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El jueves 11 junio, 2009 a las 5:29 pm
¿QUÉ HAREMOS POR NUESTROS HIJOS?

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leoquevedom@hotmail.com

Cada vez estoy más consternado por la podredumbre que se incuba en nuestra sociedad. Desde que nos creímos el mote de maliciosos y de ingeniosos con acento indígena, los colombianos dejamos al azar muchas cosas importantes. ¿Sabemos qué hacer o qué hacen los demás por arreglar la problemática de nuestros hijos y nietos?

– “Son cosas de niños”, decíamos cuando hacían alguna pilatuna. En las reuniones de familia les dábamos un carrito o una veleta para corrieran “por ahí” y nos dejaran tranquilos mientras charlábamos. Cuando vamos a un centro comercial buscamos con afán un lugar donde los cuiden y nos libren de estar disfrutando con sus vueltas y risotaditas. Más bien, que los recreadores de oficio se encarten con ellos. Ni nos acordamos de ellos cuando vamos a la cama a concebirlos.

Esta sociedad colapsó, como dicen las señoras, asustadas. Ya los niños se soltaron solos las amarras. Ni la familia, ni los maestros, ni ese elefante extraño llamado Bienestar Familiar, ni el Ministerio de Educación, ni las iglesias han logrado conformar una de tantas alianzas para encontrarles un ambiente esperanzador a nuestros niños.

Las familias están preocupadas por conseguir el pan diario trabajando en las esquinas y en casetas o por un inequitativo salario. Ya la mujer se arremangó la falda y se le ve sudorosa como a cualquier carretero o lavador de carros. Las universidades siguen enseñando la última versión de metodologías foráneas a los futuros maestros. Pero no hay un enfoque social ni se mejora la calidad en la escuela primaria que favorezca la escolaridad infantil y la haga un solaz en medio de la rapiña y la violencia. Se siguen enseñando los mismos cánones dormilones de hace 50 años.

Bienestar se preocupa de que los extranjeros no vengan a comprar nuestros necesitados niños para el primer mundo. Y regala, sin control, avena y pasabocas que llama desayunos escolares. Tanta plata botada para paliar el problema social que causa la falta de un porvenir claro en oportunidades de trabajo, de industria propia que estimule el interés del niño en el estudio durante once años, y más, en la universidad.

Las iglesias, porque ya la católica no es la mayoritaria, predican “venid los niños a mí”, pero no para mejorar su status. La letra de la constitución es letra muerta. No es cierto que “primero los niños”. Todo lo contrario. Ahora se está pensando en incluir a ciertos menores en el Código Penal. Y lo respalda buena parte de la sociedad que lo ha propiciado con su indolencia y su respaldo al Gobierno des-cuidado. ¿Estos no son los mismos niños que hace cinco años se alzaban en brazos para la foto?

Los niños se nos han convertido en gran papa caliente. Nadie quiere comprometerse con su suerte. ¿Dónde será el mejor ambiente, o cómo haremos para crearles un nicho donde ellos quepan y se ilusionen con un futuro donde ellos se superen? Con palmadas en la nalga y endureciendo desde el escritorio a pupitrazos la ley penal no hallarán la solución nuestros insensibles dirigentes.

Si no acudimos en su ayuda, sucederá como en las películas de Corleone y sus patotas: Les harán mandados a los patrones porque saben que a su edad no les hace mella la ley, andarán en bicicleta en manada robando en las calles y atracando a mano armada en oficinas. O se irán para la guerrilla o a ponerse la camisa negra paramilitar. Si ya sabemos que a sus ocho o doce “añitos” pueden manipular un gatillo o amedrentar con un revólver, ellos también saben distinguir si es su familia, o la escuela, o la ley impune e ineficaz, el anillo o el nuevo juguete que les conviene. ¿Ese es el espejo delantero en que la patria les muestra su porvenir?

05-06-09 11:37 a.m.

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