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Miércoles, 20 de enero de 2021. Última actualización: Hoy

Qué paz queremos

El miércoles 25 febrero, 2009 a las 6:44 pm

Por Daniel Mera

Es un hecho que muchos confunden o equiparan «la paz que queremos» con «la sociedad que queremos». Son cosas distintas, aunque con nexos entre sí.

También creen que el método que lleve a la paz, victoria militar-negociación blanda o «empate militar»-negociación dura, definirá la sociedad que tendremos. Puede no ser así.

En ambos equívocos, se pasa por alto que la democracia puede más que la Constitución.

Si estuviéramos en el proceso constituyente de 1990 o en el proceso de paz de 1998, el problema ético de justificar la violencia «revolucionaria» sería menor.

Se discutiría con las guerrillas «la sociedad que queremos» como si fuera «la paz que queremos» o como «el precio de la paz».

20 y 10 años después, pocos quieren reconocerle legitimidad, sentido político, a la búsqueda violenta del poder, ni ceder ante su chantaje.

La paz es hoy algo más simple: poder vivir sin grupos armados ilegales organizados para imponernos su voluntad. No significa esto que renunciemos a «la sociedad que queremos», aunque podría ocurrir un estancamiento.

Se ha dicho que la existencia de las guerrillas inhibió el fortalecimiento de una izquierda civilista.

También el cambio social: Suecia es un modelo digno de estudiar, pero no bajo la iniciativa de alias Raúl Reyes, como sucedió con el periplo europeo desde el Caguán.

La paz ya no es el «cambio de las estructuras», sino una condición de civilización, necesaria pero no suficiente, para discutir y acordar los rasgos básicos de «la sociedad que queremos» y cómo llegaremos a ella.

Algunos desconfían, con razón, de la eficacia reformista de la democracia, y por eso prefieren la paz producto del «empate militar» y la negociación dura, como una vía más rápida y segura de cambio social.

El problema de esa postura es el costo ético y político alto de incurrir en formas variadas de justificación implícita de la violencia, que la población percibe.

Y que va en contravía de la historia: hace 50 años, la insurgencia armada podía terminar en revolución; hace 20, en reformas; hoy, en la cárcel (o en el Congreso, si hay negociación magnánima).

Y esto remite a los nexos entre «la paz que queremos» y «la sociedad que queremos»: los tipos de reinserción y de reparación, en términos prácticos.

Pero hay un nexo más importante: la motivación para ganar la guerra que se inocula en la cultura política. No por odio, que hay bastante, sino por necesidad y por respeto a unos valores y principios.

Por necesidad como un medio para concentrarnos en «la sociedad que queremos», comenzando por escoger la no violencia y la ardua superación de la pobreza. Ahí tendríamos una nueva era de izquierda y derecha.

Ocho años son bastantes para resolver esta necesidad de paz. Como está visto que se necesitan más, sería bueno saber cuántos más, ver un cambio de lenguaje y una renovación del liderazgo y de las estrategias para la victoria militar y la negociación magnánima.

Lo que no excluye el intercambio humanitario «sin arandelas» y marchas por la libertad de todos los secuestrados.

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