvida nadie completamente de la pérdida de un hijo. La adaptación, parece consistir, en aprender a vivir con ello. No quiero dar consejos a nadie, ni a tus padres, sino rogar por la serenidad de ellos; ayúdame tú mi ángel, desde donde estés, en esa tarea no imposible para Dios. Ayúdales a tus padres a darse cuenta de que la intensidad del dolor de tu ausencia va a disminuir con la Gracia de Dios en el tiempo.

Quiero hablarles de esa Gracia esta tarde. Cuando estamos sintonizados en todos nuestros actos con el Creador, sintiendo su amor en cada situación por la que caminamos, como una vibración muy alta que nos convoca desde nuestra receptividad a sabernos parte de sus designios, y que estos son para nuestro bien, ahí hay Gracia. Hay gracia al levantarnos, y saber que aún recibimos amor. Hay gracia al recibir una llamada, y saber que hay consuelo y hay propósito. Hay gracia al ver a nuestra diestra y siniestra, y reconocer que todo lo que acontece, es para nuestro mayor bienestar. Dios no quiere nuestro sufrimiento, quiere que seamos Uno con él.

El rey David cuando perdió a su primer hijo siete días después de su nacimiento (2 Samuel 12:18-19), nos dice que oró fervientemente por la vida de su hijo (2 Samuel 12:16). Orar, oír la canción de su Nombre, dulcemente, como niños que oyen la canción de cuna pronunciada por un Padre más amoroso, es lo que debemos recordar en todo momento y no sólo cuando los tiempos difíciles acometen contra nosotros.

La bendición de un padre a su hijo es lo más importante. Sea un padre terreno o Nuestro Padre Celestial, en el aquí y ahora, o en el más allá. Cristo llamaba a Dios Padre no Padre, sino Papito, como es la correcta traducción del arameo de la palabra “ABBÁ”. Debemos sentir que estamos orientados en cada acto por esa música amorosa, por ese ABBÁ o Papito con quien debemos conectarnos a través de la Oración Silenciosa y del sincero deseo de conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos, para no vivir en su amonestación (según Jueces 13:12; Proverbios 22:6; Efesios 6:4). Quiero que todos los padres aquí presentes, querido Nico, bendigan a Sus hijos, estén presentes o distantes, con el sincero deseo de que conozcan a Dios y puedan actuar en esta Gracia que no sé si logro transmitir en su más hondo y feliz significado.

El rey David, querido Nico, cuando murió, dice la Biblia que «se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y le adoró. Después vino a su casa, y pidió, y le pusieron pan, y comió”. (2 Samuel 12:20).

David no sólo aceptó la muerte de su hijo primogénito recién nacido, sino que se lo devolvió a Dios, el Dador, en adoración, igual que Abraham cuando le fue pedido su hijo en sacrificio. “Amarás a Dios por sobre todas las cosas” dice esta aciaga prueba para tus padres, quienes confían en Dios y en su reencuentro contigo. No existe una mayor demostración de confianza espiritual pues es así como Dios libera al hombre de sus apegos a la ilusión de este mundo para seguir viviendo en su receptividad. Siempre habrá pérdidas. Pero la Gracia estará con nosotros.

A tu padre, Nico, le leí una breve historia sobre Franz Kafka y una niña que perdió su muñeca: Un año antes de su muerte, Kafka vivió una experiencia insólita. Paseando por el parque Steglitz, en Berlín, encontró una niña llorando desconsolada.

Kafka se ofreció a ayudarla a buscar su muñeca y como no tenía dinero en el momento para comprar otra, se dispuso a reunirse con ella en el mismo lugar día tras día. Incapaz de reponer el objeto de amor perdido, compuso una carta que pareciera “escrita” por la muñeca y se la leyó cuando se reencontraron:

– “No llores, te lo pido. He salido de viaje para ver el mundo. Te voy a escribir sobre mis aventuras …”- Y este fue el comienzo de muchas cartas del escritor. Cuando él y la niña se reunían, Kafka le leía estas cartas relatando las aventuras imaginarias de la querida muñeca. La niña así fue consolada y un día, cuando las reuniones llegaron a su fin, Kafka le regaló otra muñeca. Ella la veía muy diferente de la muñeca perdida y Kafka le explicó en una carta:

-«mis viajes han cambiado mi apariencia… “ –

Varias décadas después, la chica ahora crecida, encontró una carta dentro de una grieta en el cuerpo de la muñeca, que nunca antes percibió. En resumen, la carta decía: -“Cada cosa que amas lo más seguro es que la pierdas, pero al final, el amor volverá de una forma diferente”- .

Los cristianos que han perdido a un niño tienen el deber de apoyarse en sus hermanos y de creer en la promesa fiel de la Palabra de Dios: «Enjugará Dios toda lágrima de sus ojos; y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron» (Apocalipsis 21:4).

Por último, Nico, nos das a mí y a tus padres, la lección de que somos niños ante Dios. Recuerdo un poema de Leopoldo Panero Torbado, el escritor astorgano que perdió a su abuelo, como lo perdí yo, y a su hermano Juan:

Estamos siempre solos. Cae el viento
entre los encinares y la vega.
A nuestro corazón el ruido llega
del campo silencioso y polvoriento.

Alguien cuenta, sin voz, el viejo cuento
de nuestra infancia, y nuestra sombra juega
trágicamente a la gallina ciega;
y una mano nos coge el pensamiento.

Lina, Juan, abuelo, abuela,
nos tocan levemente, y sin palabras
nos hablan, nos tropiezan, les tocamos.

¡Estamos siempre solos, siempre en vela,
esperando, Señor, a que nos abras
los ojos para ver, mientras jugamos!

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Por Andrés Óliver Ucrós y Licht

Otras publicaciones de este autor: https://www.proclamadelcauca.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/andres-oliver-ucros-y-licht/

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